lunes, 4 de mayo de 2026

ESPLENDORES DEL BARROCO

El museo Jacquemart-André de París se ubica en un flamante palacete de los Campos Elíseos de París que cuenta con una escalera monumental y un fresco recién restaurado de Giambattista Tiepolo. En esta primavera de 2026 presenta la exposición “Esplendores del Barroco” con obras cedidas por la Hispanic Society of America (Nueva York), fundada por el filántropo Archer M. Huntington en 1904. Los retratos de Velázquez comparten espacio con los de El Greco, Zurbarán, Murillo, Luca Giordano y Mateo Cerezo. El comisario de la exposición, Pierre Curie, comenta que “los artistas españoles quisieron hacer la síntesis de las influencias flamencas e italianas, y adquirieron una personalidad extraordinaria a través de la pintura y de la literatura. Estamos en el periodo de la mayor autonomía cultural y artística de España”.


La exposición pone el Siglo de Oro en su contexto, desde la llegada de europeos a América en 1492 a la creación de la Academia de Bellas Artes en Sevilla, pasando por la construcción de El Escorial, la llegada de El Greco a Toledo, la publicación de Don Quijote, la llegada de Velázquez a Madrid, la construcción del Retiro y la muerte de Carlos II, final de la dinastía Habsburgo. Desde principios del siglo XVI hasta finales del siglo XVII, el Siglo de Oro corresponde al apogeo económico, artístico y literario de la monarquía española de los Habsburgo (1516-1700). Las cortes de los sucesivos reinados actuaron como mecenas y patrocinadores de los más grandes artistas. Entre el final del Renacimiento y el pleno florecimiento del Barroco, la producción artística española se distinguió por su intensidad expresiva, por la exaltación de la forma y por su profunda espiritualidad.



Francisco Zurbarán, Santa Emerenciana, h. 1635, Nueva York, The Hispanic Society of America

Es una de las santas suntuosamente ataviadas de Zurbarán, con esa riqueza de telas que hablan del buen conocimiento que tenía de los paños con los que comerciaba su padre, no hay más que ver la seda rosa de la capa y los brochados complejos de su túnica. Lleva un libro, quizá, porque era catecúmena, y piedras porque unos paganos la habrí9an matado a pedradas al sorprenderla rezando. Por sus claroscuros y contornos nítidos podría fecharse en la década de los treinta del siglo XVII.



El arte español del Siglo de Oro se caracteriza por una notable riqueza estética y temática. Artistas de toda Europa, como El Greco (1541-1614), contribuyeron a la renovación de la pintura española, infundiéndole innovación y vitalidad. España se convirtió así en terreno fértil para el florecimiento del estilo barroco. Francisco de Zurbarán, Juan Carreño de Miranda, Bartolomé Esteban Murillo y Matteo Cerezo figuran entre los maestros de este periodo.

Francisco de Zurbarán, Santa Lucía, 1630, óleo sobre lienzo, 183 x 111,5 cm. 

Los tres géneros por excelencia en la época eran el retrato, la pintura religiosa (impulsada por el ímpetu de la Contrarreforma, con composiciones diseñadas para impactar tanto la vista como la mente) y la naturaleza muerta. La exposición destaca estos temas predominantes a través del retrato en muchos casos, siendo Velázquez el máximo exponente del género, revitalizando fórmulas antiguas hasta revolucionar el género. Sobre su enigmático cuadro “Retrato de niña” (c. 1638-1642), que muestra su capacidad para dotar a sus modelos de una presencia impactante, se cuenta una anécdota: un grupo de escolares está visitando el museo y los profesores les piden que piensen quién puede ser esa niña, de la que se ignora su identidad. Una niña contesta que puede ser la Gioconda cuando era pequeña. Su identidad es uno de los enigmas del barroco español, habiéndose apuntado que podría ser su nieta Inés Manuela.




Diego Velázquez. Retrato de niña, c a. 1638-44, Nueva York, The Hispanic Society of America.

Es una de las pinturas más atractivas y enigmáticas de Velázquez, porque no sabemos quién fue la modelo. Las hipótesis apuntan, por el aire de intimidad del cuadro, a una familiar. Se trata de uno de los dos únicos retratos de niños no pertenecientes a la realeza que el sevillano realizó y el único individual. Sólo el brillo del cabello ya es signo de maestría. 




También de Velázquez (1599-1660) es un óleo sobre lienzo de 1617 que podría ser su obra más temprana conocida, datada en sus años de aprendizaje junto a Francisco Pacheco. Otros ejes que recorren la muestra son el papel de la monarquía, con retratos de Felipe IV de Juan Carreño de Miranda, o la pintura religiosa y humanista de El Greco como Piedad. La plenitud del barroco español queda patente con las obras de Francisco de Zurbarán o Bartolomé Esteban Murillo.


Domenikos theotokopoulos, El Greco, Piedad, 1574-1576, óleo sobre lienzo, 66 z 48,5 cm.


 

Las tres últimas salas están dedicadas al barroco americano, con obras de destacados artistas de los siglos XVII y XVIII, y se inician con la constatación de que “Cristóbal Colón abrió a la Monarquía Hispánica unos horizontes sin precedentes”. Así se establece un diálogo entre estos artistas separados por un océano, pero unidos por una misma tradición cultural matizada por un lenguaje propio de las culturas locales. Esta elección demuestra que el Barroco hispano no se limitó a Madrid o Sevilla, sino que también floreció en los territorios americanos de la monarquía española, ofreciendo una visión más amplia y rica. Interesante es el cuadro mexicano San Juan Bautista, de Baltasar de Echave Ibía, considerado la primera muestra de la influencia de Caravaggio y sus claroscuros en América Latina.









 



Retrato de Juan de Pareja (1649-50). Velázquez. Este retrato de su esclavo morisco fue expuesto en el pórtico del Panteón el día de San José. En tonos verdosos, lo representó con porte elegante y seguro de sí.



Domenikos Theotokopoulos, El Greco, San Lucas, años 1590, óleo sobre lienzo, 70,5 x 54 cm.

Nicolás de Correa, Las bodas de Cana, 1696, 58,5 x 75,5 cm, óleo y técnica mixta. The Hispanic Society of America. New York



 

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