viernes, 2 de enero de 2015

El Atazar (II)

 (Viene de “El Atazar (I)”). El camino hace una curva a derecha muy pronunciada y sigue en
dirección E, pero nosotros nos desviamos por otro  para continuar al NE en otra curva pronunciada, con la Peña La Cabra (1.834 m.) a la derecha. El horizonte no puede ser más recortado. Avanzamos
en el sufrimiento con la figura cincelada por el poder de las sierras. Ascendemos hasta los 1.500 m. Las palabras forman un discurso débil que surgen desde el cansancio. El infierno no está en la otra vida, está aquí. Llegamos a los 1.600 m y salimos de la hondonada por el Collado de la Tiesa. Ha sido la zona de mayor pendiente. El alto nos ofrece una buena panorámica y, rodeados de pinar, desde el vértice geodésico vemos a lo lejos el embalse de El Villar. Llegamos a la carretera M-130 y estamos prácticamente en el Puerto de La Puebla, a 1.636 m de altitud, con una buena vista sobre el valle. Toda la zona se vive en las hondonadas pero se mira desde las alturas.

La carretera es la mejor comunicación que tiene Puebla de la Sierra y antes era el único acceso, por lo
que algunas veces quedaba incomunicada en invierno. Atraviesa la Sierra del Lobosillo para desembocar en el Valle de la Puebla y bajar a Puebla de la Sierra, en un descenso de más de 500 m. Desde aquí se ve bien el circo que forma la sierra, comprendido entre los picos Peña La Cabra, por el que hemos pasado, el pico Porrejón, a nuestra izquierda, y La Tornera, enfrente, por donde pasaremos más tarde, y también se tiene buena vista sobre la Reserva Nacional de Caza de la Sierra del Sonsaz. Los materiales que forman la sierra no son de origen metamórfico, gneis y micacitas, sino materiales menos transformados como cuarcitas en las cumbres y pizarras en las zonas bajas.

Desde lo alto se aprecia una gran diversidad en la gama de los verdes debida a las distintas especies arbóreas. En los años 50-80 del siglo XX hubo repoblaciones mayoritariamente con pino silvestre
(pinus sylvestris) y alguna zona con pino resinero (pinus pinaster), y aunque en otras zonas la gestión de los pinares de repoblación impide frecuentemente la colonización por otras especies, aquí se observan zonas de robledales autóctonos como el rebollo (quercus pirenaica), que son las manchas de color verde intenso, con presencia puntual del escaso y protegido roble albar (quercus petraea). En las orillas del arroyo o río de la Puebla se ve vegetación caducifolia de ribera: sauces, fresnos e incluso chopos temblones. En las partes bajas de solana se encuentran los encinares y, más al fondo, el sucesivo abandono de la actividad agrícola y ganadera ha producido la ocupación de prados por un monte bajo de jaras, brezos y pequeñas matas de rebollo.

Esta zona, la Puebla de la Sierra incluida, pertenece a la comarca de la Sierra del Rincón, declarada en 2005 Reserva de la Biosfera por la UNESCO, al igual que pueblos como La Hiruela (Ver otro
artículo), al N del pico Porrejón. Hemos descansado mientras admirábamos el valle desde el balcón del puerto;  ahora hay que seguir, animados por el hecho de que hemos hecho lo más duro de la etapa. Desde aquí se puede continuar también por el norte del pico Porrejón (1.827 m), pero nosotros vamos a ir por el sur.

Desde el puerto de La Puebla, en dirección SE, emprendemos un descenso vertiginoso por la carretera que va a La Puebla, con varias curvas muy fuertes en la zona donde nace el río de la Puebla. Nos quitamos las ganas de velocidad y pronto nos desviamos a la izquierda por un camino que, en dirección E y siempre por encima de los 1.500 m, llega debajo del Collado de las Palomas y se encuentra con el que traeríamos si hubiéramos ido por el otro lado. Desde aquí iremos muy cerca del límite con Guadalajara. Seguimos en dirección SE –en la dirección
de la Sierra del Lobosillo o Sierra de la Puebla- por un camino de tierra, bastante bueno,  entre frondosos bosques de pinos y paramos un momento en una fuente rodeada de helechos, un lugar muy bucólico, con una calma propicia para quien pretenda desnudar los misterios del mundo y también los propios. Toda la restante belleza es superflua.

Los árboles susurrantes dejan pasar pequeñas motas y esquirlas de luz en medio de la sombra. El camino tiene charcos amarillos de luz brillante entre las sombras. Los árboles se suceden monótonamente como los días de la vida. Hileras, galerías, perspectivas de árboles. La vastedad de estos espacios impone. Bordeando barrancos  y torrenteras, que forman un paisaje enriscado y ceñudo, todavía nos mantenemos a una altitud superior a 1.500 m. A la altura de Puebla de la Sierra (1.161 m, antes se llamó Puebla de la Mujer Muerta), pueblo enroscado entre heladas y montes, bajamos de los 1.500 m mientras vamos cambiando la orientación de la ladera, en unas zonas es solana y en otras umbría. A la izquierda queda el pico La Tornera (1.866 m). Sobre el camino los árboles cruzan sus ramas, se entretejen formando una masa casi única. Avanzamos en sombra con la apariencia de ir furtivamente. Pasamos quebrando los silencios por entre la densidad abrumadora de los árboles. El bosque innumerable, idéntico a sí, da una idea de eternidad. Esto parece cien años de soledad.  (Continúa en “El Atazar (III)”).


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