Rabanal del Camino-El Acebo
En la última hora de la noche tratamos de
escuchar el sonido de la lluvia. El amanecer se insinúa por la ventana
entreabierta. Está bastante despejado y no llueve. La francesa se levanta
pronto y podemos encender la luz. Desayuno en el comedor. Salimos en ascenso,
con algo fresco, y, pasado el pueblo, el
paisaje se amplía. Caminamos rodeados de matorral, del amarillo de las
flores del brezo. Ganamos altura y aparece la niebla cuando pasamos por una
antigua fuente. Helechos secos y flores violetas bordean el camino de tierra.
Una fuerte
rampa nos acerca a Foncebadón, que fue importante asentamiento templario. Ahora
las casas de su alargada calle son una ruina. En el s. XI el ermitaño Gaucelmo
fundó una alberguería para los peregrinos y el favor real se manifestó en forma
de exención de impuestos. La casa de las cuatro esquinas albergó a Felipe II.
Desde el s. XIV hubo decadencia; en 1790 los vecinos solicitaron los antiguos
privilegios a Carlos IV, refrendados por Fernando VII. Entramos en el albergue,
abierto todo el año, incluso cuando el invierno se aferra al pueblo, y tomamos
café y fruta.
Es la última población antes de entrar en El
Bierzo. A la salida hay una cruz de madera y unos caballos en un cercado. El
campo está muy bonito, con brezos rosas, amarillos y blancos, mientras la senda
avanza entre piornos cerca de una carretera con muy poco tráfico. Unos
ciclistas vienen dificultosamente por la senda, sin poder contemplar la
panorámica que da la altitud y un
pequeño monumento al peregrino. Atravesamos los Montes de León, de laderas no
muy empinadas, separación de El Bierzo. El pico Teleno, dios de la guerra de
los astures, 2188m, es la altura máxima. La vegetación se compone de
pastizales, matorrales de brezo, carqueixas (amarillas) y piorno. Hacia el
fondo de los valles hay formaciones arbóreas de robles, encinas, castaños y
pinos. La ampliación del espacio sobrecoge.
La Cruz de Hierro
Llegamos a la cima del Camino francés, la Cruz de
Hierro, 1500 m, en el Monte Irago, divisorio entre la Maragatería y
El Bierzo. Es una pequeña cruz de hierro sobre un desproporcionado mástil de
roble de 7 m. situado en el centro de un cono de piedras de unos 30 m de
diámetro, aportado por peregrinos y arrieros. Es costumbre que el peregrino
aporte una piedra al montón. La costumbre, quizá de origen romano, deriva de
los hitos o mojones que marcaban la separación de territorios; son
amontonamiento de guijarros, milladoiros, que formaban los caminantes para
invocar a las divinidades protectoras de los caminos. Cristianizada esta
tradición, los peregrinos creían que el día del juicio final, cuando las
piedras hablen, estas testificarán que el peregrino ha cumplido. Hablamos con
el catalán y el granadino que hemos visto en Foncebadón, vemos el reloj
analemático y la ermita e inspiramos profundamente el aire que nos rodea como
si quisiéramos retener su perfume, pero, como hay niebla y hace frío, seguimos
por un buen andadero rodeados de serbales de cazadores y de flores violetas y
amarillas. La niebla nos acompaña hasta
una cruz metálica con un pequeño cono de piedras.
Poco
después llegamos a Manjarín, albergue muy sencillo atendido por un hospitalero
templario, que toca una campana para aviso de caminantes. Tomamos un café mientras
admiramos la mezcolanza extraña de cosas: indicadores de distancias a muchos
lugares del mundo, una virgen, banderas,
enseña templaria, etc. Después de un llano y ligeras subidas y bajadas,
rodeados de flores de todos los colores, llegamos a unas antenas, tras las que
comienza una fuerte y pedregosa bajada que nos deja en El Acebo. Lo cruzamos
por la calle Real, con casas son de piedra, de planta baja y una altura, con
bonitas balconadas de madera. Desde los Reyes Católicos, sus habitantes, para no
pagar impuestos, debían clavar 400 estacas en el camino hasta Foncebadón y
mantener una hospedería
En el
albergue coincidimos de nuevo con la francesa. Tras la comida salimos a la luz
brillante del mediodía para volver al albergue, a la cotidiana siesta. Después,
paseo y compra del desayuno para mañana. La tarde se apaga en la noche. El
cansancio nos concederá unas horas de sueño reparador.



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