El misántropo (Menandro).
En este julio que arde, la 65 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida arranca como cada año trayendo, al mejor marco posible, una lista interesante de autores (Shakespeare, Menandro, Plauto, María Zambrano, etc) y personajes (Julio César, Safo, Minerva, Ariadna, Sheherazade, Antígona, etc) que hacen atractivo aparecer por esta calurosa ciudad. En este caso la obra elegida es El misántropo, de Menandro.Este autor (Atenas 342 a.C., ibíd. 292 a.C.) fue un comediógrafo griego, máximo exponente de la Comedia Nueva. Llevó una vida acomodada, fue amigo de Epicuro y Zenón de Citio y discípulo del filósofo Teofrastro, sucesor de Aristóteles, y escribió más de cien piezas, aunque sólo está completa Dyskolos (El díscolo o El Misántropo, presentada en el festival de Leneas, 317-316 a.C., con la que obtuvo el primer premio). Su reconocimiento como gran autor fue posterior a su muerte.
Sus comedias se dividen en cinco actos, desapareciendo el
coro en escena. Respeta las unidades de lugar y tiempo (formación
aristotélica). Los personajes están bien caracterizados y pasaron a ser
arquetipos (el parásito, el avaro, el misántropo). Los argumentos no proceden
del mito puesto que abandona los temas heroicos, sino de la vida real, de los
temas cotidianos, con moralización y final feliz. Sus diálogos tienen mucha
vivacidad. Ofrece una concepción optimista de la naturaleza humana y cree en la
solidaridad y en la virtud (ideales del Humanismo). Sus temas se centran en
casos individuales (la muchacha seducida, los celos en la pareja),
representativos del teatro cómico clásico, sin reflejar las conmociones de la
época.
El tema sería recogido en el siglo XVII por Molière en su
obra del mismo título, El misántropo”, donde critica las convenciones sociales
de la época manteniendo la obsesión por irse a vivir en soledad al campo,
aunque el final queda abierto. Las obras de Molière contienen una moral que no
pretendía tanto erradicar las malas costumbres, como atemperarlas mediante el
humor. Se sintió enfermo de muerte en plena representación de “El enfermo
imaginario” y escribió su propio epitafio: “Aquí yace Molière, el rey de los
actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.
Volvemos a Menando, que plantea una didascalia muy completa, indicando claramente las entradas y salidas de los personajes, así como el escenario, que se compone de una gruta algo elevada en la parte central -el santuario rústico de Pan y las Ninfas-, la casa de Cnemón a un lado, la de Gorgias al otro, con un altar dedicado a Apolo, como protector de los caminos.
La versión que se presenta en Mérida es una adaptación de Carol López y Xus de la Cruz, con una escenografía de Alessio Meloni (AAPEE). El reparto está compuesto por Beatriz Carvajal, Jesús Castejón, María Ordóñez, Alejandro Pau, Ángel Ruiz y Carlos Troya. La animación comienza con el dios Pan presentando a los personajes. El lenguaje introduce un latín forzado (neoruralis y espiritualis, se cree un illuminati porque come arroz basmati), en los límites de la chabacanería en algún caso, buscando una risa fácil. El argumento ha sido modernizado y los que molestan a Cnemón -que defiende lo ecológico y la vida austera- son los urbanitas de un hotel ecológico, cuya propietaria es Mirrina, personaje que sustituye al original Calípides y que termina congeniando con Cnemón.
La hija Cnemón, “La Muchacha”, encarna la situación de la mujer y exige tener un nombre (“lo que no se nombra, no existe”, "Ni Afrodita ni Hestias, tú a mí no me silencias", "Mérida, tú qué eres Augusta ¿qué nombre te gusta?"). Todo está mezclado con músicas adaptadas de Frank Sinatra, del grupo Abba, y de guiños a obras como “Lo que el viento se llevó” (“A Ceres pongo por testigo de que nunca más volveré a decir una sola palabra si no se me pone un nombre”). El breve decorado (un erial abandonado del que brotan amapolas, las mujeres sin nombre) no tapa el grandioso teatro. El vestuario es una mezcla de túnicas, gafas de sol y auriculares. En conjunto una adaptación con tintes divertidos, pero con toques de atención. Risas para reivindicar lo rural y ecológico, el feminismo, la fraternidad y las segundas oportunidades.
El teatro romano de Mérida es, por sí mismo, un objetivo deseable, y uniéndolo a las obras representadas, que trascienden el argumento concreto, hacen inevitable la reflexión profunda. “La vida no es más que un interminable ensayo, de una obra que jamás se va a estrenar” y “El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma”, dejó dicho Arthur Miller. En este enfrentamiento hay aspectos que se nos escapan, que no entendemos, pero ya advirtió Bertolt Brecht que “Si la gente quiere ver sólo las cosas que pueden entender, no tendrían que ir al teatro: tendrían que ir al baño.” Y refiriéndonos concretamente a la obra vista, El misántropo, hay que reconocer sin ambages que todos somos algo misántropos. El que mejor lo definió fue Jean-Paul Sartre, estandarte del existencialismo, que, en su obra teatral “A puerta cerrada”, 1944, insertó esta frase terrible: “El infierno son los demás”.

































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