Sorolla/Vicent
El Palau Martorell de Barcelona acoge una exposición de obras de Sorolla comisariada -comisariado literario, poco habitual- y seleccionada por Manuel Vicent, que convierte la pintura de Sorolla en literatura. Se ofrece una nueva mirada al pintor de la luz con textos del escritor valenciano, que ya conocía el universo de Joaquín Sorolla mucho antes de ver sus cuadros y esa experiencia la traslada ahora a la exposición. “Esa experiencia sensorial del mar que me ha mirado tantas veces, esa luz, esa arena brillante, ese perfume de calafate, de brea, los barcos, las peleas, los gritos que se pierden en la playa, el calor... Todo eso yo lo había vivido antes y cuando vi sus cuadros, me dije: ‘Éste ha pintado lo que yo había sentido’”Manuel Vicent explica que a principios del siglo XX España estaba dividida entre dos maneras de mirar, la luz mediterránea de Sorolla y la visión oscura de Zuloaga. "A los valencianos se nos acusaba de vivir para la estética, como si fuera algo frívolo", explica. Sin embargo, para Vicent, esa dedicación absoluta a la belleza es una forma profunda de entender la vida. En su opinión, la pintura de Sorolla es capaz de transformar incluso el reflejo de una gota de agua sobre la piel de un niño en una experiencia casi filosófica. Sorolla fue también un pintor social, comprometido con la gente humilde del litoral, y en sus cuadros conviven los pescadores con la burguesía valenciana, los niños que juegan desnudos y la figura constante de su esposa Clotilde.
Según el escritor, la línea azul que se funde con el horizonte, en la España gris de la posguerra, significaba la libertad. Este guía vivencial y estético ofrece un recorrido poético y visual, un relato filosófico y autobiográfico sobre el Mediterráneo y sus gentes, y aprovecha para rechazar la sentencia de Unamuno "valencianos, os pierde la estética". "Lo más profundo que hay en el ser humano es la superficie", y pocos han pintado como Sorolla la exposición del cuerpo a la luz cambiante, el sol achicharrante, el agua, el salitre.
A través de las obras expuestas resalta la existencia de una actitud estética y moral frente al mar, actitud compartida por Sorolla y Vicent. El escritor, “el Sorolla de nuestras letras”, practica una prosa luminosa y sensual, llena de matices, representando el mundo a través de la experiencia de los sentidos, siendo difícil comprender el alcance de su literatura sin el Mediterráneo y el Levante, sin sus gentes o sus paisajes, como en el itinerario visual acerca de la representación del mar y sus escenas en la obra de Sorolla que nos ofrece.
La segunda sección, “Un drama naturalista bajo la luz del Mediterráneo”, se centra en los trabajadores y las trabajadoras del mar en el Cabanyal. El Sorolla luminoso, con el Mediterráneo como escenario de felicidad, da paso a la dura vida de pescadores y pescadoras, hombres y mujeres, niños y niñas en plena faena en la playa del Cabanyal. “Del mismo modo que debajo de la felicidad anida la tragedia, en el fondo de una luz blanca deslumbrante hay una luz negra que te ciega y te obliga a entornar los párpados. Esta dialéctica estética entre contrarios me ha acompañado siempre y llegado el caso me ha servido para penetrar en el significado profundo que contiene esa lucha contra el mar que establece la pintura luminosa de Sorolla.” Para resaltar el esfuerzo y no el placer se encuentran obras tan icónicas como Las velas, La llegada de las barcas, Valencia, Repasando la vela, Cordeleros, Pescadora con su hijo.
“Veraneantes burgueses en el Cabanyal” es la tercera sección, que refleja una cara temporal del Cabanyal. “A inicios del siglo XX los poblados marítimos estaban unidos a las colonias veraniegas que los burgueses de Valencia habían establecido en la playa y en ellas los felices tenderos de la ciudad y los pescadores de pasiones elementales convivían durante unos meses al año. Unos habitaban casas de estilo colonial y otros sobrevivían en miserables barracones; unos llevaban pamelas o sombreros de Panamá y vestían telas blancas de dril, otros iban descalzos y escondían una navaja en la faja”. La playa es un micromundo en el que se mezclan las clases sociales, trabajadores y burgueses, menestrales y pescadores. Sorolla retrata ese mundo burgués mediante una paleta casi bicolor: de blancos, para los vestidos, y azules, para la mar, con imágenes de familiares como su mujer Clotilde y sus hijos María, Elena y Joaquín.
La cuarta y última sección es “En el mar de Xábia”. La narración de Vicent aquí gira en torno al placer, la belleza y el mar como una forma de espiritualidad. Nos recuerda cómo los placeres sencillos se convierten en valores universales. “Cuando empecé a sentir y a navegar este mar de Denia y de Xàbia nunca dejé de imaginar que estas aguas pertenecían a Sorolla embriagado por esta luz de moscatel, como a mí me sucedió”. Esta localidad fue visitada por Sorolla por primera vez en octubre de 1896, cuando escribió a su mujer diciéndole: “: “Jávea sublime, inmensa, lo mejor que conozco para pintar. Supera a todo.” Ya no aparecen imágenes pobladas de vida y de gente, solo el silencio, la luz y la belleza de la naturaleza. Isla de Portichol, Jávea, Cabo de San Antonio, Noria, son algunas de las obras que se han incluido en este bloque temático.
«He traducido las imágenes de Sorolla a la literatura. Cuando lo descubrí fue de joven, en el momento de llegar a Valencia. Cuando vi los cuadros tuve la sensación de que ya me los sabía de memoria porque fui ese niño que jugaba con ese barco de papel de periódico, como el de uno de sus cuadros. Tuve la impresión de estar ante algo familiar por los olores, lo sonidos, los aromas, el perfume de brea, la luz cegadora que tiene un foco negro... Todo eso lo vi. Por eso, ser comisario literario no me ha resultado difícil porque he tenido la ventaja de vivir esos cuadros»,



























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