lunes, 27 de octubre de 2014

Valle de Ordesa


La semana pasada estuvimos en el hayedo de Montejo de la Sierra (Madrid) y a las hayas les faltaba unos días para tener su característico color otoñal. Ahora venimos al Parque nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca), que también tiene muchas hayas, y llegamos tarde: la mayoría de las hojas se han caído. El tiempo se adelanta a nuestras fantasías. Está visto que este año no tenemos suerte. No obstante, Ordesa siempre merece la pena.
Excepto en la temporada de verano puede aparcarse en la Pradera, debajo del Gallinero. Para ver las hayas es mejor la senda de la Faja de Pelay, pero nosotros vamos a ir por la margen derecha del Arazas, por la senda pirenaica GRII que viene de Bujaruelo, atraviesa Ordesa y sigue a Pineta.
Ha llovido bastante y el camino está embarrado. El ambiente es muy húmedo y da sensación de frío. Noviembre camina hacia el invierno. El bosque verde está en penumbra y la luz queda en los altos, en el roquedo que destaca desnudo y brillante de sol. Los rayos del sol que se filtran a través del ramaje descubren los colores amarillos y ocres, marrones, mientras vamos bordeando el Tobacor, de 2769 m de altitud. Algunas hayas conservan unas pocas hojas anaranjadas, pero el suelo, con salpicaduras de sol, está alfombrado de hojas marrones que crujen bajo nuestras botas. Regatos de agua brincan saltarines por todas partes.
El murmullo del río se vuelve más fuerte. Llegamos a la cascada de Arripas, no muy alta, ancha y abierta, parecida a la Cola de Caballo, rodeada del verde oscuro del fondo y con la ladera opuesta ocupada por el color marrón con toques amarillos. Poco después se llega al desvío, una senda en bajada, que lleva a la Cascada de la Cueva, más cerrada y alta, escalonada. El haber perdido altitud se paga con una subida que lleva a la Cascada del Estrecho, más cerrada todavía, alta, también escalonada, cuya agua pulverizada forma una niebla que nos moja en el balcón desde el que se la admira y fotografía. Salimos de la parte baja y paramos para verla desde lo alto. Un tronco se ha quedado enganchado casualmente en la pared de roca.
Valle de Ordesa
Una dura subida, por un sendero escaso, nos hace recuperar altitud hasta alcanzar de nuevo el camino, que cruza el bosque de hayas bajo la Fraucata. Piedras verdes de musgo, árboles esqueléticos, sin hojas, en los que ha desaparecido el color del otoño, frutos rojos brillando, algunas hojas de hayas al trasluz, bosque fantasmagórico.


CPasamos por un tramo más llano que nos lleva hasta las Gradas de Soaso. Belleza del agua blanca, senda en ascenso, fuerte rumor del agua, fondo del valle en oscuridad. Al subir al circo de Soaso se abre el paisaje pero casi desaparece el bosque. El sol llamea con fuerza y hace calor. Llaneamos. Regatos por las laderas. Al fondo, escondida, la elegante Cola de Caballo. Es un lugar de arcaica belleza, de nieve milenaria, de luz dura y hostil. Es una encantada isla del tiempo. Detrás quedan el Marboré de 3248 m., el Cilindro de 3328 m., y, especialmente, el Monte Perdido de 3348 m. El monte nos posee. Hechizados por la cumbre, paramos para descansar y metemos los pies descalzos en el agua helada. Parece como si los cortaran y puede resistirse muy poco tiempo. Comemos un bocadillo mientras vemos a mucha gente que llega hasta aquí viniendo por diversos senderos. El camino puede hacerse tranquilamente en tres horas.
Se está muy bien al sol y nos hubiésemos quedado aquí hasta el final de los tiempos, pero hay que volver y lo hacemos por el mismo camino, en la luz declinante de la tarde. Los rayos oblicuos del sol poniente no llegan al profundo río. Al llegar de nuevo al bosque se nota la disminución de la luz. Ya no bajamos a las cascadas, seguimos por el camino. Casi al final tenemos, quizá debido al cambio de luz, una vista del valle más otoñal. Es el mejor momento y es difícil trasladar a una secuencia de palabras el impacto de una visión instantánea. El otoño da altura artística al paisaje. Nos detenemos un poco para absorber tanta belleza pero hay que seguir porque en el camino va oscureciendo rápidamente. El sol únicamente se ve en la parte superior que presenta unas rocas de oro. Ya llegamos a la Pradera y podemos detenernos para hacer las últimas fotografías. La vuelta ha sido más rápida.
Nos vamos con un poco de pena por no haber llegado a tiempo de ver el magnífico fenómeno cromático que se produce en el bosque, pero nos ha gustado volver a este maravilloso valle. Para terminar el día nos vamos a degustar tapas de setas y caza –ciervo y jabalí- en el Valle de Tena porque renunciando al placer de las curvas la vida sólo tiene aristas.

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