jueves, 1 de septiembre de 2022

 Las Guerras Carlistas en el Maestrazgo. Morella-II.

El 16 de febrero regresaron los frailes expulsados de los dos conventos a Morella, ocupando sus respectivos cenobios.  También ese mes llegaron a Morella un grupo de oficiales hechos prisioneros por Cabrera en la acción de Herrera, siendo encerrados en la iglesia de San Miguel, convertida en prisión. Además del de Morella, los carlistas tenían depósitos de prisioneros en Forcall y Cantavieja. En el mes de mayo quedó instalado en Morella, al igual que en Mirambel, un tribunal de Alzada, formado por tres ministros y un escribano de Cámara. En ese mismo año de 1838 se presentó en la ciudad el Dr. D. Juan Sevilla, médico del Hospital General de Valencia y catedrático de Clínica en su universidad, que sufría persecución por sus ideas realistas. Fue nombrado médico consultor del Ejército Real y Visitador General de Hospitales. Los carlistas disponían de hospitales en Morella, Cantavieja, Forcall, Benifasá, Castellote, Monasterio del Olivar, Horta, Ayodar, Chelva y Castelfavi.

Fue un golpe moral para los liberales que perdían una plaza decisiva para el control del Maestrazgo. El gobierno adoptó a principios de mayo la decisión de reforzar las tropas del general Oráa, general en jefe del ejército liberal del Centro, y dispuso lo necesario para recobrar Morella. Para ello se dividió el ejército del Centro en tres columnas, que avanzarían convergiendo sobre la capital carlista. Azpiroz mandaba la columna que debía avanzar por la parte de Alcañiz. El general Borso llegaría desde la parte de La Plana, al sudeste. Oráa, teniendo a sus órdenes directas a las divisiones de Pardiñas y Nogueras, avanzaría desde Teruel. Si Oráa tomaba Morella, la causa carlista podría empezar a desmoronarse.

 


Cabrera conoció los planes enemigos a través de su tupida red de espías y confidentes, y antes de dejar Morella, pasó revista a la guarnición y lanzó una proclama a los soldados. Recorrió el país abasteciéndose de trigo, madera y metal. Controló caminos y almacenó en Morella y Cantavieja las vituallas y municiones que reunió. A lo largo de todo el mes de junio los lugartenientes de Cabrera mantuvieron encuentros y escaramuzas con las columnas cristinas en distintos puntos del territorio. El 24 de julio de 1838, día del cumpleaños de la reina regente, un poderoso ejército al mando del general Oráa se ponía en marcha para establecer el cerco a Morella.

 


Cabrera no esperó pasivamente los acontecimientos, sino que llevó a cabo los preparativos necesarios para resistir. La defensa de la plaza fue confiada al conde de Negri, que desesperado por el fracaso que había tenido la expedición comandada por él poco antes, juró sepultarse en las ruinas de Morella antes que salir con vida. El 29 de Julio quedaba establecido el cerco, en el que participaban más de 20.000 soldados, 2.000 caballos y 18 piezas de artillería. Cabrera mandó enarbolar en su castillo la bandera negra, en cuyo centro se veía una calavera de paño blanco. Los sitiadores y los sitiados comprendieron el significado de esta señal terrible. Durante los primeros días de agosto continuaron los dispositivos del sitio, y el hostigamiento al que las fuerzas carlistas del exterior sometían a las divisiones cristinas.

Al no permitir la topografía del terreno y la disposición de ambos combatientes un bloqueo en toda regla, los defensores de la plaza tuvieron siempre comunicación con los de fuera. El mismo día 10, Oráa intimó la rendición de la plaza, pero el oficial encargado de hacerlo fue recibido a tiros. Al amanecer del 14 de agosto rompió el fuego por primera vez la artillería de Oraá y el día 15 al anochecer se dispusieron las tropas cristinas, con el que fue gobernador, Bruno Portillo y Velasco, al frente, para el asalto de la brecha que resultó infructuoso. Los días siguientes hubo más bombardeo y más intentos de acceder a la brecha, también infructuosos, muriendo el coronel Portillo entre otros.

 


Oráa, sin víveres y sin esperanza de éxito, se retiró hacia Alcañiz, levantando el sitio el 18 de agosto, tras 19 días de asedio. Cabrera entró en la ciudad. El fracaso provocó una crisis ministerial y el ministro de la Guerra, general Latre, se trasladó a Teruel para investigar directamente los hechos. Oráa salvó su honor con una declaración honrosa del Consejo de Generales y se destituyó al mariscal de campo D. Antonio van Halen al frente del ejército del Centro. El 2 de septiembre de 1838 el mismo Don Carlos felicitó a Cabrera desde el Cuartel Real de Oñate. También felicitaron a Cabrera, nombrado teniente general y conde de Morella, los generales Maroto, Sanz y González Moreno. Galdós lo vio así: 

“Desastre de Morella. Oráa se ha visto obligado a levantar el asedio. El Gobierno quiere acabar la guerra, y nos tiene sin raciones, las tropas descalzas. Esos malditos moderados nos llevarán al abismo. No obstante disponer Oráa de veintitrés batallones, doce escuadrones y veinticinco piezas de artillería, y de contar con los expertos generales de división Borso, San Miguel y Pardiñas, no pudo contrarrestar el empuje de Cabrera, amparado de las fragosidades y quebraduras de aquellos montes inaccesibles. Según Van-Halen, la culpa del descalabro era del Gobierno, que en punible abandono tenía los servicios de administración, en atraso las pagas, descuidado el vestuario, así como el suministro de municiones.”. (Galdós, Vergara). 

“Escorihuela, aragonés, elogiaba a Juan Cabañero, a Carnicer y a Quílez. Se mostraba entusiasta de los carlistas aragoneses. La teatralidad de Cabrera le molestaba. Quílez había escrito una proclama contra Cabrera llamándole asesino y protestando de que un catalán mandara a jefes aragoneses. No existía buena amistad entre los carlistas catalanes y los aragoneses. Éstos pensaban que Cabrera guardaba todas las prebendas para aquéllos. A Ibáñez le fusiló en Morella sin formación de causa y a Añón, Marconell y Esponosa los apartó y los relegó al fondo de Aragón donde no tenían posibilidad de lucirse. Quílez, rival, había muerto en la acción del Villar de los Navarros. A los que no morían en las batallas, Cabrera se encargaba de denunciarlos, como hizo con Carnicer. …

Cabrera no quería explotar los pueblos en donde ejercía su dominio. Sus rapiñas las hacían en las tierras de los alrededores. Así tenía a las comarcas dominadas contentas.” (Galdós, Humano enigma).

“Era cruel, vanidoso, amigo de hacer efecto, maquiavélico, soberbio, muy preocupado por su fama. Egoísta, no quería a nadie. Creía solamente en la gloria militar. No le interesaba la causa carlista, sino la elevación propia. Sus decisiones parecían espontáneas, pero eran muy meditadas. Había tenido siempre preocupación por los posibles rivales. A unos, como el Serrador o Forcadell, los pudo dominar; a otros, como Carnicer, se desembarazó por la traición; de algunos, como Quílez, le había librado una bala enemiga. No se podía confiar en él. Varias veces, tras de convidar a una persona y tratarle como a un amigo, le mandaba fusilar.” (Baroja, Humano enigma). 


La personalidad de Cabrera era muy fuerte, pero, conforme pasaba el tiempo, las sorpresas comenzaban a ser difíciles. 

En 1834, Cabrera disfrazó a sus soldados con uniformes de prisioneros de la Reina, y entró en Villafranca del Cid, cerca de Benasal. Invitó a los vecinos a salir, después los cogió, los desarmó y los hizo prisioneros. Ahora los que realizaban tales cosas eran Zurbano y los demás jefes de Espartero”. (Baroja, Humano enigma).

Baroja cuenta que, en el otoño de 1838, Cabrera tenía en su ejército muchos franceses, ingleses y alemanes. También cuenta uno de sistemas de encriptar los mensajes que usaban: 

“Si pintan un tablero de damas en un papel y luego cortan unos cuantos cuadrados y en el espacio en blanco se escribe, se hace una clave o plantilla que es imposible de descifrar; únicamente el que tenga otro tablero con los mismos cuadrados abiertos puede descifrarla”. (Baroja, Humano enigma). 

Cabrera tenía 32 años. Del seminario había ascendido a lo más alto del escalafón militar en apenas cinco años. El fracaso de esta operación, que pretendía acabar con el prestigio de Cabrera, fue sonado. La gloria de quien comenzaba a ser conocido como “El tigre del Maestrazgo” alcanzó su punto culminante. La lucha proseguía y los carlistas vencieron el 1 de octubre a Pardiñas en Maella, pero el 2 de diciembre el liberal Pezuela derrotó a Forcadell en Cheste. 


En el verano de 1839, tras seis años de guerra, el carlismo del Levante se quedó solo. El Convenio de Vergara había acabado con la guerra en el Norte y la totalidad de los efectivos del ejército cristino se disponían a arrollar al ejército de Cabrera, que no había aceptado el Convenio y se disponía a resistir. 

Los liberales iban preparando la contraofensiva. Tal vez los últimos fracasos sobre Morella y Segura podían enturbiar algo las expectativas, pero la victoria liberal era cuestión de tiempo. Pirala estimaba que los efectivos carlistas ascendían a 10.000 hombres de infantería y 1.400 a caballo. Frente a ellos, excluyendo las fuerzas que ya operaban en la zona, Espartero aportaba al frente aragonés 40.000 hombres y 3.000 caballos, estableciendo su cuartel general en Mas de las Matas en octubre de 1839.

 


El 9 de enero de 1840 un Cabrera gravemente enfermo entraba en Morella, trasladado en una camilla. El 26 de enero, aniversario de la conquista de Morella por el teniente Alió –a la sazón ya teniente coronel-, se hizo una rogativa a la Virgen de Vallivana en la Arciprestal por la salud del general Cabrera y de todos los enfermos, pues Morella padecía en aquellos días una epidemia de tifus. Por fin el general Cabrera fue restableciéndose y el 30 de enero salió a misa. En la primavera de 1840 los carlistas se batían en retirada, viendo como sus plazas fuertes iban cayendo una detrás de otra ante el empuje de un ejército enemigo incomparablemente superior. El 4 de mayo Cabrera volvió a Morella, pasó revista a los batallones e inspeccionó después los almacenes y fuertes antes de marcharse de nuevo, dejando la plaza al mando de Peret del Riu. 

“Pedro Beltrán (Peret del Riu) nació en las inmediaciones de Ulldecona. En su juventud vivió como cazador furtivo; en 1822 se unió a Forcadell y a Tallada y fue ordenanza de Chambó, el jefe principal de los absolutistas de Ulldecona. En el transcurso de la guerra escoltó a Cabrera con 40 caballos hasta el cuartel general de don Carlos, atravesando Aragón y Navarra en viaje de ida y vuelta. Desde entonces Cabrera le tenía en estima. Hombre sañudo y violento, algunos le llamaban Pedro el Cruel”. 

“Todos los principales carlistas valencianos procedían del Maestrazgo y de las tierras próximas; muchos eran de Ulldecona. Éstos habían salido a campear al arrimo de Chambó, el cabecilla realista de 1822 que llegó a mariscal de campo y que no quiso tomar parte en la guerra carlista. Casi todos eran labradores e hijos de familias pobres. Forcadell a quien llamaban Pebreroig (pimiento colorado) por su cara roja, era de Ulldecona, hijo de míseros labradores; Miralles (el Serrador) nació en Villafranca, cerca de Morella, hijo del dueño de una venta que vivía pobremente, vendiendo ceniza para las fábricas de jabón. Peret había sido tejero; Barrera, llamado la Coba, nacido en Benasal, cortijero; el Rojo de Nogueruelas, de Cortes de Arenoso, esquilador; Tallada, de Ulldecona, jornalero del campo. El fraile de Esperanza, que no era fraile, y Pepe Lama, el uno de Liria y el otro de Segorbe, eran hijos de labradores. Aquellos hombres de oficios humildes, la mayoría poco creyentes, guerreaban por la religión y por el rey legítimo”. (Baroja, Humano enigma).



 

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