Nos levantamos temprano. No
llueve aunque está algo nublado. Desayunamos lo que compramos ayer y
salimos, junto con una japonesa, por las aceras de la carretera. Hace
fresco y se anda bien. Muy pronto llegamos a la ermita Ecce Homo, a la
izquierda, donde la ermitaña sella las credenciales. A la derecha queda
Valdeviejas. Pasamos la autovía y el andadero cruza a la derecha de la
carretera. Vamos bien, no hay tráfico. Por la derecha nos resguardan unas
lomas y, tras cruzar el río Jerga, llegamos a Murias de Rechivaldo,
comienzo de la Maragatería. Un poco antes ha salido el sol.
Nos desviamos del Camino, a
la derecha, para pasar por Castrillo de los Polvazares. El campo está muy
colorista, con muchas flores amarillas destacando sobre el verde oscuro del
arbolado. Castrillo es un pueblo largo, representativo de las esencias
maragatas, conocido por ser el lugar en el que Concha Espina ambientó su
conocida novela La Esfinge Maragata y famoso por el cocido maragato, aunque
ahora están todos los restaurantes cerrados. Todo el pueblo parece vacío,
parece un decorado. El suelo tiene un magnífico empedrado -losas más
grandes en el centro y cantos rodados tipo adoquín en los extremos de la
calle, alomado en algunas zonas-. Las casas son de piedra, de planta baja y
piso, con grandes portadas, algunas con escudos y rejería. Hay un pequeño
calvario en la calle de la Iglesia y otro al final de la calle, a modo de
crucero, que la divide en dos.
Rabanal del Camino
A la derecha está la Peña
del Cuervo y, cerca también hay restos de un castro celta. Salimos a la
izquierda para recuperar el Camino y pasamos de nuevo el río Jerga. El
camino es en subida ligera y la vegetación se compone de arbustos, encinas
y robles. Volvemos al Camino dejado en Murias en el desvío de la carretera
a Sta Colomba de Somoza. El paisaje es suave, alomado, verde, con bastante
vegetación arbustiva. El romero, espliego, tomillo, inundan nuestro olfato.
Poco después llegamos a Santa Catalina, antiguo pueblo de arrieros
maragatos. Paramos a tomar un café.
Seguimos por el andadero,
bien, sin tráfico. Paisaje multicolor: hay muchas flores, blancas,
violetas, rosas, amarillas. El camino es de tierra, seco. Al fondo a la
izquierda se divisa el Teleno con alguna mancha de nieve. Monotonía hasta
El Ganso, primera población en la que se ven cubiertas de paja. Parada.
Seguimos en ligera subida,
entre bosque de robles y algunos pinos, en medio de un campo muy bonito,
lleno de flores. En el Puente del Pañote cruzamos el arroyo Reguerinas. A
la derecha queda la Fucarona, mina romana. La subida se hace más fuerte
entre un espeso rebollar, y el lado derecho está limitado por una valla
metálica llena de cruces hechas con ramas en lo que han debido colaborar
muchos peregrinos. Senda estrecha con raíces en el suelo. Cruzamos la
carretera en la iglesia del Bendito Cristo de la Vera Cruz y ya estamos en
Rabanal. En este último tramo ha lucido el sol.
Hemos ido con franceses,
alemanes, japoneses, catalanes, etc. El pueblo está muy cosmopolita. Para
comer vamos a un restaurante donde encontramos a un sudamericano que
conocimos hace dos etapas. No quedamos contentos. Siesta.
Compra del desayuno para
mañana y paseo por el pueblo y por los albergues municipal y El Pilar, con
bar dentro. Es un pueblo caminero, alargado, con casas de piedra, en
pendiente. A las 19 horas, en la iglesia, se celebran las vísperas en
gregoriano. La iglesia, románica, con un reloj en la espadaña y con el
interior bastante deteriorado, se llena.
Aunque en la lectura y
canto participan algunos peregrinos actuales, parecemos transportados a
otra época. Al salir, llueve y hace frío. Inquietud para mañana, la etapa
más dura y de mayor altitud. Parece que la noche cae más rápidamente de lo
normal. Preparación de la cena –pasta- en el comedor. Después, lectura y
sudokus. La habitación es de cuatro, pero la ocupamos tres. La compartimos
con una francesa. Dormiremos bien, sin ruidos. El repicar del agua contra
los cristales marca el paso de los segundos en la noche.
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