El Atazar (I)
![]() |
| Pepe, Valentín y Cándido |
Salimos del pueblo en
dirección al embalse y nos desviamos a la derecha por el camino forestal a
Robledillo de la Jara, a cuya entrada hay un cartel señalizador de la Ruta al
molino harinero del Riato (muñeco azul de la ruta El Genaro). Es una dirección
NO. Al principio hay una fuerte bajada seguida de una fuerte subida, y una curva
a
la derecha –donde hay un mirador- para ir rodeando el pico Cabeza Antón, de 1.396 m. Vamos en paralelo a esta cola del embalse, que está bastante lleno, por una pista rodeada de matas de jara pringosa y de afilados peñones de pizarra. Los colores inundan la vista: el azul intenso de las aguas, el más suave del cielo, el verde intenso de los arbustos y el verde más mate del arbolado.
la derecha –donde hay un mirador- para ir rodeando el pico Cabeza Antón, de 1.396 m. Vamos en paralelo a esta cola del embalse, que está bastante lleno, por una pista rodeada de matas de jara pringosa y de afilados peñones de pizarra. Los colores inundan la vista: el azul intenso de las aguas, el más suave del cielo, el verde intenso de los arbustos y el verde más mate del arbolado.
A la izquierda
quedan caminos que van a los antiguos tinados de cabras. Son de pizarra y se
cubren la mitad con teja, paja y jaras secas sobre vigas de madera, quedando el
exterior a modo de corral, y servían para guardar los rebaños durante la noche
en los meses de verano cuando pastaban lejos del pueblo. Nosotros seguimos por
el camino principal, ancho, bueno, con poca piedra suelta, pudiendo apreciar la
variedad de verdes del
arbolado, puesto que, además de pinos, hay fresnos y alisos más cerca del agua. En los lados del camino, lavanda, romero y tomillo comparten espacio con la jara pringosa y con pizarras puntiagudas. Llegamos al puente –es la cota mínima, 880 m.- a los cinco kilómetros.
arbolado, puesto que, además de pinos, hay fresnos y alisos más cerca del agua. En los lados del camino, lavanda, romero y tomillo comparten espacio con la jara pringosa y con pizarras puntiagudas. Llegamos al puente –es la cota mínima, 880 m.- a los cinco kilómetros.
Nosotros seguimos,
alejándonos del embalse a contracorriente del río Riato, girando al O y ganando altura hasta llegar a los 1.000 m., momento
aproximado en que el bosque, antes espeso, empieza a clarear y disfrutamos de
un mayor panorama de montañas verdosas cerca y azuladas más lejos.
Después pasamos
por zonas de pinares separadas por otras de hierbas altas, de un color ámbar
semejante a los otoños de hayas, y giramos
al S, llegando a los 1.100 m y ascendiendo hasta los 1.141 m del Alto de
Matachines, con sus antenas.
Desde aquí se sale,
en dirección N y en ligero ascenso, por la carretera M-130, que lleva a Puebla
de la Sierra. A poca distancia nos desviamos por un camino a la izquierda, a 1.200
m., todo el tiempo en subida, entre pinos y brezos en los claros. A nuestra
izquierda queda Robledillo de la Jara. Poco después, a 1.250 m, bordeamos la
ladera del pico El Picazo (1.392 m.), dejando a la izquierda Berzosa del Lozoya
y a la derecha las hoces del Riato. Al ganar altura aparecen más rocas y vemos
por encima del bosque las montañas que nos rodean, mientras pasamos a la altura
del Collado de la Fuente y del Collado de Matalinares. En este tramo
más abierto se nota bien el sol de este día despejado y hace calor. En el cielo sólo hay alguna nube. El buen camino que llevamos cruza ahora unas masas densas de pinar. El bosque nos absorbe, nos engulle; desaparecemos en él. Vamos a vivir en el verdor. Parece que entramos en el corazón de las tinieblas. Nos cobijamos en su sombra antes de salir de nuevo a zonas despejadas, llenas de jaras floridas en el borde de los barrancos de este relieve tan accidentado en el que hay algunas rocas sueltas verticales como monolitos.
más abierto se nota bien el sol de este día despejado y hace calor. En el cielo sólo hay alguna nube. El buen camino que llevamos cruza ahora unas masas densas de pinar. El bosque nos absorbe, nos engulle; desaparecemos en él. Vamos a vivir en el verdor. Parece que entramos en el corazón de las tinieblas. Nos cobijamos en su sombra antes de salir de nuevo a zonas despejadas, llenas de jaras floridas en el borde de los barrancos de este relieve tan accidentado en el que hay algunas rocas sueltas verticales como monolitos.
Al pasar a la
altura del Collado de Peñaparda hay una pared rocosa completamente lisa a la
izquierda, alta, rodeada de jarales por abajo y de pinos por arriba. El
paisaje, sostenido por la osamenta de las rocas, no puede ser más agreste. El
paisaje tiene cuerpo de roca y el eco de nuestro paso rebota en la dura piedra.
Estamos a 1.300 m, aislados por la geografía en estos parajes remotos, y la
subida se acentúa, llegando rápidamente a los 1.400 m en una zona muy boscosa.
Enorme perspectiva de bosque. Estos mudos seres vegetales forman un mundo
dormido, un conjunto anónimo. La vegetación estalla sobre la tierra. El bosque
se espesa y se adueña de la tierra. Los árboles pasan pero el panorama no
cambia; nos adentramos más en el denso reino del bosque, del paciente bosque de
sombría uniformidad, con los árboles agolpados en apretadas filas. (Continúa en “El Atazar (II)”).








No hay comentarios:
Publicar un comentario