jueves, 1 de octubre de 2026

El valle de Benasque. Etnología.




El objetivo de este breve artículo no es describir y comparar diferentes culturas dentro de la diversidad humana, sino mostrar cómo el tiempo ha ido variando los detalles de una misma cultura, la de este valle; es decir, se trata de ver cambios en la propia cultura, de reseñar elementos de la cultura antigua que todavía podemos ver.




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Uno de los elementos que ha variado es la indumentaria. En el Centro Cultural del Palacio de los condes de Ribagorza, en Benasque, hay una exposición relativa a este tema, “Indumentaria del valle de Benasque”, con un texto de Miguel Ángel Lahoz en el que dice que en el siglo XX sólo usaban la indumentaria tradicional personas mayores. Del recuerdo de esa tradición, el autor del texto resume el contexto en estos párrafos.


 


Los distintos pueblos que habitaron la zona dejaron su impronta en la indumentaria, desde el gambeto pastoril al tocado griego que hoy llamamos gorra llarga, o la toca ibera que utilizaban las mujeres, transformada en mantilla o capiello, siempre buscándole una utilidad según el trabajo a realizar. Se buscaba la comodidad, pero había factores diferenciadores como la situación económica, el sexo, el estado civil, la religión o la edad. 

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La dificultad de las comunicaciones con la tierra llana hizo que los contactos se realizasen más con los valles cercanos o con los vecinos de Francia. El comercio con Francia a través de los puestos aduaneros de Sallent, Canfranc, Torla, Plan y Benasque era muy importante. El comercio de la lana estaba reconocido en 1362, cuando las cortes de Monzón cargaron impuestos por la circulación de tejidos de Benasque. La lana se enviaba lavada a Francia y volvía tejida, aunque los telares seguían funcionando para consumo del valle. Desde el siglo XVIII se tiene constancia de la existencia de un lavadero y de oficios relacionados, tanto en Benasque como en los otros pueblos. También hay noticias sobre el lino, empleado para la ropa interior y de la casa.

Con datos extraídos de testamentos, capítulos matrimoniales y otros documentos desde el siglo XVIII se puede tener una idea de la indumentaria de los habitantes del valle.

En un documento de 1738 se dice que el traje de las mujeres se compone de dos piezas, el jubón o justillo y las sayas, nombrados por su denominación de época: casaca, armilla, justillo y jubón (parte de arriba), y basquiña y guardapiés (parte de abajo). Camisa y enaguas como prendas de interior. El delantal, incluso en días de fiesta. Sobre los hombros, pañuelos y el pelo recogido en cofias o pañuelos de cabeza y, encima, el capucho, que hace de abrigo y recato. Aderezos de pendientes, algún collar, relicarios, cintas de seda, etc. 

En los hombres, chupa, chaleco y calzón, en su denominación chupa, chipón, armilla, chaleco y coset, calzón. Camisa como ropa interior y faja recogiendo el chaleco y calzón. El pelo recogido en cofias o la gorra larga y diversos sombreros, y como prendas de abrigo la manta, capa o el gambeto.

Durante el siglo XVIII y parte del XIX, en los inventarios se mezclan tejidos del país como el paño, cordellate y fustán, con otros de importación como la seda en toda su gama o la indiana, y complementos de la moda del momento. El colorido es muy variado y vivo: el rojo se asocia a personas jóvenes y solteras y el negro para ocasiones de respeto y lutos.

En un inventario de 1836 vemos que han variado las piezas en su denominación y confección: al traje (mujeres) le llaman vestido, aunque sigue siendo de dos piezas, cuerpo y falda; los justillos han desaparecido, sustituidos por los corsés, bien lenceros o de confección casera; aparecen los mantones en su versión de invierno (lana) o verano (seda); el delantal empieza a desaparecer, sobre todo en las clases acomodadas. La Chambra como camisa exterior, el gabán y las faldetes de estampado mecánico.

En los hombres, la chupa está consolidada, sustituyendo casi totalmente al chipó; la armilla desaparece dando paso al chaleco de tirilla y solapas vueltas; la gorra llarga, antaño de punto o paño, es ahora de lana de botiga. Al final de la centuria aparecen los calzoncillos o marinetas como prenda interior; la gorra sólo la usaban las personas mayores, sustituidas por el pañuelo anudado a la sien; y el cuello del chaleco es de esmoquin y una sola botonadura.

Finalmente, se enumeran los elementos básicos de la indumentaria tradicional:

Hombre: Camisa, Calzoncillos o Marinetas, Calzón o Balons, Zaragüelles, Chaleco o Achustadó, Armilla y Jubón, Casaca, Chaqueta o Chupa, Medias o Calcilles, Pials y Pialetes, Faja o Feixa, Montera o Bonet, Sombreros, Red o Cofia, Pañuelo de cabeza, Gorra Llarga, Tapabocas, Manta, Capa, Anguarina, Gambeto, Capa dalmática, Calzado (abarca, zuecos, alpargatas, zapato).

Mujer: Camisa, Enaguas, Sayalejo y Refajo, Guardapiés o Saya, Basquiña, Armilla, Justillo, Jubón, Peto, Delantal, Pañuelo de cabeza, Cofia, Pañuelo, Manto, Paño de cabeza o Mantilla, Capucho, Alpargata, Zapatos, Mantones, Medias, Peinado, Joyas, Guarniciones de adorno en los trajes. 



La vivienda siempre ha sido otro elemento diferenciador en cada espacio geográfico. Uno de los tipos más habituales en las casas tradicionales del valle es la conocida como casa-patio, de la que Casa Cornel (Cerler) es una buena muestra. Estas casas tienen la entrada en la planta baja, protegida por un pórtico que se abre a un patio descubierto que sirve para organizar todo el conjunto y poder acceder directamente a la vivienda y a las demás dependencias como cuadras y pajares. La óptima conservación de esta casa ha preservado elementos que singularizan su patio interior como el aspecto original de los muros, el arco situado frente a la entrada o el acceso a dependencias auxiliares mediante una puerta con dintel de madera bajo protección de un arco de descarga.

 

El peculiar aspecto del granito, con su textura granulada y su color blanquecino con pequeños puntos negros, hace de la fachada exterior de esta casa uno de los mejores ejemplos de los edificios construidos con este material. La abundancia del granito en este sector de los Pirineos facilitó su elección, aunque se utilizaban otros como la pizarra (color negro, algunos muros de interior y tejado), la tosca, ligera y resistente (chimeneas, arcos y marcos de ventanas).

El escudo es de los llamados “parlantes”, ya que su contenido expresa el concepto que parece designar el apellido, en este caso un ave, la corneja.

Los cambios también han llegado incluso a las actividades más básicas como la agricultura. En la ruta circular “Las tres cascadas” se pasa por las terrazas de Paluenga. Esta zona es ejemplo de construcción de terrazas o abancalamiento por taludes en tiempos en los que no existía más maquinaria que la tracción animal, lo que da idea del ingente trabajo durante generaciones. Hoy se destinan a pastos para el ganado, pero hasta los años sesenta del pasado siglo eran cultivos de cereal, puesto que los habitantes del valle siempre fueron autosuficientes en su alimentación, reservando el comercio con el exterior para productos manufacturados.

Los cambios producidos en otros aspectos de la vida del valle han producido la desaparición de algunos de sus elementos, o la conservación de algunos como recuerdo didáctico de ese pasado. Es el caso de los abrevaderos, cuyo uso se ha perdido ante la casi inexistencia de ganado. En Cerler mantienen uno, techado, bien conservado. Otra construcción sobre los usos del agua, aunque moderna, son los lavaderos. El ejemplo también es de Cerler, el lavadero de Sarllé, situado a la entrada y bajo techado. Se alimenta de las aguas conducidas desde el barranco d´Alto al Pilano d´Agustinet y de allí a la Solana de Cornel desde donde también parten otras acequias que irrigan el lugar.

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Tanto el abrevadero como el lavadero fueron construidos entre los años 1933 y 1934 durante la II República, con un coste de 1.100 pesetas aportadas por el Ayuntamiento de la villa, según indica un cartel informativo.



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Una modernización, un cambio importante en la vida de las gentes se produjo en 1897 y fue la llegada de la luz a Benasque. A partir del último tercio del siglo XIX se dieron los primeros pasos para producir energía eléctrica utilizando los antiguos molinos harineros como mini centrales eléctricas. En Benasque, con este fin, el molino de San Pedro se convirtió en Fábrica de Luz en el año 1897. Se constituyó la Empresa Eléctrica de San Pedro, la cual solicitó en 1898 permiso al ayuntamiento para ampliar las instalaciones. Desde esa fecha la villa contó con alumbrado público.

En 1925, una riada arrasó la central que quedó inservible. La villa permaneció sin electricidad durante poco más de dos años. Se promovió la construcción de otra central en el molino de la calle Mayor y la nueva sociedad comenzó a funcionar en 1927 bajo la denominación de Eléctrica Benasquesa, trabajando hasta los años sesenta, habiéndose utilizado la maquinaria de la central de la Rodiella en Cerler.



En la actualidad, pueblos como Benasque han quedado convertidos en parques temáticos. Todo está muy restaurado, muy atractivo, pero el antiguo pueblo se ha perdido. La actividad actual no tiene nada que ver con la tradicional, hasta el punto de que hay que salir lejos para ver algo de ganado, por ejemplo. Sin embargo, en las edificaciones modernas, se quiere dejar algún rasgo antiguo, como, en este caso, del folklore.

 

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Un aspecto tradicional del mundo rural eran las ermitas, de las que había varias en cada pueblo, a veces una en cada salida, en cada camino. Una de éstas, un ejemplo de esta sencilla religiosidad es la ermita de San Pedro Mártir, a la salida de Cerler en la ruta de “Las tres cascadas”. Es un edificio muy sencillo, con la cabecera empotrada en la pared de tierra.





 

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