lunes, 13 de octubre de 2014

Buitrago del Lozoya


La Comunidad de Madrid desarrolla el programa “Abierto por obras” en el verano de 2014. La primera visita se realiza a Buitrago del Lozoya, enclave estratégico sobre un promontorio rocoso rodeado por el río Lozoya, auténtica defensa natural, donde el pasado nos espera. El sol se alza vigorosamente en un cielo completamente despejado prometiendo otro interminable día de calor.

Paseamos la barbacana y bajamos al Puente Viejo para comprobar cómo el río, que necesitó tanto tiempo para tallar su profundo cauce, ve su eterna corriente detenida en el embalse de Puentes Viejas. Es un estanque de sol, silencioso porque ya no se oye el ruido del agua mordiendo infatigable la piedra. Por el portal del Piloncillo entramos al recinto amurallado y bajamos al castillo. La guía, espera.
Al ser un grupo pequeño, Estrella no tiene que esforzarse. Habla en voz baja y refrescante, como corre el agua de una fuente, y despierta la voz de los siglos muertos. Tras una explicación histórica, “para situarnos”, continúa en un tono más descriptivo mientras vemos la parte exterior y el antemuro, y, ya en el castillo, las distintas actuaciones y el cambio de plan por el descubrimiento del pozo de nieve del s. XVII. El interior quedó derruido y en los años 50 del s. XX se construyó una plaza de toros en la que hay empotrados –la pesada terquedad de las piedras- elementos de la anterior construcción. Las consolidaciones de la muralla manifiestan un componente didáctico, pero los detalles se ven mejor una vez explicados, a pesar de que Ortega decía –en otro sentido- que “donde las cosas están, huelga contarlas”. Dejamos el castillo, despojado hace mucho de su función, recubierto por una pátina de tiempo, con las viejas piedras morenas y doradas por el sol de siglos, y salimos para ver la coracha, el pozo de nieve y la torre exterior cuyas piedras se tuestan desnudas bajo el sol. Aquí acaba la visita.
En la plaza del castillo vemos una portada, único resto de un convento, antes de que un paseo por el adarve permita comprobar cómo el río se retuerce en metáfora de los meandros del camino, de la vida, mientras el agua lame la muralla acantilada. Unas piraguas surcan el agua, verde de algas. El bosque y las rocas del otro lado del río determinan la combinación entre entorno y humanización, la profunda relación entre la arquitectura y el medio.
Buitrago
Deslizándonos por las estrechas calles a través de una decoración de sol y sombra subimos a la Torre del Reloj. En estas toscas murallas, que se elevan a los cielos como lo han hecho durante los últimos siglos, estamos muy altos sobre el mundo y sus preocupaciones mientras divisamos, flotando sobre el silencio, la geometría de las calles y escuchamos una explicación sobre artillería de épocas romana y medieval. El cielo azul arde encima de los tejados. El invierno aquí se retira con lentitud pero hoy el sol, envuelto en llamas, late en las piedras. No hay sombra, nos diluimos bajo la violencia del sol implacable del mediodía porque no basta cerrar los ojos para suprimirlo.
Al bajar entramos en la iglesia, fresca, oscura, con sensación de recogimiento, y salimos a la plaza a reconciliarnos con una fría cerveza, la bebida de Odín, que confiere toda la inspiración poética y la oculta sabiduría. Es el preámbulo para la comida, un buen chuletón de la zona.
El pasado parece un cuadro fijo. El tiempo ha pasado por encima del pueblo que es como la crónica de una vida que ha perdido el hilo. Hubo momentos en los que el tiempo no sólo se detuvo sino que dejó de existir. Era como estar enterrado vivo en el pasado y retroceder al fondo de la Historia; pero no se piensa con indolencia en los tiempos idos, sino que desaparecidos los usos tradicionales se potencian otros como el comercio y el turismo por medio de  actividades como las visitas, el belén viviente, el mercado medieval, la feria de la cerveza, etc.
En la hora calma de la siesta, cuando el silencio envuelve la población, nos batimos en serena retirada.

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