martes, 30 de junio de 2026

TRANSITAR EL SIGLO XX. DIBUJO Y ESCULTURA EN LAS COLECCIONES ICO

La escultura, a lo largo de los siglos, ha abordado fines religiosos, monumentales o fúnebres, ligados al poder institucional y a las políticas de encargos. Desde la concepción hasta la materialización se advierte un deseo de adueñarse del espacio mediante una masa de volumen cerrado. Aunque nació con vocación de eternidad, como demostraron los egipcios o los griegos, su finalidad ha evolucionado hasta que el escultor puede trabajar con una amplia variedad de materiales.

En el siglo XX ha experimentado más metamorfosis que en toda su historia anterior. Las vanguardias y los movimientos fueron responsables de profundas transformaciones. Distintas experimentaciones se produjeron desde el modernismo, el cubismo, el surrealismo, que, además de modificar el sentido de la pintura, encontraron en la escultura un soporte para sus búsquedas.

La exposición propone un recorrido por el arte del siglo XX, revelando cómo los lenguajes del trazo y el volumen han dialogado con los cambios sociales, políticos y estéticos del tiempo. Junto a las esculturas, la muestra incorpora una selección de dibujos que permite adentrarse en los procesos creativos de los artistas y establecer un diálogo entre ambos lenguajes, haciendo posible la comprensión de la evolución de la forma, el espacio y los materiales, desde la fragilidad del papel hasta la contundencia de la materia escultórica. 

 
Antoni Gaudí, Chimenea ventilador, 1909, bronce.

Manolo Hugué, Vieja catalana. La lloverá, 1910/1911, bronce patinado. Sus obras se caracterizan por su estilo noucentista, que supo acercar hasta las vanguardias.

Pablo Gargallo, Bailarina con tutú (Teresina Boronat), 1927, tinta china sobre papel. Esta obra es uno de los dibujos preparatorios para una de sus esculturas más célebres, Gran Bailarina, de la cual realizó tres versiones en hierro.

 

LAS VANGUARDIAS.

Ya en el siglo XIX, la escultura comenzó a adquirir nuevo sentido. El estudio anatómico exhaustivo, el interés por la perfección y la búsqueda de la belleza dieron paso a una nueva realidad en la que materiales y formas cambiaron radicalmente. La evolución fue más tardía porque estaba ligada a los encargos y porque los materiales (mármol, bronce, …) eran muy costosos. La capital francesa fue crucial para el arte moderno, al residir allí muchos artistas. Pablo Gargallo y Julio González utilizaron el hierro y la forja, con chapas recortadas y soldadas de vinculación cubista, para ir abandonando las referencias figurativas y adentrarse en la descomposición geométrica como un nuevo estilo. Desarrollaron un lenguaje nuevo que dio lugar a la nueva estética basada en la “ausencia de masa”. Joan Miró interpretó las formas desde postulados surrealistas.

                                  Pablo Picasso, Nu, 1934 (26 de abril), tinta china sobre papel

 

                                                        Joan Miró, Femme, 1970, bronce.

Figura orgánica, en la que con pocos elementos traza el cuerpo femenino. Esta concepción etérea es propia de los años 1920 cuando se instaló en París, donde entró en contacto con Picasso y pintores, escritores y poetas surrealistas que le influyeron para depurar su estilo.



          Salvador Dalí. Un féminin, hystérique et aérodynamique. 1934/1973, bronce pintado.

 

VOCES EN EL EXILIO.

La experiencia del exilio marcó profundamente la obra de Esteban Vicente (Nueva York, expresionismo abstracto, vínculo emocional con la luz y el color mediterráneo), Alberto Sánchez (Rusia, poética simbólica y telúrica, nostalgia de Castilla) y Eugenio Granell (América Latina, Francia y Estados Unidos, universo surrealista).

Alberto Sánchez, Campesinas bailando, 1956/1958, tinta china y acuarela sobre papel.

Alberto Sánchez, Tres mujeres paseando, 1956/1958, temple y tinta china sobre papel.

 

Alberto Sánchez, Homenaje a las mujeres, 1960-1961, chapa de hierro y remaches de aluminio.

En sus propias formas resultan evidentes las influencias del cubismo (investigación sobre el vacío activo, el hueco y la estructura por planos simples) y del surrealismo (volúmenes bulbosos y neumáticos, cierto organicismo fantástico).

 

ABSTRACCIÓN E INFORMALISMO.

Tras la Segunda Guerra Mundial, algunos artistas abandonan la figuración y cobra protagonismo la abstracción. Profundos cambios estilísticos dan lugar a la muerte de las vanguardias, que pierden su esencia revolucionaria, y surgen nuevas corrientes dominadas por lo visual o lo conceptual.

En las décadas de los 50 y 60, esta transformación se refleja en la escultura y en el mundo del arte se impone una nueva tendencia, especialmente en Francia, donde surgirá el informalismo, en paralelo al expresionismo abstracto desarrollado en Estados Unidos. Dentro del informalismo surgen corrientes como la abstracción lírica, el espacialismo o el Art Brut. El informalismo propone prescindir de la voluntad formal y crear guiándose por el instinto. En España lo desarrolló Martín Chirino, miembro del grupo El Paso.

La segunda mitad del siglo XX trae nuevas esculturas, donde el vacío adquiere un papel principal. El estudio anatómico representa el movimiento unido a la energía y puede hablarse de esculturas científicas. Las obras de Jorge Oteiza y Eduardo Chillida muestran estas innovaciones.

              Martín Chirino, Composición. Homenaje a El Lissitzky, 1957/1958, hierro forjado.

 

                                         Jorge Oteiza, Oposición de dos diedros, 1959, hierro.

 

                                         Eduardo Chillida, Sin título, 1964, tinta sobre papel.

 

LA FIGURACIÓN.

Lo conceptual nos presenta una nueva relación entre el cuerpo y el espacio, dando lugar a una tipología que anula la huella física y psicológica del escultor, pero en el ámbito visual se encuentran corrientes que trabajan usando como materia artística la realidad cotidiana. El realismo es cultivado por Julio López o Carmen Laffón, que priorizan el testimonio de la experiencia personal a la mera captación de la realidad, buscando lo cercano y lo familiar.

                                                 Carmen Laffón, Armario, 1994-95, bronce.

Aunque su pasión fueron los paisajes, en esta obra se ve la mirada tan personal a la hora de captar la belleza y la calma a través de un bodegón. Su faceta como escultora se muestra en la delicadeza y minuciosidad en la que los detalles adquieren un papel esencial.

                                      Antonio López, Calabazas, 1994/1995, lápiz sobre papel.

                                     Antoni Tápies, Rentamans i libres, 1987, bronce y pintura.

Esta escultura incorpora uno de los símbolos más reconocibles en la obra de Tápies: la cruz. A veces se convierte en equis, como coordenadas del espacio, como imagen de lo desconocido, símbolo del misterio, señal de un territorio, marca para sacralizar lugares, como signo matemático, etc. Aquí se sitúa sobre un libro, objeto que le fascinaba.

 

LOS AÑOS 80.

Con la llegada de la democracia, el panorama artístico español entró en una etapa identificada como posmodernismo, lo que llevó a experiencias multidisciplinares. Se produce un movimiento contracultural encabezado por la movida.

Ahora destaca el individualismo por encima de la agrupación en movimientos, y la pluralidad de corrientes paralelas. Los protagonistas son autores jóvenes que quieren revitalizar el panorama artístico con propuestas audaces.

La diversidad estilística es clave: se distinguen la abstracción analítica, la nueva figuración, la abstracción mística y la nueva figuración expresionista. Esta pluralidad encuentra ejemplos en artistas como Miquel Barceló o Susana Solano.

                                          Miquel Barceló, Oignon, 1988, gouache sobre papel

 

                               Juan Muñoz, Raincoat drawing, 1992-1993, tiza y óleo sobre tela.

Nos presenta el interior de un espacio, una obra en armonía con el concepto arquitectónico. En este lugar cerrado, juega con las ilusiones ópticas y nos hace plantearnos en qué plano nos encontramos. La intriga queda más patente mediante el uso de un fondo negro.


                                              Eduardo Arroyo, Mesa Tío Pepe, 1973, bronce.

Uno de los temas que lo acompañan de forma constante es el folclore español, realizado a través de identidades muy reconocibles. Tras sus obras de denuncia contra la dictadura franquista, el lenguaje se vuelve más irónico y sutil, más íntimo.

 

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