Las Guerras Carlistas en el Maestrazgo. Morella-I.
Morella es el título de un cuento de suspense y terror escrito en 1835 por Edgar Allan Poe a quien siempre atrajo escribir sobre estos temas. Un narrador protagonista cuenta en primera persona la historia de su matrimonio con Morella (morel es el nombre de una hierba venenosa llamada “sombra de la noche negra”, de la que puede obtenerse la droga belladona), una culta y extraña mujer que lee y profundiza en las prohibidas páginas del misticismo. Pero aquí, en este artículo, por Morella me refiero al municipio capital de la comarca de Los Puertos de Morella (Els Ports), en el norte de la provincia de Castellón, con un relieve abrupto y montañoso, con profundos barrancos y rocosas muelas, a una altitud de 984 m, aunque el castillo destaca mucho más alto.
Su antiguo poblamiento comienza en la Prehistoria e
Historia Antigua. Siempre fue lugar de paso entre el valle del Ebro y la
costa mediterránea, lo que favoreció el asentamiento humano desde la
antigüedad. Han quedado restos como los grabados y pinturas rupestres de
Morella la Vieja, del epipaleolítico. En el castillo se han encontrado
elementos tecnológicos del neolítico y en muelas de fácil defensa restos de la
edad del Bronce. El hábitat perdura en época íbera y en época romana el centro
administrativo era la ciudad de Lesera, en el término del Forcall. El cerro
sobre el que se asienta el castillo ya estaba fortificado y habitado por los
iberos y más tarde por los romanos, sin embargo, serán los almorávides primero
(nombre de derivación norteafricana, s. X, tiempos del califa Abd-al-Rahman
III) y los almohades después quienes le confieran naturaleza de castillo inexpugnable
y carácter de población estable al asentamiento.
En la Edad Media cobró importancia el castillo. El
Cid libró batallas en el área en el s. XI y Alfonso I el Batallador de Aragón,
a principios del s. XII, lo conquistó efímeramente. En 1231-2 pasó a manos
cristianas en duras negociaciones entre el noble Blasco de Alagón y el rey Jaime
I sobre su posesión. Está en el centro geográfico de los estados peninsulares
de la Corona de Aragón y, a partir de 1250, siempre fue del rey (repoblación
con cristianos), pero las comarcas vecinas eran de las poderosas órdenes
militares. Desde 1270 pertenece al Reino de Valencia, en cuyas Cortes ocupaba
un importante lugar protocolario en correspondencia a su contribución a las
arcas reales. Los fueros regulaban una compleja organización municipal. Tenía
una sociedad urbana con amplia representación gremial y comerciantes en muchos
puntos del Mediterráneo. El morellano Domingo Ram, obispo de Huesca, participó
en el cónclave que eligió a Fernando de Antequera en Caspe, en 1412, y, en
1414, se reunieron aquí el papa Luna (Benedicto XIII), el rey Fernando I y fray
Vicente Ferrer para acabar con el Cisma de Occidente.
La Edad Moderna no dejó una impronta tan profunda
como otras épocas. Durante la Germanía las autoridades morellanas permanecieron
fieles a Carlos I y en la guerra de Sucesión apoyó al bando francés, siendo
capital de un gran corregimiento.
Su gran momento llegó durante las Guerras Carlistas,
en las que Morella fue la gran capital del carlismo del Maestrazgo, junto a
Cantavieja. Morella representó al carlismo del Maestrazgo lo que Estella al
vasco-navarro o Berga al catalán: el centro neurálgico, la sede capitalina del
Estado incipiente. En los últimos meses de vida de Fernando VII hubo varias
conspiraciones carlistas que tenían como objetivo el asalto a las ciudades, aunque
sólo tuvo éxito la que se produjo en Morella el 13 de noviembre de 1833, donde
el infante don Carlos fue proclamado rey de España. El día 6 de noviembre la
partida de Carnicer había llegado cerca de Morella, enviando un mensaje a los
jefes carlistas locales, que le dijeron que la situación no estaba madura y era
conveniente retrasar el levantamiento de la ciudad.
La tensión aumentaba y los acontecimientos se precipitaron con la llegada a la ciudad del Barón de Herbés, que gozaba de gran prestigio y simpatizaba claramente con los carlistas. Se pidió al Gobernador Militar, D. Carlos Victoria, que les devolviera las armas y al día siguiente, cuando la guarnición salió para patrullar la comarca, comenzó la insurrección, arrastrando al Barón de Herbés y a D. Carlos Victoria, que hubieran deseado esperar un momento más propicio. La primera guerra carlista en el Maestrazgo había comenzado. Se formó una junta presidida por el Barón de Hervés (Rafael Ram de Viu y Pueyo), que abasteció la plaza de víveres y municiones, y durante unos días Morella fue el lugar de concentración de los sublevados, reuniéndose realistas de todo el Reino, como el anónimo joven seminarista tortosino Ramón Cabrera, que llegó el día 18.
La sublevación del día 13 fue conocida por el gobernador
de Tortosa, D. Manuel Bretón, que llegó frente a Morella el 16 por la noche y
estableció un bloqueo no muy efectivo durante más de veinte días. La situación
se replanteó con la llegada del brigadier Rafael Horé Díaz con artillería
suficiente, aunque los carlistas consiguieron impedir su avance hasta el 4 de
diciembre. Incluso se hicieron algunas salidas que terminaban con repliegues a
la ciudad. Hore sitió la ciudad y comenzó el bombardeo. Los responsables
carlistas decidieron evacuar la ciudad y, en la noche del 7 al 8 de diciembre,
1.300 hombres salieron por la puerta de San Miguel, sin ser detectados por los
liberales. En la plaza quedaron 300 hombres de guarnición -entre ellos el joven
cabo Cabrera-, mandados por Covarsí, Vallés y Marcoval, que, según órdenes del
Barón de Hervés, debían salir el día 9 de diciembre.
Los carlistas que habían abandonado la plaza descendieron
hacia el Bajo Aragón, siendo derrotados en Calanda, el 10 de diciembre, y
algunos de sus jefes, entre ellos Hervés, fusilados el 27 de diciembre. Pero la
llama de la rebelión se había encendido en el Maestrazgo y otros jefes, como
Manuel Carnicer, Enrique Montañés o Joaquín Quílez, que eran militares
licenciados, apartados de sus destinos por sus simpatías carlistas, continuaron
luchando.
En febrero de 1834, las partidas del Maestrazgo y Aragón
eligieron a Manuel Carnicer como jefe y al ser detenido en Miranda de Ebro y
fusilado el 6 de abril de 1835 le sustituyó Cabrera, que dio nuevos ánimos a
los carlistas, participando en la expedición de Gómez en 1836.
Desde el abandono de Morella en diciembre de 1833 los
carlistas pensaron en recuperarla. En la primavera de 1836, Ramón Cabrera,
convertido ya en jefe indiscutible de los carlistas del Maestrazgo, ideó un
plan. Se puso en contacto con un vecino que debía horadar la muralla para poder
entrar, pero el plan fue descubierto, el vecino fusilado y las casas adosadas a
la muralla derribadas. En otoño de ese año hubo una conspiración en la que
participaban oficiales y soldados, pero, descubierta por al gobernador D.
Fernando Alcocer, fueron arrestados y fusilados.
En 1837, Cabrera consiguió reconquistar el territorio
perdido y Morella era la referencia para asentar el dominio sobre el Bajo
Aragón y el Maestrazgo. Los años 1838 y 1839 fueron los de mayor poder del
carlismo en el Maestrazgo. Fue entonces cuando se alcanzó la máxima expansión
territorial. Los ejércitos rebeldes estaban de continuo a las puertas de
Alcañiz y Teruel, amenazaban con asaltar Castellón, llegaron a entrar en la
propia Zaragoza el 5 de marzo de 1838 y dieron un golpe decisivo apoderándose
de Morella (gobernador Bruno Portillo), el 26 de enero de 1838, aunque desde hacía
meses permanecía bloqueada, convirtiéndola en capital de su administración y
extendiendo su territorio por Aragón, norte de Valencia y sur de Cataluña.
La aparición del exseminarista de Tortosa Ramón Cabrera
cambió la fisonomía de las partidas carlistas. Su talento organizador
transformó una desordenada gavilla en el embrión de un verdadero ejército. Tras
la participación de las fuerzas levantinas en la Expedición Real que condujo al
Ejército Real y al propio Don Carlos a las puertas de Madrid, el prestigio de
Cabrera le convertía en jefe indiscutible del carlismo aragonés y valenciano.
Sus triunfos frente a las columnas liberales y su capacidad de organización
habían hecho que sus horizontes se ampliaran y empezara a pensar en metas que
parecían poco antes inalcanzables. La toma de Morella estaba en el centro de
sus planes como un objetivo largo tiempo acariciado. Coronada por su imponente
castillo roqueño, la capital de los Puertos era considerada la llave para
acceder al Maestrazgo y al Mediterráneo desde el Norte, nudo de enlace entre
Aragón y Valencia. El control que de
todos los territorios circundantes tenían los carlistas, les permitía ejercer
un cerco permanente sobre Morella. Cabrera tenía en el fondo poca confianza en
poder conquistarla y optó por estrechar el cerco y cortar el agua. El coronel
Portillo, gobernador militar de Morella, se dispuso a resistir al bloqueo.
El general liberal Marcelino Oráa, jefe del ejército
cristino del Centro, conocía la importancia estratégica de Morella, y las
dificultades a las que estaba sometida por el bloqueo, pero, al igual que su
gobernador, juzgaba su conquista por los carlistas como imposible. Los recursos
de los que disponían y su escasísima artillería no les daban opción real alguna
de conquistar una ciudad fortificada como Morella. Los jefes carlistas del
bloqueo sopesaban diversos planes para tratar de tomar la aparentemente
inexpugnable ciudad, pero ninguno de ellos parecía factible. En 1836, una
conjura interior terminó con 22 vecinos fusilados por el gobernador Alcocer.
El 19 de enero de 1838 se presentó a los carlistas un
desertor de la plaza, Ramón Orgue, alias Ramonet, con un plan. El día señalado
fue el 25 de enero. En medio de la noche, con unas escaleras, el teniente
carlista Pau Alió Anguera y unos veinte hombres, treparon hasta el castillo por
donde se encontraban las “letrinas al vol” -desencajando el asiento de madera
del retrete-, ocupándolo por sorpresa y apoderándose de armas y municiones. El
gobernador Portillo trató de reconquistar el castillo, siendo repelido y
teniendo que abandonar la plaza camino de Forcall. En ese momento Cabrera
asediaba Benicarló y el día 31 hizo su entrada triunfal en Morella y la noticia
llegó al general Oráa en Vinaroz. Cabrera tomó disposiciones para la seguridad
de la plaza, convertida en capital de la Comandancia militar carlista de
Valencia y Aragón y Maestrazgo, dejando por gobernador a Ramón O´Callagham, que
lo era de Cantavieja, y trasladando la imprenta en la que se editaba el
Boletín, y marchó hacia Gandesa, que pronto cayó en su poder. Atraídos por su
capacidad organizadora, su sumaron a su lado militares prestigiosos de otras
procedencias. Su nombre quedó unido al de Morella. Galdós contó así la
conquista:
“Toma de Morella, plaza en el riñón del Maestrazgo, centro de una imponente
masa de baluartes construidos por la Naturaleza. El ejército y territorio de
Cabrera se mantienen libres de la discordia y corrupción que reinan en el
Norte. Lo que creó Zumalacárregui en Navarra y Guipúzcoa se desmorona por la
imbecilidad del partido eclesiástico; en cambio, lo creado por Cabrera en
Oriente adquiere cada día más vigor. Salió de la plaza un aprovechado artillero
cristino, más traidor que Judas, y propuso a Cabrera construir una escalerita,
cuyas medidas bien tomadas dio, con la cual podían subir al castillo veinte
hombres, favorecidos de la obscura y tempestuosa noche. Ello fue un asalto de
teatro; vieras allí trepar a los baluartes, franqueando ásperas rocas talladas
a pico, a la vil comparsa con el traidor a la cabeza. Sorprenden al centinela y
le dejan seco. Apodéranse del depósito de granadas de mano, y la emprenden
contra la guarnición, que acude a una defensa tardía. El Gobernador trata de
forzar la puerta del castillo, ya en poder del audaz asaltante, y resbala y
cae, y se disloca ambos tobillos. La guarnición desmaya, recoge del suelo a su
jefe, y adiós Morella. Se largan de la plaza, viendo la imposibilidad de
defenderla, una vez perdida la cúspide del fortísimo mogote”.
(Galdós, Vergara).




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