Sicilia
Hacemos un viaje corto, pero intenso, a Sicilia, destino siempre apetecible. Desde el aeropuerto pasamos una zona despoblada, salvo las casas en la playa, antes de llegar a Palermo, muy extendido. Atravesamos una zona comercial, de buena presencia, antes de llegar a la zona vieja, con aspecto sucio a la primera impresión. El autobús nos deja en la Piazza Giulio Cesare, en un extremo del casco antiguo y buscamos nuestro Bed&Breakfast, una muy buena solución ante los excesivos precios de los hoteles.
Interesa visitar la zona antigua, el casco histórico, lo que estuvo amurallado. Está dividido en cuatro, a la manera de un campamento o ciudad romana, por el corte de dos vías principales perpendiculares, el Corso Vitt. Emanuele y la Vía Maqueda, que se cruzan en los magníficos Quattro Canti.
Para sumergirse directamente en lo que es el Palermo antiguo nada mejor que visitar el mercado Ballaró, cerca de la estación, al sur de Vía Maqueda. Inmediatamente nos asaltan los olores y la podredumbre de la vida humana. La impresión que causa es la misma que si se ve Marraquech, no se imagina uno que está en la Unión Europea. La mezcolanza de los puestos de todo tipo, curiosos, deja paso a los de verduras y frutas y a los de carne o pescado, atún rojo principalmente, que están al aire, no en cámaras frigoríficas. Además del gentío pasan las ruidosas motocicletas que dejan una contaminación excesiva, sonora y del aire. Para hacerse oír, los vendedores gritan su mercancía con una voz que tiene más decibelios que el sonido de las motocicletas. Las calles, en el escalafón más bajo del deterioro, son un hervidero, un infierno de ruidos, un espectáculo para los sentidos, un alboroto de colores, una bacanal para los sentidos. Nos gusta, pero decidimos no comer por aquí.
De la ruta turística, artística, que está en cualquier guía, cabe destacar la Chiesa di San Cataldo, cerca de Quattro Canti, y la Chiesa di San Giovanni, al Sur, cerca de la Porta Nuova.
En el interior de los cuatro cuartos hay un dédalo de callejuelas infames, que confirman la impresión de suciedad que tuvimos a nuestra llegada pero que no ocultan la pasada grandeza de la población, visible en multitud de monumentos de todo tipo en avanzado estado de degradación. Al Norte está el puerto, más cuidado; pero cerca, todos los jardines abandonados. Aquí también se notan los recortes. En el segundo día, corto viaje a Monreale para visitar su magnífico monasterio, con gran claustro e iglesia, que recorremos detenidamente mientras unos estudiantes de arte calcan relieves por frotación.
La segunda parte del viaje es la visita a Agrigento, adonde vamos en tren, para ver el Valle de los Templos. La ciudad, que se articula alrededor de una larga calle principal y cuyas casas trepan la pendiente del monte, no es muy importante, pero es famosa por uno de sus personajes, Luigi Pirandello. Vemos la casa donde murió y estamos alojados en una casa donde tuvo alquiladas habitaciones, Villa Pirandello. Por la tarde, el amable hostelero, Michele, nos acompaña, por un muy módico precio, junto con su mujer, Donatella, y su amigo Pippo y señora, a dar un paseo por los alrededores. Vemos una villa romana, una mina de sal en explotación y sin visita turística, y la famosa playa Scala dei Turchi, de arcilla blanca. A la vuelta tienen la deferencia de pasarnos por la casa donde nació Pirandello. Quedamos muy agradecidos a Michele y Pippo y los recomendamos encarecidamente a los que viajen a esa ciudad. Después de la cena, en un mirador, nos volvemos hacia la noche y sus estrellas y vemos a lo lejos, abajo, los templos iluminados.
A la mañana siguiente visitamos el Valle de los Templos. Por todas partes hay pruebas de la larga historia de este valle. Nos hundimos en el abismo de los siglos. Las columnas del Templo de la Concordia, uno de los mejor conservados del mundo griego, se recortan contra el sol de la mañana. Vemos los templos de Juno (Hera) y de Júpiter Olímpico (Zeus) mientras olemos el moho de los siglos. Los monumentos son fotografiados maquinalmente por los turistas. Aunque se dice que el arte es una tentativa para integrar el mal, la mala conciencia, nos ha gustado y sentimos no poder continuar la visita acudiendo al Museo Arqueológico.
Volvemos en tren a Palermo para pasar el día viendo el Ponte dell´Ammiraglio , el jardín Villa Giulia, el puerto con los restos del Castello a Mare y, por la tarde, tomar el vuelo de vuelta a Madrid. Sicilia nos ha dejado un buen sabor de boca.
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