Acebal de Prádena
En las cercanías de la Navidad queremos visitar
el acebal de Prádena, municipio situado en la falda de la Sierra del
Guadarrama, que formó parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda. Su
poblamiento se inició hace unos 4000 años, en el Calcolítico. Su actual nombre
data del s. XVI y parece derivar de pratum y el sufijo ena, abundancia de prados.
Ejercía el control sobre las vías de paso, la más importante la Cañada Real
Soriana Occidental.
Llegamos a Prádena y tomamos café en un bar donde
el dueño nos explica cómo llegar al inicio del camino. Seguimos la indicación y
llegamos a una zona abierta, un antiguo descansadero de los rebaños que pasaban
por la cañada. Paseamos la mirada por el contorno, entre algún esqueleto de
árbol sin hojas, apreciando el contraste de colores: verde claro en el prado,
oscuro intenso en el arbolado, gris en las rocas, marrón en las hojas de algún
roble semidesnudo y el blanco de la nieve. Los charcos están helados. Hace
frío. La temperatura rondará los cero grados. Por esta dehesa pasa un camino
que atraviesa la sierra hacia la vertiente madrileña por el llamado Puerto de
la Acebeda y que comunica con el pueblo de La Acebeda.
El GPS marca una
dirección a nuestra derecha por lo que decidimos atajar, pero, como no hay
atajo sin trabajo, tenemos que bajar por un barranco, vadear un arroyuelo,
ascender por el otro lado y cruzar una cerca de piedras. Aquí hay enebros y
robles, uno majestuoso, sin hojas y con las ramas nevadas. Por fin vemos el
primer acebo, uno pequeño pero hembra, con las bolas rojas de su fruto en todo
su esplendor. Avanzamos por el borde del acebal pero decidimos internarnos en
la espesura. Parece un bosque infinito. El suelo está lleno de deyecciones de
las vacas y hay que ir con cuidado. En el fondo del bosque está todo oscuro, no
pasa el sol y los árboles tienen la parte baja sin ramas. Nos gusta menos y
volvemos a salir hacia el borde, donde los acebos están más individualizados y
pueden apreciarse mejor.
Este acebal es el más meridional de Europa y el
más importante de España, superando las 60 hectáreas. Se caracteriza por ser
monoespecífico y por su frondosidad, y, en sus bordes, comparte espacio con
robles, mostajos, serbales y, en zonas de menor altitud, sabinas albares como
representantes de la paramera segoviana. Al amparo del bosque hay una rica
fauna en la que destaca el mirlo por su papel fundamental para la reproducción
del bosque ya que ingiere el fruto –drupa- y deposita las semillas del interior
tras ablandarlo con los jugos gástricos.
Sacamos los bocadillos y el termo con
café y, en incoloro silencio, disfrutamos de los acebos con sus frutos rojos
que se dejan acariciar con la mirada y cuya imagen más espectacular se obtiene
en invierno. Vemos que los árboles tienen las hojas de la parte inferior duras
y con el borde espinoso, como defensa natural, y a partir de unos dos metros de
altura son suaves y blandas. Son muy brillantes en el haz y más claras y mates
en el envés. En algunos casos se ve muy claramente la separación de los dos
tipos de hojas porque en la parte alta el árbol se ensancha. En el suelo, los
frutos caídos contrastan con el verde de la hierba.
Regresamos por otro camino. Abandonamos con pena
el acebal y vemos unos espectaculares robles deshojados mientras nos
sobrevuela, majestuosa, el águila imperial, dueña y señora del cielo. Un
perfecto ejemplar de acebo macho, aislado, es el último que vemos. A
continuación se ven muchos enebros, con su bayas de un color azul grisáceo,
muchas también en el suelo. Un grupo de vacas que ocupan la puerta de la cerca
de piedra que rodea la zona nos hacen cruzar con cuidado aunque parecen pacíficas.
También se oye, traído por el viento, el sonido de cencerros. Ahora se tiene la
sensación de más frío porque el acebal forma un microclima.
Dejamos este
paisaje, que lleva adherida una serie de valores culturales estáticos, y es ya
un paisaje neutralizado por la tradición, es un paisaje cultural, es actividad
y se desarrolla en el tiempo, mientras un paisaje natural es extensión y se
desenvuelve en el espacio.
Durante la comida nos cuentan que, realizando podas controladas por el Icona,
se suministra a Madrid el acebo que se vende en la Plaza Mayor y que el Domingo
de Ramos, aquí no se portan palmas en la procesión, sino ramos de acebo.

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