San Martín de la Val de Onsera
Comenzamos la marcha, rodeados del frío de primera hora
de la mañana, dejando a la izquierda los conglomerados de la Cresta de la
Cobeta. En la parte baja hay arbolado de frondosas y arbustos en la alta. El
sendero serpenteante, pedregoso, está bien marcado entre arbustos de un verde
muy oscuro. En un punto, dos especie de pinos, pequeños, juntos, balizan el
camino que baja hasta el barranco de San Martín, ahora seco pero con
piedrecillas arrastradas por el torrente, entre grandes piedras pulidas por el
agua.
El día está amenazador. El cielo está muy nuboso, muy
gris y parece que se avecina lluvia mientras pasamos entre grandes paredones,
verticales, con rastros de caída de agua, hasta llegar a la Puerta del Cierzo,
un paso estrecho donde la vegetación trepa por la parte baja de la roca.
Después el espacio ensancha algo y se pasa bajo una bóveda de árboles antes de
salir a otra zona de rocas. Ahora el valle se abre, con unas laderas muy
inclinadas pero no verticales, de piedras sueltas y arbustos.
En la pared hay una placa que recuerda a un joven que
murió en este punto y poco después se llega a una bifurcación entre el paso de
La Viñeta y “La senda de los burros”. El segundo es una senda más sencilla, así
que tomamos la primera, excavada en la roca, con caída a un lado pero con
barandilla de protección. Además hay un cable anclado en la pared. Es
suficiente seguridad por lo que se puede disfrutar tranquilamente de las
magníficas vistas. Grandes paredones rodean el lugar, verticales, tratando de
impedir la salida. La senda sigue en ascenso, en
medio del boj que trepa por
las grietas, hasta llegar a lo alto del Collado de San Salvador, a 1.167 m.
Abajo se ve el barranco de San Martín. El descenso no
plantea problemas salvo un tramo de roca lisa, resbaladiza, que está
completamente helado, brillando en algún momento bajo los lívidos rayos del sol
invernal; aquí hay que ayudarse de las sirgas. En el fondo, a 1.000 m,
mimetizada en el entorno, protegiéndose bajo la pared, está la ermita. En el lateral
tiene dos aberturas, una con
campana. En el frontal, entre grandes contrafuertes, un arco de medio punto
dovelado en piedra toba, que da paso a un patio interior con una puerta de arco
apuntado y unos hierros en una esquina que sirven de escalera para el
campanario. Detrás, cayendo desde mucha altura, hay una pequeña cascada cuya
agua –ahora escasa- sigue barranco abajo, en un descenso pronunciado entre
vegetación abundante y paredes verticales.
No se sabe exactamente el origen de la ermita. En Aragón,
la evolución del eremitismo al monacato se produjo ya en el s. VI, época
visigótica. San Urbez (ver otro artículo), monje-pastor protector de
las
lluvias, vivió aquí y fue ordenado sacerdote en este valle de los osos. A
principios del s. XII era monasterio masculino, pero a mitad de ese siglo se
transformó en femenino hasta casi el final del s. XVI en que fue abandonado y
cuidado por un ermitaño. Como San Urbez era protector de la fecundidad, aquí
vinieron el rey Pedro IV y, ya en el s. XVI, el Conde de Ribagorza, para tener
descendencia. Los pueblos de los alrededores celebran una romería el último
domingo de mayo.
La vuelta es por la misma senda. Subimos hasta el Collado
y descendemos por el otro lado tomando de nuevo el paso de La Viñeta. En un
punto se ha desprendido la senda y hay unos troncos cruzados sobre los que se
pasa. El descenso se hace más rápido, pero no impide apreciar la vegetación que
incluye helechos y flores azules. Casi al salir del valle se ve el pico
Matapaños, de 1.530 m de altitud, y, ya desde afuera, la Peña San Miguel, 1.123
m, la Peña Amán, 1.124 m, y la Peña del Mediodía, 1.404 m. Desde el
aparcamiento contemplamos mejor el Salto de Roldán (ver otro artículo), detrás
el Pico del Águila, 1.629 m, y a la izquierda la sierra de Gratal (ver otro
artículo).







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