Luis Paret (II/III).
La cuarta sección se dedica a la escasa obra retratística de Paret, que destaca por su exquisitez técnica y su carácter personal e íntimo, en composiciones de pequeño formato. A la vez, marca la transición de la etapa madrileña del artista a la bilbaína. En los cuatro Autorretratos conocidos de Paret, de hacia 1770-75 a 1780, se refleja su personalidad fuerte y segura de sí mismo, pero se revelan también sus distintos estados de ánimo. Estas obras se unen a otros retratos como los de su esposa y sus hijas, enriquecidos por complejos adornos florales, y el de un caballero ilustrado y el de Antonio Sancha. Se unen también a obras de asuntos relativos a la maternidad como la pequeña pintura de Virgen con el Niño y La naranjera, y a los dos Floreros, elemento de gran relevancia en la obra de Paret.
Autorretrato vestido de azul, 1780, Colección Abelló
Autorretrato, hacia
1770.
Autorretrato en el
estudio, 1775-78
Se presenta ante el espectador sentado en un sillón de patas galbeadas, vestido con buen gusto y suntuosidad. Luce ropajes que se aproximan a los majos de Madrid, pero al modo elegante: casaca bordada, chaleco, encajes en cuello y puños, calzas, medias, faja, pañuelo, redecilla en el pelo y zapatos de raso con hebillas de plata; a su lado, el típico sombrero redondo con cordoncillo completa el efecto entre popular y refinado que el maestro busca. El marco es escogido por el propio taller del autor, en donde aparecen por doquier los diferentes elementos propios de la inspiración y la técnica artística, todos tratados con una admirable precisión en los detalles: bustos clásicos, paleta y pinceles, tintero y pluma, carpetas de grabados, libros encuadernados y mapas, presidido todo por un gran lienzo ovalado, cuyo tema es un naufragio, sobre un caballete semioculto en la parte superior por fastuosos cortinajes. Este autorretrato, presentado en un entorno que pretende fijar un ambiente cultural, puede evidenciar el deseo del pintor de ser visto como un digno profesional del arte con rango humanístico.
María de las Nieves
Micaela Fourdinier, esposa del pintor, 1783
Esta delicada pintura presenta una peculiar dedicatoria en caracteres griegos, indicio tanto de su formación académica como de su deseo de ser considerado más que un simple artesano. Viste a la moda francesa de los últimos años del reinado de Luis XVI y se representa a través de una ventana, rodeada de flores. La obra es refinada y suntuosa en todos los detalles, tanto de la ambientación como de los objetos y vestuario, éste quizá demasiado rico para las posibilidades económicas del pintor. En ésta como en otras pinturas de su etapa madura, Paret demuestra un considerable virtuosismo. La equilibrada composición, la variedad cromática, el dibujo minucioso y la precisión de los detalles permiten advertir sus dotes de observación y su facilidad para enfrentarse con cualquier género pictórico. Ponen de manifiesto, a la vez, su conocimiento del arte europeo coetáneo, a mitad de camino entre el Rococó ya en declive y el primer Neoclasicismo, todavía carente de la severidad propia de su momento de apogeo.
Ramillete de flores
con lazo blaquiazul, 1780-85
Evoca mucho más las creaciones francesas que la escuela española durante la última década de los tiempos de Carlos III (1759-1788). Se trata de unas obras bien planteadas, destacando como en sus reducidas dimensiones el pintor merced a sus dotes de observación pudo lograr unas pinturas de excelente calidad e indudable efectismo decorativo. La forma levemente ovalada interior presta a ambas piezas una rara singularidad, realzada por la mezcla floral: rosas, tulipanes, lirios, claveles y otros ejemplos de flores atados por cintas de brillantes tonalidades azuladas. Se da una exquisita combinación cromática, armonizando una gama fría con violáceos y rosados, lo que unido a los aquilatados toques de pincel produce el efecto sobre los pétalos de reflejos de gemas, delicadas irisaciones y finas transparencias.
Ramillete de flores
con lazo azul, 1780-85
La quinta sección se abre con el cuadro de La circunspección de Diógenes enviado por Paret en 1780 desde Bilbao a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que le reportó el nombramiento de académico de mérito. Un nuevo éxito después de ese nombramiento se demuestra en su pintura religiosa de gran formato ejecutada en Bilbao, como La invención de la Santa Cruz pintada para la familia Gortázar o El martirio de Santa Lucía destinada a la iglesia parroquial de Santa María en Larrabezúa, hoy en el Museo Diocesano de Arte Sacro de Bilbao.
La
circunspección de Diógenes, 1780, Madrid, Museo de la Real Academia
de Bellas Artes de San Fernando
La sección sexta se dedica a pinturas y dibujos de asuntos bucólicos o de un aire clásico y erótico pintados para clientes privados, como El triunfo del Amor sobre la Guerra y los dibujos de La Égloga, que se unen a cuadros de asuntos parecidos de la vida real, aunque de cierta connotación crítica, como Escena galante de la alta sociedad y Escena galante de la baja vida, El rezo del rosario o el dibujo de Celestina y los enamorados. El pequeño cuadro de la Joven dormida en una hamaca forma un nexo entre ambos mundos a través de referencias a la escultura clásica y lo contemporáneo, incluso lo exótico del mundo caribeño.
Joven dormida en una hamaca, 1775-78
Las dimensiones de la pieza y el preciosismo de la ejecución la aproximan a la formulación de una miniatura, pero la concepción general compositiva y espacial posee la monumentalidad de un gran lienzo. El dominio del cromatismo es sorprendente; la armonización de la enorme variedad de tonos muestra la enorme habilidad del artista que sabe combinar luces y sombras, formas y colores para lograr una verdadera joya pictórica, a pesar de su reducido tamaño. La escena muestra un interior, de bien calculada perspectiva, embellecido por un suntuoso cortinaje, bajo el que aparece una joven durmiendo en dulce abandono sobre una hamaca; descuidadamente enseña su seno derecho y el desorden de la habitación sugiere, tal vez, un fugaz encuentro amoroso instantes atrás. El entorno evoca los recuerdos del trópico (ambientación cálida, luminosidad, mobiliario) que Paret conoció durante su exilio en Puerto Rico, aunque es posible que el momento escogido para elaborar el cuadrito sea posterior, después de su regreso a la península.
El rezo del rosario, Hacia 1784-1795. Colecciones
Reales, Patrimonio Nacional, Palacio Real, Madrid
La Celestina y los
enamorados, 1784.
Esta acuarela es la más bella del siglo XVIII español debido a su gran formato, a su carácter de obra autónoma acabada y a su temática a caballo entre lo costumbrista, lo literario y lo bizarro. Y además es novedosa en un panorama artístico español que anticipa en 1784 buena parte de los asuntos que interesarán a Goya unos años después: la brujería, la superstición, la falsedad de las relaciones hombres-mujer y la vejez, entre otros.
La celestina aparece con unos anteojos sin patillas, más propios de tiempos pasados, en su mano izquierda y en la derecha un rosario antiguo, formado por tres decenas de cuentas y rematado en una medalla en lugar de por un crucifijo, con el que parece más bien que va a contar el tiempo que pasará la joven pareja en la habitación. Está sentada sobre una silla de brazos, a la que le falta el izquierdo y con el respaldo de piel deteriorado, de una tipología que habla de tiempos pasados. Lo mismo sucede con su indumentaria, pues lleva una toca rematada en pico que estuvo de moda a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII; también el jubón de amplias mangas lleva los brahones que ceñían la parte superior del brazo en esa misma época. Cubre las piernas con una basquiña y un delantal que en el XVIII se convertirá en una prenda decorativa.
La Égloga, 1784
Encuadrada entre molduras y guirnaldas, se yergue el busto de Pan, del que pende, con una argolla y una cinta, un caramillo. Un cayado se apoya en el pedestal y en primer término se amontonan un sombrero pastoril, un zurrón, una gaita, una guirnalda de flores y un libro en cuyo lomo se lee: Longo pastoral. Algo a la izquierda, otro gran libro abierto en el que se lee: THEOCRITO, VIRGILIO, SANAZARO, TASSO, MARIA en una página, y en la otra: GARCILASO, apoyado en un canastillo de rosas.
En la séptima sección se reúnen ocho de las nueve vistas de puertos del País Vasco pintados para el Príncipe de Asturias y clientes privados y por encargo de Carlos III. Este conjunto ofrece un llamativo panorama paisajista y de la variada sociedad de su tiempo y sus diversas actividades de trabajo y de ocio en los puertos y a orillas del mar. Se incluyen también dos excelentes dibujos de puertos del País Vasco en los que se pueden observar la manera maestral del artista de servirse de los diversos recursos y los brillantes efectos de la luz observados en la naturaleza.
Vista de Bermeo, 1783. Bilbao, Museo de
Bellas Artes de Bilbao.
Vista de Bermeo,
después de 1783. Piedras duras u ornamentales.
Cuadro de piedras duras, seguramente realizado en los últimos años de actividad del Real Laboratorio de Piedras Duras del Buen Retiro, bajo la dirección de Luis Poggetti. Basado en una pintura de Luis Paret de 1783 que formaba parte de una serie de puertos cantábricos. En este ejemplo se reproduce una vista del puerto de Bermeo, con unas pescadoras en primer término, sobre las rocas, y unas barcas repletas de pescadores faenando. Detrás de ellos el puerto recogido entre sus altos acantilados, que dan pie a la ciudad.



















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