O Pedrouzo-Santiago.
Afrontamos
la última etapa, la llegada a Santiago. Queremos ver el botafumeiro, al final
de la misa de las 12, así que salimos muy temprano, de noche. Con el frontal
encendido atravesamos San Antón y el bosque nocturno, en el que se oyen algunos
ruidos que, a estas horas, parecen extraños. Hace fresco y la sensación es muy
agradable. Tras Amenal, el cruce de la carretera y Cimadevila, va amaneciendo
lentamente.
Todavía
usamos el frontal cuando rodeamos el aeropuerto, en cuyas alambradas hay
infinidad de cruces hechas con pequeñas ramas, igual que antes de Rabanal del
Camino. Este es un tramo menos atractivo. Continuamos por San Paio, Labacolla y
Vilamaior, donde paramos. Su iglesia tiene, en el cementerio, unos nichos
iguales. Bajamos unas escaleras donde hay un cruceiro y llegamos a un bar. Hace
fresco y queremos tomar café. Hay mucha gente que baja de un autobús y que, por
lo visto, van a hacer un pequeño tramo hasta Santiago.
Seguimos por un camino entre
paredes musgosas y con hiedra en los lados. En un prado hay un caballo sólo,
sujeto con una cuerda a un gran clavo en el suelo, lo que le permite un radio
de acción pequeño en sus movimientos.
La zona se va urbanizando
progresivamente. Pasamos por la Casa do Zoqueiro antes de llegar a San Marcos,
con las instalaciones de las televisiones española y gallega. El día ha
empeorado. Hace viento, frío y hay niebla en la ascensión al Monto do Gozo. En
lo alto arrecia el viento y el frío, y la niebla impide la visión. Hacemos unas
deficientes fotos y sellamos la credencial. Aquí, donde los peregrinos se dice
que veían las torres de la catedral de Santiago y se preparaban para la
llegada, nosotros no podemos ver nada. No podemos parar por el frío, así que
emprendemos el descenso.
Con toda la zona urbanizada,
pasamos por una curiosa casa, con estatuas, grandes piedras y un cruceiro. En
este descenso cruzamos el río Sar. Se tarda en llegar, se hace pesado. Ya no es
bonito como andar por el monte. Tras la capilla de San Lázaro aparece una zona
moderna de Santiago y un paseo con árboles de flores rosas y lilas. En esta
última parte de la etapa hemos avanzado más, por el frío y porque ya no es tan
agradable como la anterior. Hemos llegado con suficiente tiempo. Ha sido una
etapa de 19 km., con mayor altitud en el centro que en el inicio y final.
Vamos al alojamiento, nos
aseamos y nos acercamos a la catedral, erguida imponente sobre la plaza, que
presenta a la luz y la gloria de poniente una fachada grandiosa. No hay botafumeiro, así que el madrugón no
nos ha servido de nada. Comida y café en el casino, donde un personaje que
viste una túnica de monje, con capucha incluida, hace una queimada mientras
pronuncia unos misteriosos conjuros.
Por la tarde, con aquella
indolencia corporal que se apodera de los peregrinos en descanso, paseo.
Santiago está tan impresionante como siempre. Por fin vemos el botafumeiro al
final de la misa de la tarde. Tras la cena, en la plaza del Obradoiro, vemos la
actuación de una tuna. Cuando abandonamos la plaza, la noche ha reunido por las
calles su ejército de sombras. Empieza a hacer fresco cuando nos recogemos.
No ha sido un viaje utópico,
sino real. Nuestros sentimientos no son frescos, como del día, sino viejos,
profundos. Nuestra memoria vuela como un planeador por entre montes y valles,
por el espacioso horizonte que hemos dejado atrás. Somos coleccionistas de
nostalgias. Ya no vivimos en el tiempo; nosotros somos el tiempo en que
vivimos. Estamos llenos de una tranquila felicidad y Kafka decía que la
felicidad suprime la vejez.
Esto se ha terminado, de
momento, y hemos terminado bien. Hemos visto unas camisetas con unas leyendas
que dicen “Sin dolor no hay gloria”, o “El dolor es algo temporal. La gloria es
para siempre”, pero nosotros no tenemos ninguna lesión, ni siquiera una pequeña
ampolla. Seguiremos. Vivimos sin vivir en nosotros mismos, y a vivir que son
dos días. Un proverbio persa dice que no hay mañana que deje de convertirse en
ayer; sólo si se mira atrás se puede anticipar lo que vendrá. Nos espera
Fisterra.



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