4ª ETAPA: BÉJAR-SALAMANCA (80 km)
La mañana nace azul. A la salida vemos los restos de antiguas fábricas textiles, arqueología industrial. Se fueron cerrando entre los años setenta y noventa lo que ocasionó la decadencia del pueblo.Todavía queda, como resto del antiguo esplendor, la Escuela de Ingeniería Técnica Industrial, dependiente de la Universidad de Salamanca, pero cuenta con poco alumnado. La añoranza de tiempos mejores se mezcla con la vista de las murallas que rodeaban el pueblo que dejamos.
Queremos volver de nuevo a la Ruta y preguntamos por el camino hacia Calzada de Béjar, pero acortamos por Navalmoral de Béjar y Peromingo para llegar a ella en Valverde de Valdelacasa. Por las carreteras comarcales por las que circulamos se va muy bien, puesto que tienen muy poco tráfico, son muy tranquilas, su trazado es muy suave, el piso es aceptable y están arboladas en ambos lados y nos quitan el sol en muchos tramos.
Con esa tranquilidad de marcha, podemos concentrarnos en la belleza del paisaje aprovechando el frescor de la mañana. Por la misma carretera comarcal seguimos a Valdelacasa y Fuenterroble de Salvatierra. Son pueblos pequeños anclados en el tiempo.
Por el camino encontramos los primeros ciclistas del viaje, tres de Burgos que están haciendo la Ruta en sentido descendente, aunque no la siguen exactamente sino que van siempre por la carretera que les queda más cerca. Han dormido la noche anterior en Fuenterroble, en un refugio, porque llevaban una carta de recomendación para el cura del pueblo.
Aquí abandonamos la carretera comarcal que traíamos y nos adentramos en una senda, una cuerda natural, una amplia dehesa con un gran paso entre las alambradas que delimitan las fincas. El paisaje es absolutamente maravilloso, idílico y bucólico. Al fondo se ve el Sistema Central como telón de fondo de este paradisiaco escenario. En este magnificencia que rodea nuestros pasos se siente una sensación de soledad. En este paisaje del pretérito, eterno, en este mundo dormido, de mudos seres vegetales, el ruido de las bicicletas resuena con fuerza en medio del vasto silencio. Paramos un poco para admirar este privilegiado entorno arrullados por el ténue murmullo del viento en los árboles y vemos una pequeña cabaña hecha con ramas de encina y roble. Buen lugar para quedarse uno solo con su soledad.
Desde aquí el paisaje se seca, desaparecen las ecológicas dehesas que hemos visto antes. El paisaje se estira. Los horizontes son tan ilimitados como la esperanza. Pasamos porMonterrubio y Morille, donde retomamos la Ruta, la senda polvorienta en medio de trigales. Otra vez el polvo de la pista se echa sobre nosotros.Hace mucho que no vemos las flechas amarillas, así que preguntamos a un tractorista y nos dice que vamos bien. Como nos acercamos a Salamanca decidimos subir una pequeña cuesta para llegar a una loma desde la que esperamos ver una amplia vista de la ciudad. Una vez arriba comprobamos que la vista no es como habíamos pensado porque queda lejos todavía.
El camino nos deja en una carretera de acceso a Salamanca. Tras atravesar el Tormes por el puente romano y cruzar parte de la ciudad, llegamos al hostal, dejamos las biciesen un cuarto trastero, nos aseamos y salimos a comer. Estamos en los dominios de Eugenio y nos tratan bien. En un restaurante de un conocido suyo tomamos un menú vegetal: gazpacho, alubias a la vinagreta y crepe de puerro. Muy bien. Después, vuelta al hostal y siesta.
A Eugenio, que está en su patria chica, aunque no tan chica, le bulle la sangre y acortamos la siesta. Salimos a recorrer estas maravilla de ciudad que está cada vez mejor. Entramos en un frenesí turístico agotador. Hay ambiente estudiantil por los extranjeros que asisten a los cursos de verano. Paseamos la zona monumental y terminamos en un bar al lado de la Casa de las Conchas, donde nos encontramos con unos amigos con los que pasamos el resto de la tarde. Para cenar, un surtido de ibéricos. Sensacional. Un poco más de charla y a dormir.
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