lunes, 27 de octubre de 2014

Hayedo de Montejo de la Sierra 


El matemático, físico y filósofo francés Pascal opinaba que la desgracia del hombre se debe a que no quiere permanecer tranquilo en su hogar. Nosotros no pensamos así. Hace tiempo que queríamos ir a este hayedo puesto que ya habíamos visitado en otras ocasiones el de la Tejera Negra. Llegamos a Montejo, vamos al Centro de Atención y, mientras esperamos, vemos el pequeño  pero bonito museo. Nos atienden amablemente y todavía nos sobra tiempo, así que vamos a hacer la ruta de la Dehesa Boyal.

Hace un buen día. El cielo está despejado con algunas nubes. La temperatura es muy agradable, un poco fresca al principio pero al andar se entra rápidamente en calor. La ruta nos lleva por un festival de colores: rocas grises, campos verdes, árboles amarillos, ocres y marrones, otoñales, montañas azuladas, cielo azul claro, nubes blancas. Paramos en una pradera, con el césped bien peinado, para comer un bocadillo sentados al sol de finales de octubre. Al continuar, nos despistamos y seguimos por otro camino en el que vemos a unas vacas rubias, pastando tranquilas, en medio de los robles. Unas zonas son más boscosas y otras más adehesadas. En continua, aunque suave, subida llegamos a una balsa. Aquí queríamos llegar pero no por este camino. Es igual. La luz del sol riela en el agua verdosa.
Desde aquí volvemos por el mismo camino que a la ida. Comemos en el pueblo y vamos a la entrada del hayedo, por la carretera de El Cardoso. Aparcamos en la entrada y, como hay tiempo, bajamos a la pradera donde empezó la marcha de la última Rinconada con un magnífico desayuno cuyo agradable recuerdo atesoramos. Unas vacas beben en el limpio Jarama, que ha nacido unos pocos kilómetros  arriba y que hace frontera entre las provincias de Madrid y Guadalajara, mientras nosotros contemplamos la eterna corriente del río.
Volvemos a la entrada, se acercan las 15:30 hora del inicio de la marcha. Hay unos carteles indicativos y un tronco de árbol con su edad señalada. Se ha ido reuniendo el grupo, con gente de edades variadas, incluyendo niños. Aparece nuestra guía, Nuria, que indica que entre semana la visita es corta, de unos 2,5 km., con 1:30 h, aproximadamente, de duración.
hayedo
Cuando el letargo del mediodía abandona lentamente el paisaje nos adentramos en el mundo de las hayas longevas, legendarias, seres del frío, el agua y la sombra, señoras del bosque. Nuria va explicando las diferencias en el tronco y hojas entre el roble y el haya -el haya tiene el tronco liso; el roble, tronco rugoso-. Comenta que el haya no deja crecer nada debajo, se apodera del territorio y expulsa a otros árboles, y que los viejos del lugar llamaban a este monte “el chaparral”, por los árboles chaparros, achaparrados. El otoño vibra en el aire.
Vemos un haya con el tronco terminado en pata de elefante. De libro. Los colores otoñales, los amarillos, ocres y rojizos, empiezan a aparecer aunque todavía faltan algunos días para que lleguen a su máximo esplendor. Comparada a la idea, la realidad siempre es pobre, aunque unas frases convencionales siempre son insuficientes para la descripción de este mundo, de esta metamorfosis de la naturaleza. La luz va quedando arriba y desde la oscuridad de la parte baja, desde la sombra ramificada de los árboles profusos, vemos las hojas al trasluz. El ambiente adquiere solemnidad. Con el sol únicamente en lo alto, la zona se asoma a la luz del atardecer. Algunos árboles viejos, grandes, están muertos; sus enormes esqueletos todavía tienen gran prestancia y se elevan en la quietud, clavados en el aire sin viento. Algunos están cubiertos de líquenes, incluso totalmente; otros están caídos, colonizados por hongos saprofitos.
En este paseo al lado del joven Jarama, cuyos murmullos de agua llegan acolchados y tenues, pasamos por debajo de las hayas, pero no puede contemplarse la ladera en toda su extensión. No podemos salir del camino porque tratan de conservarlo en estado natural. Pasamos una zona con muchas hojas en el suelo y donde los sauces blancos - de cuya corteza se extrae el ácido acetilsalicílico, el principio activo de la aspirina- han sustituido a las hayas. Los rojos majuelos destacan entre los oscuros colores que los circundan. Más allá llegamos a un espacio abierto con el suelo negro, donde estuvo la carbonera. Es el final. Queda más adelante otra zona de hayas, pero ya no se visita. La brisa juega con las ramas de los árboles.
Volvemos por el mismo sendero, por la misma ruta dormida bajo el cielo silencioso,  pensando que, si no se tiene pase, una alternativa es pasar por la margen izquierda del río, provincia de Guadalajara, desde donde, además, quizá se pueda ver mejor la ladera de las hayas. Nos vamos enviándole un saludo a la Teniente Alcalde de Montejo, Belén González, que nos ha inculcado, más todavía, el interés por esta tierra.
Hemos dado muchos pasos, pero éstos no han de ser los últimos. Hemos encontrado la brújula para la vida futura.


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