martes, 21 de octubre de 2014

Buendía. Ruta de las Caras


Viaje a Buendía, pasando por Guadalajara y Sacedón. Desde la población de Buendía, tras atravesar el pueblo, está bien indicado el camino –sin asfaltar, pero en muy buen estado- de unos 4 km que nos lleva hasta un espeso pinar donde está el aparcamiento, con paneles informativos de la ruta circular de unos 2 kms. Estamos en una península que se extiende al Norte de Buendía, en una zona de pinos y encinas enfrente de la presa, donde comienza la ruta que lleva a la ermita de Ntra. Sra. de los Desemparados. Es un lugar perfecto para practicar el senderismo y compaginarlo con el arte. Un cielo claro domina nuestro paseo.

En esta ruta, las esculturas “land-art” -más land que art, según algunos- rompen la frontera de los museos y zonas urbanas para ensalzar la relación entre escultura y naturaleza. En 1992, los madrileños Eulogio Reguillo y Jorge Maldonado, se pusieron a labrar, sin una idea preconcebida, una peña arenisca a orillas del embalse y les salió La monja. Esta “aparición” parece que marcó la tendencia a la reflexión espiritual, la tendencia religiosa de las obras que esperaban ocultas en el interior de las milenarias piedras areniscas y que ellos extrajeron en años sucesivos, que si bien comenzaron inspiradas en culturas precolombinas, continuaron compartiendo la característica posición frontal de los modelos orientales, particularmente de la India. En total son 18 relieves de hasta 3,5 m de altura, concentrados en este paraje conformando un mundo mágico e inmóvil, eterno.

La ruta nos lleva al principio hacia el Norte, hacia la Moneda de la Vida y la Cruz Templaria. Aquí giramos hacia el Sur y vemos al risueño Krishna, a Maitreya, Arjuna, la Espiral del Brujo, y al adusto Chemari, un tremendo barbudo ligeramente yaciente. A continuación hay un pequeño espacio vacío hasta llegar a La Monja y, poco más allá, al Chamán, el semblante mayor y de más laboriosa factura –cuatro años-, en uno de los cortados.


Giramos hacia el Oeste y encontramos a Beethoven, al Duende Indio, un Paleto y el Duende de la grieta. Nos vamos acercando a las azules aguas del embalse, que contrastan vivamente con el verde brillante de la vegetación, y abandonamos la acogedora sombra del bosque cuando vemos un cráneo en lo alto de un cortado. Puede subirse por detrás y contemplar de cerca esta calavera de metro y medio titulada De muerte, la única escultura –curiosamente- que mira a naciente. Abajo está la Dama del pantano.

Volvemos a girar hacia el Sur y caminamos bajo el fuerte sol –el arbolado ha quedado más alto, estamos casi en zona de inundación- hasta llegar a la Cruz del Temple, la Virgen de Lis y la Virgen de las Caras. En este momento se han acabado las esculturas que han acechado nuestro paso por las sombras del pinar, que quedan tragadas por el bosque, mirando con hipnotizadora fijeza las aguas del embalse, y giramos hacia el Este, hasta llegar por la senda entre los pinos a un camino que se sigue hacia el Norte hasta el aparcamiento. Todo el camino está señalizado y, aunque quizá en algún punto no vendría mal alguna señal más, puede seguirse perfectamente.

Dejamos este museo al aire libre, este centro de esoterismo, y volvemos a Buendía, que cuenta con un Museo del Carro, una gran iglesia gótica con su portada dando a una bonita plaza soportalada, murallas medievales con alguna puerta en buen estado, unas cuevas en la parte baja del pueblo y el embalse que, a mediados del s. XX, transformó el río Guadiela en un océano de 1.600 millones de metros cúbicos y 50 km de riberas, el “mar de Castilla”.

Nuestro cronograma tiene días libres y, una vez más, hemos aprovechado para seguir la llamada de la Naturaleza, cuya tranquila presencia resulta balsámica en estos años otoñales.


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