sábado, 16 de mayo de 2026

Motilla de Azuer

Daimiel es un municipio de la provincia de Ciudad Real, con una población de 17.722 habitantes (INE 2025) situado en el Campo de Calatrava, comarca de La Mancha, en zona llana a 635 m de altitud. Por su término discurren los ríos Guadiana y Azuer, y cerca se encuentran las famosas Tablas y otras lagunas. De este importante enclave se tienen noticias desde el tercer milenio a.n.e., en la Edad del Bronce, época a la que pertenece la Motilla de Azuer (2200-1500), objetivo de este viaje.

Este territorio, situado entre la Carpetania y la Oretania, cruzó las épocas romana (vías) y visigoda y tomó cuerpo en la Edad Media con la fortaleza de Calatrava la Vieja erigida por los musulmanes. Tras la batalla de Las Navas de Tolosa, 1212, pasó a las Órdenes de Calatrava, San Juan y Santiago, que repoblaron. En la Edad Moderna siguió perteneciendo, como cabeza de encomienda, a la Orden de Calatrava. Ya en el siglo XIX se registraron numerosos avances, como la llegada del ferrocarril en 1860, la fundación de centros de enseñanza en 1880 y la instalación del telégrafo ese mismo año. En 1887, la reina regente María Cristina concedió a la villa el título de ciudad. Durante el periodo de la Guerra Civil del siglo XX hubo importantes colectividades agrarias. El parque nacional de las Tablas de Daimiel fue creado en 1973.

En su patrimonio destacan las iglesias de Santa María la Mayor (s. XIV) y de San Pedro Apóstol (s. XVI), la ermita de San Roque (s. XVI, artesonado mudéjar), la Venta de Borondo (s. XVI, posada). El centro de la vida urbana lo constituye la plaza de España, renacentista.

El inicio de la visita es el Museo local, con una variada colección desde la Prehistoria. En la planta semisótano se ve el paisaje encharcado -las tablas- de la zona hace 5.800 años, las primeras culturas (poblados en altura -élites- y motillas -control del agua y almacenaje de productos agrícolas-), periodo romano y Edad Media. También pueden verse dos cuevas originales, usadas como despensas, ingenios hidráulicos (coracha, noria de sangre) y el pozo de la casa.

La planta baja se dedica al coleccionista Vicente Carranza y al pintor Juan d´Opazo.

La planta alta muestra “Del mundo moderno a nuestros días”, con elementos de una vivienda del s. XVI, herramientas, arquitectura popular (casilla y quintería) y molinos hidráulicos.

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La Edad del Bronce constituye uno de los períodos más intensos de la Prehistoria debido al conjunto de transformaciones de carácter económico y social que se generalizaron entre finales del III milenio e inicios del II a.n.e. Entre los avances destaca el desarrollo de la metalurgia del bronce que incidió en las actividades agrícolas, con la mejora del instrumental y las técnicas, el empleo de animales y la introducción del arado. Como consecuencia se generaron excedentes y almacenamiento.  También es el período de productos derivados de carácter artesanal, entre ellos el queso.

En la cultura material, hay un periodo de pervivencia del horizonte campaniforme, pero aparecen nuevas formas cerámicas y se alcanza un nivel de desarrollo que permite una utilización más diversificada del medio, configurándose una organización social más compleja con aumento demográfico y aparición de nuevos centros de población. La necesidad de acceder a fuentes de abastecimiento de materias primas, el control del territorio y el dominio de redes de intercambios significará un paulatino aumento de la conflictividad, evidenciado en la fortificación de enclaves o en la producción de armas. El ritual de enterramiento se basa en las inhumaciones individuales en las cercanías de las viviendas.

El bronce en la Mancha es una época con personalidad y entidad cultural propia, el conocido como "Bronce Manchego" (2200-1300 a.C.), con una variada tipología de asentamientos representados en morras, poblados en altura y motillas, que manifiestan el dinamismo en la ocupación de este territorio. En el Bronce Antiguo o Inicial aparecen motillas y poblados en altura. El proceso de ocupación se consolida en el Bronce Medio o Pleno, mientras que en el Bronce Tardío o Final hay cambios profundos con el abandono de alguno de los poblados anteriores, potenciándose los poblados de carácter estable como garantía de seguridad personal y el acceso a recursos básicos, entre otros aspectos. En La Mancha Occidental destacan los poblados en altura (sierras que bordean la penillanura manchega, morras o poblados fortificados) y las motillas (zonas llanas, aptas para la agricultura y la accesibilidad al nivel freático). Son las construcciones más particulares, existen poco más de treinta, ocho en el término municipal de Daimiel. Al ser construcciones monumentales denotan una organización social más compleja.



La Motilla del Azuer constituye el yacimiento más representativo de la Edad del Bronce en La Mancha (2200-1300 a.C.), dentro de una tipología de asentamiento único en la Prehistoria, las motillas. Éstas reciben su nombre porque forman una elevación artificial dentro de un espacio circundante eminentemente llano. Se encuentra emplazado en la vega del río homónimo, controlando y explotando un territorio que permitía el acceso a tierras óptimas desde el punto de vista agropecuario, abastecimiento de agua captada del nivel freático, o el control de rutas naturales, vitales para los intercambios.

 


El paisaje estaba constituido por árboles (encinas, quejigos, robles, alcornoques) y arbustos (enebros, lentiscos, madroños, jaras), alternándose con campos de cultivo o espacios abiertos. Entre la fauna abundarían los ciervos, jabalíes, liebres y conejos. Se ha documentado también la presencia de carnívoros (lince, gato montés, tejón, zorro) o aves (avutarda, perdiz, anátidas y rapaces). La cabaña ganadera se componía de ovicápridos, bóvidos, caballos, cerdos y perros.

 

El montículo de la fortificación tiene un diámetro de unos 40 m. Las actuaciones arqueológicas realizadas en el yacimiento han permitido delimitar dos espacios diferenciados. El primero corresponde con un recinto interior fortificado, integrado por una serie de murallas concéntricas en torno a una torre central cuadrangular de 10 m de altura, que protegía un conjunto de estructuras donde se gestionaba y controlaba las actividades económicas del yacimiento, entre las que destacan los grandes silos de almacenaje, con una capacidad en torno a los 6 m³, donde se conservaban productos como cereales (trigo, cebada) o leguminosas (lentejas, guisantes), así como hornos para la cocción de la cerámica, el tostado de cereales o la producción metalúrgica.


 



Especialmente significativo es el gran patio trapezoidal situado al este de la fortificación, y en cuyo interior se encuentra un pozo, la estructura hidráulica más antigua documentada en la Península Ibérica.





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La línea de fortificación más externa, circular y concéntrica a los sistemas defensivos, presenta en su última fase de construcción un paramento de grandes bloques de caliza. El acceso al interior del área fortificada desde el poblado se realizaba a través de pasillos paralelos a las murallas.




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Al exterior del núcleo fortificado se emplazaban las viviendas, en un diámetro de unos 50 metros, en el que se documentan diferentes cabañas, hogares y fosas de desperdicio. Estas casas presentan planta oval o rectangular, con zócalo de mampostería y alzado de barro, y, ocasionalmente, postes embutidos en los muros. Asociado a este espacio se localizan grandes áreas abiertas dedicadas a diferentes actividades de almacenamiento y a trabajos de producción, con presencia de fosas y restos de hogares y hornos. Se ha establecido una ocupación formada por un grupo de algo más de cien individuos.

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La distribución de los enterramientos, la necrópolis, coincide con el área del poblado, en un ritual frecuente en la mayoría de las culturas de la Edad del Bronce en la Península. Los difuntos se inhumaban en posición lateral flexionada, dentro de fosas simples, o bien revestidas por muretes de mampostería o lajas hincadas, que en ocasiones se adosaban a los muros de las viviendas o a los paramentos exteriores de la fortificación. Algunos niños se depositaron en el interior de vasijas. Los ajuares son escasos y poco representativos.


 



El aspecto monumental de su arquitectura nos infiere la gran inversión de esfuerzos que implicó la construcción y mantenimiento de todas estas estructuras, que excedía de las necesidades vitales básicas para estas comunidades, lo que, unido a otras particularidades, como la regularidad existente en sus patrones de asentamientos, nos lleva a plantear la existencia de un sistema político con una jerarquización social por definir. 

En el periodo entre el 2200 - 1350 a.C. los habitantes de las motillas se enfrentaron a un marcado periodo de cambios climáticos y tuvieron que adaptarse al uso de los recursos hídricos del subsuelo. El pozo interior de la Motilla del Azuer, con más de 4.000 años de antigüedad es considerado el pozo más antiguo de la Península. Conforme los niveles hídricos bajaban en aquella época, los habitantes de las motillas accedieron a los niveles más bajos del agua por medios de pequeñas rampas, superando los 14 metros de profundidad. El mantenimiento del pozo de la Motilla supuso para sus habitantes un continuo esfuerzo tanto en su defensa como en el mantenimiento de la estructura hidráulica.

  

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