martes, 21 de octubre de 2014

Rabanal del Camino-El Acebo

  
En la última hora de la noche tratamos de escuchar el sonido de la lluvia. El amanecer se insinúa por la ventana entreabierta. Está bastante despejado y no llueve. La francesa se levanta pronto y podemos encender la luz. Desayuno en el comedor. Salimos en ascenso, con algo fresco, y, pasado el pueblo, el  paisaje se amplía. Caminamos rodeados de matorral, del amarillo de las flores del brezo. Ganamos altura y aparece la niebla cuando pasamos por una antigua fuente. Helechos secos y flores violetas bordean el camino de tierra.

Una fuerte rampa nos acerca a Foncebadón, que fue importante asentamiento templario. Ahora las casas de su alargada calle son una ruina. En el s. XI el ermitaño Gaucelmo fundó una alberguería para los peregrinos y el favor real se manifestó en forma de exención de impuestos. La casa de las cuatro esquinas albergó a Felipe II. Desde el s. XIV hubo decadencia; en 1790 los vecinos solicitaron los antiguos privilegios a Carlos IV, refrendados por Fernando VII. Entramos en el albergue, abierto todo el año, incluso cuando el invierno se aferra al pueblo, y tomamos café y fruta.



Es la última población antes de entrar en El Bierzo. A la salida hay una cruz de madera y unos caballos en un cercado. El campo está muy bonito, con brezos rosas, amarillos y blancos, mientras la senda avanza entre piornos cerca de una carretera con muy poco tráfico. Unos ciclistas vienen dificultosamente por la senda, sin poder contemplar la panorámica que da la altitud y un pequeño monumento al peregrino. Atravesamos los Montes de León, de laderas no muy empinadas, separación de El Bierzo. El pico Teleno, dios de la guerra de los astures, 2188m, es la altura máxima. La vegetación se compone de pastizales, matorrales de brezo, carqueixas (amarillas) y piorno. Hacia el fondo de los valles hay formaciones arbóreas de robles, encinas, castaños y pinos. La ampliación del espacio sobrecoge.


La Cruz de Hierro

Llegamos a la cima del Camino francés, la Cruz de Hierro,  1500 m, en el  Monte Irago, divisorio entre la Maragatería y El Bierzo. Es una pequeña cruz de hierro sobre un desproporcionado mástil de roble de 7 m. situado en el centro de un cono de piedras de unos 30 m de diámetro, aportado por peregrinos y arrieros. Es costumbre que el peregrino aporte una piedra al montón. La costumbre, quizá de origen romano, deriva de los hitos o mojones que marcaban la separación de territorios; son amontonamiento de guijarros, milladoiros, que formaban los caminantes para invocar a las divinidades protectoras de los caminos. Cristianizada esta tradición, los peregrinos creían que el día del juicio final, cuando las piedras hablen, estas testificarán que el peregrino ha cumplido. Hablamos con el catalán y el granadino que hemos visto en Foncebadón, vemos el reloj analemático y la ermita e inspiramos profundamente el aire que nos rodea como si quisiéramos retener su perfume, pero, como hay niebla y hace frío, seguimos por un buen andadero rodeados de serbales de cazadores y de flores violetas y amarillas.  La niebla nos acompaña hasta una cruz metálica con un pequeño cono de piedras.



Poco después llegamos a Manjarín, albergue muy sencillo atendido por un hospitalero templario, que toca una campana para aviso de caminantes. Tomamos un café mientras admiramos la mezcolanza extraña de cosas: indicadores de distancias a muchos lugares del mundo, una virgen,  banderas, enseña templaria, etc. Después de un llano y ligeras subidas y bajadas, rodeados de flores de todos los colores, llegamos a unas antenas, tras las que comienza una fuerte y pedregosa bajada que nos deja en El Acebo. Lo cruzamos por la calle Real, con casas son de piedra, de planta baja y una altura, con bonitas balconadas de madera. Desde los Reyes Católicos, sus habitantes, para no pagar impuestos, debían clavar 400 estacas en el camino hasta Foncebadón y mantener una hospedería

En el albergue coincidimos de nuevo con la francesa. Tras la comida salimos a la luz brillante del mediodía para volver al albergue, a la cotidiana siesta. Después, paseo y compra del desayuno para mañana. La tarde se apaga en la noche. El cansancio nos concederá unas horas de sueño reparador.



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