martes, 21 de octubre de 2014

Acebal de Prádena


En las cercanías de la Navidad queremos visitar el acebal de Prádena, municipio situado en la falda de la Sierra del Guadarrama, que formó parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda. Su poblamiento se inició hace unos 4000 años, en el Calcolítico. Su actual nombre data del s. XVI y parece derivar de pratum y el sufijo ena, abundancia de prados. Ejercía el control sobre las vías de paso, la más importante la Cañada Real Soriana Occidental.
Llegamos a Prádena y tomamos café en un bar donde el dueño nos explica cómo llegar al inicio del camino. Seguimos la indicación y llegamos a una zona abierta, un antiguo descansadero de los rebaños que pasaban por la cañada. Paseamos la mirada por el contorno, entre algún esqueleto de árbol sin hojas, apreciando el contraste de colores: verde claro en el prado, oscuro intenso en el arbolado, gris en las rocas, marrón en las hojas de algún roble semidesnudo y el blanco de la nieve. Los charcos están helados. Hace frío. La temperatura rondará los cero grados. Por esta dehesa pasa un camino que atraviesa la sierra hacia la vertiente madrileña por el llamado Puerto de la Acebeda y que comunica con el pueblo de La Acebeda. 
El GPS marca una dirección a nuestra derecha por lo que decidimos atajar, pero, como no hay atajo sin trabajo, tenemos que bajar por un barranco, vadear un arroyuelo, ascender por el otro lado y cruzar una cerca de piedras. Aquí hay enebros y robles, uno majestuoso, sin hojas y con las ramas nevadas. Por fin vemos el primer acebo, uno pequeño pero hembra, con las bolas rojas de su fruto en todo su esplendor. Avanzamos por el borde del acebal pero decidimos internarnos en la espesura. Parece un bosque infinito. El suelo está lleno de deyecciones de las vacas y hay que ir con cuidado. En el fondo del bosque está todo oscuro, no pasa el sol y los árboles tienen la parte baja sin ramas. Nos gusta menos y volvemos a salir hacia el borde, donde los acebos están más individualizados y pueden apreciarse mejor.


Este acebal es el más meridional de Europa y el más importante de España, superando las 60 hectáreas. Se caracteriza por ser monoespecífico y por su frondosidad, y, en sus bordes, comparte espacio con robles, mostajos, serbales y, en zonas de menor altitud, sabinas albares como representantes de la paramera segoviana. Al amparo del bosque hay una rica fauna en la que destaca el mirlo por su papel fundamental para la reproducción del bosque ya que ingiere el fruto –drupa- y deposita las semillas del interior tras ablandarlo con los jugos gástricos. 
Sacamos los bocadillos y el termo con café y, en incoloro silencio, disfrutamos de los acebos con sus frutos rojos que se dejan acariciar con la mirada y cuya imagen más espectacular se obtiene en invierno. Vemos que los árboles tienen las hojas de la parte inferior duras y con el borde espinoso, como defensa natural, y a partir de unos dos metros de altura son suaves y blandas. Son muy brillantes en el haz y más claras y mates en el envés. En algunos casos se ve muy claramente la separación de los dos tipos de hojas porque en la parte alta el árbol se ensancha. En el suelo, los frutos caídos contrastan con el verde de la hierba.
Regresamos por otro camino. Abandonamos con pena el acebal y vemos unos espectaculares robles deshojados mientras nos sobrevuela, majestuosa, el águila imperial, dueña y señora del cielo. Un perfecto ejemplar de acebo macho, aislado, es el último que vemos. A continuación se ven muchos enebros, con su bayas de un color azul grisáceo, muchas también en el suelo. Un grupo de vacas que ocupan la puerta de la cerca de piedra que rodea la zona nos hacen cruzar con cuidado aunque parecen pacíficas. También se oye, traído por el viento, el sonido de cencerros. Ahora se tiene la sensación de más frío porque el acebal forma un microclima. 
Dejamos este paisaje, que lleva adherida una serie de valores culturales estáticos, y es ya un paisaje neutralizado por la tradición, es un paisaje cultural, es actividad y se desarrolla en el tiempo, mientras un paisaje natural es extensión y se desenvuelve en el espacio.
Durante la comida nos cuentan que, realizando podas controladas por el Icona, se suministra a Madrid el acebo que se vende en la Plaza Mayor y que el Domingo de Ramos, aquí no se portan palmas en la procesión, sino ramos de acebo.




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