lunes, 13 de octubre de 2014

Nuevo Baztán


El conjunto de Nuevo Baztán constituyó en su fundación una de las primeras poblaciones industriales de nueva planta en la España del s. XVIII y, a pesar de su corta duración, es reconocido como germen de las Fábricas Reales de los Borbones. Fue levantado en 1709 por iniciativa de Juan de Goyeneche y Gastón, cortesano muy importante, a partir de un diseño del arquitecto José de Churriguera y gozó de gran éxito, tanto económico como social, hasta la muerte de su fundador en 1735.

Este núcleo urbano, origen del actual municipio de Nuevo Baztán, se ordenaba en torno a un frente marcado por el palacio y la iglesia de San Francisco Javier –los poderes-, estaba rodeado por un caserío a cordel que englobaba tanto las actividades propiamente industriales como las agropecuarias y conformaba un diseño urbanístico novedoso que incluía dos grandes plazas, una delante y otra detrás. En el palacio de este conjunto barroco es donde se celebra la segunda visita del programa “Abierto por obras” de la Comunidad de Madrid, aunque del palacio se ve muy poco.
Bajo la implacable luz brillante del verano, en la puerta está esperando la guía, Sonia, restauradora, de grata e interesantísima conversación. Se acerca la hora y, de nuevo, el grupo es muy reducido por lo que no tiene que elevar el tono de su bien modulada voz, lo que da una sensación de mayor cercanía.
Hace calor bajo un sol con nubes y nos congregamos en la sombra. Sonia comienza con la usual explicación histórica –muy esclarecedora- sobre la época y el personaje fundador. Para comprender mejor el trazado de la población nos lleva al cercano Centro de Interpretación donde vemos unas maquetas. Volvemos y admiramos, desde la plaza delantera, el frente palacio-iglesia que comparte la torre central. Los blasones aún se mantienen en la pared pero son desvanecidos símbolos de otros tiempos, no se puede reconstruir el tiempo que late en sus piedras que, ordenadas en formas civiles, respetan la mesura como símbolo de belleza. En estos espacios alquímicos – en los que te puedes transformar porque su función era la de impresionar, la de epatar-, que son la belleza, se ha utilizado el arte como medio de exaltación del poder. Entramos, pasamos por el zaguán, dejamos a la derecha una sala dedicada a exposiciones y la escalera y cruzamos el sencillo patio para salir a la plaza posterior. Esta es toda la visita al palacio, cuyo interior está absolutamente vacío.

En el patio trasero nos volvemos a reunir en la sombra evitando el aturdimiento del sol. Sonia nos explica –sin gestos grandilocuentes ni frases sentenciosas- el conjunto, los detalles, las actuaciones, ilustrando su verbo con fotos y planos. Hace especial incidencia en las puertas, de caliza blanca –resplandecientes bajo la luz dura y hostil de la mañana-, restauradas recientemente lo que ha permitido la “aparición” de elementos que estaban ocultos. El grupo está callado salvo por alguna pregunta y Sonia, tras responderla, manejando con destreza la conversación, pastorea al grupo hacia otro tema. Para terminar, explica la labor de consolidación del conjunto y los proyectos futuros como la iluminación. Aquí acaba la visita.
Este programa, “Abierto por obras”, ha resultado interesante porque la breve duración –no dan para más- de las visitas y la habilidad de las guías que -sin raptos infantiles de entusiasmo pero vacunadas contra el desaliento, se dejan caer en el pasado sin hurgar demasiado en él- suplen perfectamente la escasez de contenido.
Estos edificios sienten con toda su urgencia la presión de la Historia. Queda detrás de ellos un bloque de pasado estático, pero los años pasados se han empequeñecido hasta un latido agónico, hasta desaparecer. Ebrios de un pasado imposible no encuentran un acomodo actual: hubo un plan para utilizarlo con algo relacionado con la música, pero no cuajó. Por eso, su Historia mira al pasado pero con una intensa necesidad de significado contemporáneo para que el pasado no exista más que el porvenir.

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