Las Guerras Carlistas en el Maestrazgo. Cantavieja-I.
Con este artículo comienza una serie dedicada a las Guerras Carlistas en el Maestrazgo, comenzando por Cantavieja, que fue capital y donde hay un interesante Museo.
Se sitúa a 1.290 m de altitud en el sistema Ibérico, junto al río Cantavieja, cerca del límite con la provincia de Castellón, rodeada de un abrupto paisaje, y es la capital tradicional del Alto Maestrazgo. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España de 1845, la describe “situada en un llano, sobre un peñón fuerte que forma un triángulo casi perfecto”.
En su término se han encontrado cuevas con grabados rupestres y diverso material datado en el neolítico, hace cerca de 6.000 años, y otros de época anterior. Según la leyenda, Cantavieja fue fundada por Amílcar Barca (Cartago Vetus). Alfonso II de Aragón la ocupó en 1169 y la donó a la Orden del Santo Redentor. Después fue encomienda y cabeza de la Baylía, siendo cedida en 1212 a los templarios, hasta 1308 en que quedó anulada dicha Orden. En 1317 pasó a la Orden de San Juan de Jerusalén, cuya encomienda incluía también a Mirambel y otros lugares. La ganadería y el comercio de la lana llevaron la prosperidad en el siglo XVIII. Siguió dependiendo de la Orden del Hospital hasta el siglo XIX, cuando con las desamortizaciones se crearon los ayuntamientos. Cantavieja se constituyó en 1834. Especial importancia adquirió durante las Guerras Carlistas.
Primera Guerra Carlista. En 1836 los carlistas continuaron su proceso de organización e institucionalización. Sistematizaron las exigencias de provisiones y dinero y reclutaron quintos en los pueblos. Cabrera pensó en la necesidad de dotarse de una base de operaciones y eligió un pueblo idóneo por su emplazamiento y defensas naturales, Cantavieja, además rodeada de antiguas murallas y con un castillo sobre una roca escarpada. Entonces tendría unos 2.000 habitantes.
En mayo, al tiempo que realizaban intentos para fundir sus propios cañones, Cabrera creó un órgano asesor, la Junta Auxiliar Gubernativa, cuya presidencia se reservó, que se encargaría de las cuestiones de intendencia, pero él lo supervisaba todo: fortificó el pueblo, restauró las viejas murallas e hizo acopio de materiales y víveres, instaló un hospital, oficinas de administración, talleres de sastres y armeros, fábrica de pólvora, una pequeña fundición para armas y municiones, una Academia y un depósito para los nuevos voluntarios, y una imprenta que publicaría el Boletín del Real Ejército de Aragón, Valencia y Murcia (hasta el 15 de julio de 1837). Nombró gobernador militar y político de la plaza a D. Jaime Camps. Era un serio conato de administración territorial y abastecimiento regular de las fuerzas desde esta capital de la Comandancia General del Maestrazgo, que pasó a ser el cuartel general de Cabrera.
La situación de los carlistas parecía más sólida que
nunca en septiembre de 1836 cuando se aproximó a territorio aragonés la
Expedición del General Gómez, sumándose a ella los principales jefes carlistas:
Cabrera, Quílez y Miralles. José Arévalo quedó al mando en Cantavieja, que no
tardó en verse atacada por todos los frentes. El pueblo de Beceite fue
incendiado en septiembre por Borso di Caminati y en octubre el general San
Miguel se apoderó de la propia Cantavieja, aprovechando la ausencia de Cabrera.
“En septiembre habíase unido Cabrera en Utiel a la expedición de Gómez.
Juntos recorrieron Cuenca, Albacete, la Mancha, Andalucía y Extremadura. Si las
tropas cristinas que les perseguían no pudieron deshacerles, tampoco ellos
lograron su intento de sublevar las comarcas que invadían. Obra combinada de
Cabrera y Gómez, caracteres antitéticos, de cuya unión no podía resultar nada
eficaz. Riñeron al fin, a la vuelta de Cáceres, campando cada uno por sus
respetos. Cabrera se escabulló fugaz y resbaladizo por el caminito que creyó
más seguro para volver a sus riscos y barranqueras del Maestrazgo, donde en su
ausencia las cosas de la guerra no iban muy prósperas, y amenazaba desbaratarse
lo que él con paciencia, rigor y firme mano organizado había”. (Galdós, La campaña del Maestrazgo).
“Lo primero que intentó al pisar su terreno fue pasar al Cuartel general de
D. Carlos en el Norte, para dar cuenta a este de la desavenencia con Gómez y
proponerle un nuevo plan de campaña en el Centro. Llegóse al Ebro, eligiendo el
vado de Rincón de Soto como el único que en aquella estación cruda era
practicable; pero le salió mal la cuenta, porque fue sorprendido por la columna
de Iribarren, que le deshizo, matándole muchos hombres y dispersándole los que
quedaron con vida. La suya estuvo en gran peligro. Acribillado a balazos, quedó
al amparo de la obscuridad junto a una pared, donde le recogió uno de los
suyos, el cabecilla que llamaban La Diosa, y le llevó atravesado en una
caballería, como un saco, pues montar no podía. Perseguido por las tropas de
Iribarren, debió su salvación a un cura que le escondió en el sótano de su
casa; allí pasó largos días y noches entre la vida y la muerte, hasta que,
mejorado de sus heridas, loe trasladaron a un abrupto monte, espesura más
propia de lobos que de seres humanos, donde permaneció en escondite, recobrando
poco a poco la sangre perdida y con ella el brío y la ferocidad. De este
apartamiento provino la noticia de su muerte, que corrió por toda España. …” (Galdós,
La campaña del Maestrazgo).
“Aquellos días habían
trabado pelea, en los campos de Torreblanca, Cabrera y Borso, llevando este la
mejor parte. No cerradas aún las graves heridas que en Torre de Arévalo le
pusieron a la muerte, Cabrera recibió un balazo en el muslo. A su serenidad y
arrojo debió la salvación. Retirada su gente a Cuevas de Vinromá, el caudillo
se ocultó en la casa del cura de la Jana. Borso no supo aprovecharse de la
victoria, y con su inacción dio tiempo a que Cabrera se curase, como él lo
hacía siempre, de prisa.” (Galdós, La campaña del Maestrazgo).
La recuperación de Cantavieja se debió a la colaboración de unos vecinos de la villa que hicieron un agujero en la pared de la casa de un eclesiástico, que formaba parte de la muralla. Cabrera estaba sitiando San Mateo y mandó a Cabañero. Penetraron por la abertura y sorprendieron y desarmaron a la guarnición. Se apropiaron de cañones, fusiles y cartuchos, víveres, e hicieron prisioneros. El 9 de mayo al llegar Cabrera a Cantavieja, mandó fusilar en el arrabal al gobernador de la plaza, teniente D. Manuel Fajardo, dándose cuartel al resto de los oficiales.
La crueldad de la guerra se había manifestado desde los inicios. Cabrera liberó a prisioneros en algunas ocasiones, pero en otras los fusiló. Cerca de Valencia fusiló a los prisioneros en tandas en medio de un festín. También fusiló a los alcaldes de dos pueblos de la comarca de Alcañiz por creer que ayudaban a los liberales. Entonces, el general Nogueras, con la autorización del capitán general de Cataluña, el general Espoz y Mina, ordenó fusilar a Ana María Griñó, la madre de Cabrera, a la que tenían presa, el 16 de febrero de 1836. En represalia, Cabrera encarnizó más la contienda y fusiló a cuatro mujeres que tenía presas.
“Cuando al amanecer del 16
de febrero del año pasado se nos dijo que a las diez íbamos a fusilar a María
Griñó, no lo creíamos. Entre nosotros se decía que el alcalde de Tortosa, Don
Miguel de Córdova, protestaba de tal iniquidad, y que quiso inducir al Gobernador,
general D. Gaspar Blanco, a no dar cumplimiento a la bárbara orden. Ello era
cosa de Nogueras, que ofició al General Mina, y de los allegados de este. …
Dijo Cabrera al enterarse de la muerte de su madre. … Mirando a las cumbres que
cercan a Valderrobles, dijo que la sangre subiría hasta las cimas más altas …”.
(Galdós, La campaña del Maestrazgo).
“Respecto a las tan cacareadas crueldades del jefe carlista, dijo que
habían sido estrictamente de carácter disciplinario militar hasta que los
cristinos derramaron con bárbara torpeza la sangre de María Griñó. El asesinato
de una mujer, sin más delito que ser madre de Cabrera, creó nueva ordenanza
militar, dando una infernal lógica las horrendas carnicerías consumadas por uno
y otro ejército. Fuera de esto, para abrirse camino el travieso bigardón de
Tortosa, y pasar en breve tiempo de seminarista pendenciero a caudillo y
gobernador de hombres en los campos de batalla, no podía menos de emplear, como
resorte de dominio, el terror, la fiereza y la brutalidad. No se había formado
dentro de un organismo, sino que tenía que sacar el organismo del caos social,
y esto no se hace sino desplegando desde los primeros momentos un genio
implacable, aterrador, extraordinaria viveza para aplicar justicias rápidas, de
moral severa y primitiva; haciendo sentir el peso de su mano antes de que
pudiera discutirse el derecho con que la levantaba. En las guerras civiles, los
hombres culminantes nacen así, o no nacen nunca…” (Galdós, La campaña
del Maestrazgo).
Tras la reconquista
de Cantavieja, Cabrera volvió a fijar allí el centro de sus operaciones y su
residencia. Mejoró considerablemente el antiguo hospital, aumentó la fábrica de
fundición y se instalaron imprenta, talleres de vestuario, fábricas de
pólvora y otros establecimientos y oficinas. Don Ramón O´Callaghan fue nombrado
gobernador militar y político. Empezaron a funcionar las Comisiones nombradas
antes de la toma de la plaza. D. Luis Soler fue encargado de organizar cinco
compañías de artillería, la fábrica de pólvora, una regular maestranza,
dirigida por D. Gregorio Puelles, y la fundición de cañones. Volvió a publicarse
el Boletín del Ejército Real de Aragón, Valencia y Murcia, que
salía a la luz los miércoles y los sábados. Era su director y redactor,
dirigiendo la imprenta establecida en Cantavieja, el Padre D. Mariano Roquer,
de la Orden de Predicadores, antiguo Rector del Colegio de Santo Domingo y San
Jorge de Tortosa, en el que Cabrera había cursado estudios. 
Barranco del Carrascal
(…)







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