domingo, 14 de diciembre de 2014

Molina de Aragón.

 Aunque hemos estado otras veces, en esta ocasión vamos a hacer una visita más tranquila a esta 
población que antes se llamó Molina de los Caballeros, porque a Aragón perteneció pocos años.
Callejeamos por las calles viendo la diferencia de urbanismo entre la zona nueva y los antiguos barrios de la morería y la judería (calles estrechas y empedradas, escalinatas de piedra, rodeado de muralla y cerrado, como control, por la puerta del Baño). Rodeamos la zona de las murallas viendo los pesados torreones, las ventanas adornadas, casas de maderos y barro, etc., seguimos hasta la ermita de la Soledad, del siglo XVI, y llegamos al río Gallo, el río del Señorío de Molina. Nos detenemos en el puente  viejo, el emblema de la ciudad. Es románico, del siglo XII, construido en piedra sillar de arenisca roja, con tres arcos escarzanos, con tajamares en un lado y con pequeñas torrecillas al otro.

Volvemos al interior para ver el arte religioso: así el antiguo monasterio de San Francisco (fundado en el siglo XII por Doña blanca, con torre barroca coronada por el Giraldo, que es el Museo), la
iglesia de Santa Clara (románica, segunda mitad del siglo XII, una nave con crucero marcado y cabecera, bonita portada en arco de medio punto con circo arquivoltas, flanqueada por columnillas que sostienen un tejaroz), la iglesia de Santa María La Mayor de San Gil, la principal parroquia (torre del siglo XV, la Torre de Pisa española, con otro acceso en arco de medio punto flanqueado por columnas y coronado por hornacina y frontón triangular, donde está el Cristo de las Victorias, el patrón), y San Pedro (renacentista, espadaña mudéjar). También vemos la antigua iglesia de San Miguel, del siglo XVI.

Recordando nuestro viaje con la bici (ver artículos sobre Ruta Ciclista el Alto Tajo), vamos a
enseñarles a las señoras el barranco de la Hoz, bello paraje donde se siente la potencia de la naturaleza en todo su esplendor. El río Gallo, infatigable, ha labrado la hoz, protegida por altos farallones donde el color rojizo de la piedra arenisca contrasta con el verde intenso del rodenal, creando formas caprichosas. En el centro de la hoz se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de la Hoz, donde se instalaron en el siglo XIII algunos monjes de San Agustín -tras haber comprado  el lugar el obispo seguntino don Joscelmo al conde molinés don Pedro Manrique de Lara- que
edificaron el templo bajo la misma roca. En el siglo XIV era propiedad del monasterio cisterciense de Ovila.

Sobre el lugar hay una leyenda, común a otros lugares, de una virgen que no quiere moverse del lugar donde está. A principios del siglo XII, un vaquero de Ventosa que había perdido una res se internó en la hoz. Al caer la noche vio luz entre las rocas y descubrió una pequeña imagen de la Virgen. En el pueblo acordaron llevarla a la iglesia mayor de Molina, de donde desapareció y volvió al barranco, varias veces, hasta que levantaron el santuario. Ésta es una de las muchas reconversiones culturales que la Iglesia realizó para sacralizar ritos paganos antiquísimos, porque la tierra siempre estuvo asociada al enigma de la fertilidad y la fecundidad, lo que hizo que los barrancos, fallas, etc., se considerasen enclaves adecuados para la Diosa madre.

Entramos en la zona construida por una portada adovelada en arco de medio punto que da paso a un zaguán con pinturas y pequeño patio con esgrafiados, que llevan a la puerta gótica de la entrada de la iglesia, sencilla, de una nave, con crucería gótica y arcos apuntados, pero también arcos carpaneles y
escarzanos, posteriores. El primer domingo de Pentecostés se celebra la romería del Butrón y la Loa, una especie de auto sacramental de intención moralizante que representa el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, lleno de elementos esotéricos.

Subimos a los miradores por una escalera de peldaños irregulares en una ascensión no demasiado pesada ni complicada -en los pasos más difíciles hay barandillas y sirgas para agarrarse- que vale la pena. Desde arriba se divisa un panorama excepcional, de rocas desgastadas en formas columnarias, cortados hacia el río, zonas boscosas, etc. 

Volvemos a Molina y dedicamos la tarde a la visita del castillo, construido por los árabes en los
siglos X y XII sobre un antiguo castro celtíbero. De aquí era Abengalbón, el amigo del Cid. En el
Carmela, Marciano, Mª Ágeles y Benjamín
siglo XII lo conquistó Alfonso I el Batallador, pero quedó para Castilla y la familia de los Lara. Es de grandes dimensiones, con función residencial además de defensiva. Cruzamos una puerta de la muralla que separaba el recinto del resto del mundo y entramos al amplio campo de armas, que todavía conserva la planta de una iglesia románica, antes de llegar al castillo que tuvo ocho torres de las que quedan cuatro unidas por adarve, con saeteras, troneras y ventanas. Imágenes del tiempo lejano se desvanecen en el aire evocando pasadas hazañas, grandezas y glorias pretéritas, en el inasible correr de los días que todo erosiona. Recorremos todas las construcciones, pero Molina está haciendo honor a su fama y hace mucho frío. El escuálido sol invernal, aterido, mustio, apático, amortiguado, es un disco blanco sin brillo ni calor. Desde lo alto, donde sopla más el viento, vemos la Torre de Aragón, aislada, en medio de la belleza monacal del paisaje, de la desolación invernal del monte, antes de volver.

 Paseamos por el pueblo viendo algunas casonas y palacios antes de dar por finalizada esta visita que es un viaje a un tiempo anterior, como en tantos lugares. 

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