El Escorial
NaturSierra es una pequeña empresa sin ánimo de lucro, creada por Enrique García, que se dedica a organizar salidas guiadas al campo. En su bonita página web se describen con mucho detalle todas sus actividades. Nosotros hemos estado en Peguerinos, en el monte de El Pardo para escuchar la berrea, en un paseo por el Campo del Moro y, ahora, en El Escorial.
Quedamos en la estación del ferrocarril de El Escorial a las 10 de la mañana de un sábado que tiene toda la apariencia de ser un buen día. Cruzamos el parque y llegamos a la Casita del Príncipe donde el pasado nos estaba esperando. Es un edificio del s. XVIII, según diseño de Juan de Villanueva en estilo neoclásico, destinado a pabellón de recreo del Príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV. Enrique tiene preparada la salida hasta el más mínimo detalle. Como en la estación de El Escorial no hay, la primera parada en la Casita es para ir a los aseos. Después entramos en los jardines que dan a la fachada, la parte institucional, con especies alóctonas como la sequoya y el pinsapo.
Bordeando la Casita y su jardín subimos hacia el Monasterio. Todavía queda otoño en los árboles. Los colores amarillos y ocres aún reinan entre el verde de los pinos y la hierba. El cambio de color de las hojas hace del viaje a través del parque un retrato de oro y herrumbre.
Bordeando la Casita y su jardín subimos hacia el Monasterio. Todavía queda otoño en los árboles. Los colores amarillos y ocres aún reinan entre el verde de los pinos y la hierba. El cambio de color de las hojas hace del viaje a través del parque un retrato de oro y herrumbre.
Las flores mueren, las hojas de los árboles caen, todo tiene su tiempo. Miramos el bosque de otoño, el madroño que presenta sus carnosos frutos rojos, y a nuestra izquierda aparecen las torres del Monasterio. Al rodearlo vemos con mirada rastreadora un pino que ha nacido dentro de un fresno; labor de los pájaros.
Nos anonada la grandiosidad del Monasterio que presenta a la luz y la gloria de Poniente una imponente fachada presidida por San Lorenzo, patrón de Huesca. En el interior del patio Enrique nos cuenta sobre las piedras “de oro” que hay y que pueden verse si les da el sol. En la fachada de la iglesia vemos las estatuas de seis reyes y dice que del lugar donde se extrajo la piedra para esculpirlos, “Salieron seis reyes y un santo, y quedó para otro tanto”. Se respira un aire histórico de sueños desmesurados, un tiempo de silencio, una noche muy antigua, de piedra, con el granito como juramento de eternidad a pesar de ese ácido disolvente que es el tiempo.
Penetramos en el bosque de la Herrería. La naturaleza se muestra indiferente ante la magnificencia que dejamos atrás, ante la marcha de la Historia que zarandea el destino de los hombres. Pasamos por la ermita de la Virgen de Gracia y la fuente “de la ermita”. Poco más allá sigue la labor de los pájaros; un árbol ha crecido entre dos grandes piedras. Un tronco descortezado deja ver los agujeros que hacen los “ciervos de seis patas”. Las explicaciones de Enrique abarcan todos los temas: botánica, geología, zoología, historia, arte, leyendas, costumbres, etc. Es profundo y ameno a la vez, es un humanista, un hombre del Renacimiento. Pensamos en lo que ha dicho mientras manchas de sol tiemblan sobre el camino cubierto de hojas.
Penetramos en el bosque de la Herrería. La naturaleza se muestra indiferente ante la magnificencia que dejamos atrás, ante la marcha de la Historia que zarandea el destino de los hombres. Pasamos por la ermita de la Virgen de Gracia y la fuente “de la ermita”. Poco más allá sigue la labor de los pájaros; un árbol ha crecido entre dos grandes piedras. Un tronco descortezado deja ver los agujeros que hacen los “ciervos de seis patas”. Las explicaciones de Enrique abarcan todos los temas: botánica, geología, zoología, historia, arte, leyendas, costumbres, etc. Es profundo y ameno a la vez, es un humanista, un hombre del Renacimiento. Pensamos en lo que ha dicho mientras manchas de sol tiemblan sobre el camino cubierto de hojas.
Rodeados de otoño, en un día espléndido, de sol, de cielo azul completamente limpio, de muy buena temperatura, vemos unas grandes moles de granito resquebrajadas y cubiertas de musgo seco. El sol filtra el amarillo de las hojas de los árboles en una luz tamizada. En un talud hay un árbol con las raíces al descubierto y puede apreciarse la delgadez de la capa de humus del suelo y lo fácil que resultaría erosionarla. Más roquedos graníticos afloran entre el bosque formando curiosidades como “la cueva del oso”.
Llegamos a la Silla de Felipe II. Enrique, al que le gusta desencantar al personal sembrando la duda sobre la veracidad de las historias y leyendas, cuenta que no es tal. Está lleno de gente, niños jugando, padres gritando, algarabía que chirría en nuestros oídos que acaban de salir del silente bosque. Pasando por un bloque de granito que tiene las marcas de las cuñas con las que se pretendía partirlo llegamos a la casa del Sordo, uno de los guardas del bosque, ruinas suavemente roídas por la indiferencia y el tiempo. Enrique cuenta la leyenda de la condesa y señala el palacio; le gusta sorprender el pasado en el fondo de cada instante. Al sol se piensa con indolencia en los tiempos idos que han sentido con toda su urgencia la presión de la Historia; la pesada terquedad de las piedras exhala un olor a pasado perdido. Es la hora de comer y nos desparramamos buscando cómodo acomodo. Algunas montañas aparecen espolvoreadas de nieve, las casas trepan la pendiente del monte Abantos y el anticiclón propicia “la boina” sobre Madrid.
Las tardes, en este tiempo, son muy cortas. La vuelta es en círculo, hacia el pueblo de Zarzalejos, aunque no llegamos, porque, en la cañada, como si en el cruce de caminos convergieran los senderos de la vida, tomamos el camino de vuelta. Hemos salido de entre los árboles a un sol frío y caminamos algo más ligeros hasta llegar a la “calzada romana”, donde Enrique comenta que pudo ser del s. XVI, cuando se construía el Monasterio, porque se trajo mucha piedra de Zarzalejos, donde hay canteras. Con la duda seguimos y, a la entrada de El Escorial, pasamos el “puente romano”. Las hojas de las copas de los árboles parecen brillar con luz propia al capturar los rayos del sol bajo, de las últimas horas de la tarde, que arroja largas sombras. La luz se desvanece cuando acaba la salida que ha despertado la voz de los siglos muertos.
Las tardes, en este tiempo, son muy cortas. La vuelta es en círculo, hacia el pueblo de Zarzalejos, aunque no llegamos, porque, en la cañada, como si en el cruce de caminos convergieran los senderos de la vida, tomamos el camino de vuelta. Hemos salido de entre los árboles a un sol frío y caminamos algo más ligeros hasta llegar a la “calzada romana”, donde Enrique comenta que pudo ser del s. XVI, cuando se construía el Monasterio, porque se trajo mucha piedra de Zarzalejos, donde hay canteras. Con la duda seguimos y, a la entrada de El Escorial, pasamos el “puente romano”. Las hojas de las copas de los árboles parecen brillar con luz propia al capturar los rayos del sol bajo, de las últimas horas de la tarde, que arroja largas sombras. La luz se desvanece cuando acaba la salida que ha despertado la voz de los siglos muertos.
Heos sido parte del paisaje, nos hemos disuelto en él porque los paisajes no son ilusiones ópticas, son mucho más que un simple decorado y lo hemos ido conquistando paso a paso, con esfuerzo, en el cansancio de las subidas, en la alegría de las bajadas, sintiendo todos los accidentes, viviéndolo en vez de mirarlo como a un espectáculo. Hemos apreciado paisajes sensoriales más allá de lo visual, que siempre es lo que más se ha potenciado, como sonoros, de olor, de tacto. Además, Enrique tiene la virtud de transformar un paseo por el campo en un viaje de exploración.
Volveremos.



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