Berlín
Aprovechando la boda en Varsovia viajamos en tren a Berlín. El primer día hacemos una visita guiada haciendo caso a una de las recomendaciones que llevábamos. Se trata de cultourberlin, un grupo de españoles que esperan –no hace falta reserva- delante de la entrada de la torre de televisión en Alexanderplatz (también están en Munich).
Elegimos Todo Berlín, una visita de cuatro horas -13 euros- que nos da una visión global de la zona histórica. Se pasa por los orígenes de Berlín, el barrio de San Nicolás, la isla de los Museos, la Catedral, el paseo Unter den Linden, la Universidad de Humboldt, la Biblioteca Real, la Ópera Estatal, la plaza Gendarmenmarkt, Checkpoint Charlie, monumento al holocausto judío, Muro, Potsdamer Platz y puerta de Brandeburgo.
Más que lo que se ve, es lo que se sabe. Las estatuas, majestuosas, tienen algo exaltador, como las canciones patrióticas o los consagrados lugares comunes que se repiten durante siglos. Las grandes aventuras de la vida traen a muchos fugitivos llevados por los vientos de los cuatro puntos cardinales y recuerdan que la patria es eterna incluso si se equivoca.
Nuestra guía, Alazne, nos ilustra la caminata con todo tipo de explicaciones históricas, artísticas, etc., haciendo que no resulte nada pesado. Además, su amabilidad no termina aquí: nos da un plano y nos señala distintos puntos a visitar.
Este tour está muy bien, pero tienen otros. Puede verse más información en sus páginas web: info@cultourberlin.com, www.cultourberlin.com. Aunque teníamos información de varias personas que incluso habían vivido aquí, estas visitas nos parecen muy aconsejables.
Una vez que tenemos una idea general de la ciudad, nos disponemos a sacarle partido al imprescindible abono de transporte. Combinando los distintos medios, las comunicaciones son muy buenas con cualquier punto. El tiempo ha sido bastante bueno todos los días, lo que nos ha permitido caminar mucho. El descanso venía utilizando los famosos autobuses 100 y 200 y colocándonos en la parte superior delantera para ver mejor.
Después del Berlín más céntrico, más histórico, de Mitte, visitamos otros barrios como la zona del Este, con el Muro pintado al lado del Speer, el puente Oberbaum, una zona alternativa en antiguas fábricas y muchas calles llenas de bares y restaurantes. Al Sur, Kreuzberg, un barrio multiétnico, principalmente turco, con mercadillo, con la Bergman Str. una calle con un mercado curioso, restaurantes, etc. Al Norte, Oranienburger Str. Al Oeste, el Reichstag, el Tiergarten, en dirección a Charlottenburg. Por todas partes hay grúas.
Se comprueba que Berlín es una ciudad desmesurada. La anchura de calles y plazas es enorme, lo que da sensación de poca calidez, que contrasta vivamente con la amabilidad de la gente y con la tranquilidad que se respira, la falta de prisa y de ruido de tráfico, el respeto de los conductores para con los peatones y los ciclistas –ciudad ideal-. Resumiento, es una ciudad que, si no entra por los ojos como nos decía Alazne, resulta muy vivible.
La oferta cultural es enorme, pero nos contentamos con la visita al maravilloso museo Pergamon y a la cúpula del Reichstag (Norman Foster) para la que teníamos una reserva previa, que fue anulada por algún acto oficial, aunque pudimos reservar para el día siguiente.
En estos pocos días tuvimos ocasión de probar la cocina alemana: espárragos, salchichas y codillo. Encontramos un Biergarten donde hacían el codillo a la bávara, no a la berlinesa, es decir, asado, no cocido. Naturalmente todo regado con cerveza en cantidades alemanas. Los precios no han resultado excesivamente caros y en restaurantes sudasiáticos, por ejemplo, son baratos.
También hemos visto zonas comerciales pero no nos hemos descapitalizado comprando. La ciudad es muy extensa y hemos estado poco tiempo, pero nos vamos con una idea general suficiente.
Cuando escribo esto es el Día del Medio Ambiente, así que es bueno recordar el viejo sistema de reciclaje que hemos visto: el consumidor paga un depósito cuando compra botellas que recupera al devolverlas vacías.





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