viernes, 27 de diciembre de 2013

Tablas de Daimiel


De camino a las Tablas de Daimiel, pasamos un sábado en Almagro. Nos recibe la majestuosa plaza soportalada donde visitamos de nuevo el Corral de Comedias. El paseo por el pueblo nos lleva a los principales monumentos y las recoletas calles, antes de seguir los consejos de nuestro amigo Marciano –que es de aquí- para la gastronomía. Por la tarde visitamos el Museo Nacional del Teatro y, ya de noche y a pesar del frío y el viento gélido, disfrutamos de la magnífica visión nocturna de la población.

JoseLuisSalasEl domingo vamos a las Tablas, último representante de un ecosistema denominado tablas fluviales, característico de la Mancha hasta finales de los años 60, que se formaban a causa del desbordamiento de los ríos en sus tramos medios favorecidos por la escasez de pendiente en el terreno. Se producen en la confluencia de dos ríos: el Cigüela, estacional y de aguas salobres, y el Guadiana, de agua dulce. Estas aguas superficiales se sustentaban en las subterráneas que afloraban en lugares conocidos como Ojos. La situación empeoró en los años 60 con el saneamiento de los terrenos pantanosos de la margen del Guadiana y su canalización y el equilibrio natural se rompió definitivamente con la transformación agrícola a mediados años 70, al sustituirse los cultivos de secano por los de regadío, lo que provocó la disminución del acuífero 23 y la anulación de manantiales y fuentes como los Ojos del Guadiana.

Actualmente el Plan de Humedales trata de paliar el problema. Tras recorrer rápidamente el Centro de Interpretación nos vamos a andar. El día ha salido bastante bueno, sin el frío de ayer y con sol. Hemos estudiado las tres rutas y nos decidimos primeramente por la de la Isla del Pan, de unos 2000 m de longitud, que discurre por pasarelas que unen las distintas islas. La hierba cubre el suelo y los arbustos destacan con sus flores amarillas. Las pasarelas zigzaguean en el agua y permiten adentrarse en este mundo encharcado. Los carrizos llenan grandes superficies del agua y son refugio perfecto para las aves. También aparecen las eneas - que van recuperando su sitio- y el junco. El agua poco profunda permite ver claramente el fondo tapizado por las ovas, fuente alimenticia de primer orden para la avifauna.

Ya en la Isla del Pan, vemos una casa con el techo de carrizo, resto de la presencia humana, de las gentes del río, pescadores, cangrejeros y recolectores de fibras vegetales. En el mirador cercano los prismáticos nos acercan las distintas partes de este humedal en peligro de extinción. Volvemos por rincones llenos de encanto en el Bosque de los Tarayes, la formación arbórea más importante del Parque. El paisaje es ahora diferente, con el color del otoño desaparecido de los árboles.
El sol riela en el agua, que, movida por el viento, forma una serie de ondas que dan sensación de movimiento a todo lo que le rodea. Los distintos tipos de anátidas aparecen detrás de cualquier espacio de vegetación acuática. Unas especies invernan, otras nidifican y otras son sedentarias, es decir, se ven todo el año. Terminamos esta ruta con un pequeño desvío a la Laguna de Aclimatación.

Hemos andado poco, así que iniciamos el itinerario de la Laguna Permanente, de 800 m, que llega a unos observatorios de aves. El paso al más lejano está cortado por obras, así que nos quedamos en el primero y volvemos sobre nuestros pasos viendo uno de los curiosos montones de piedras que contienen las que iban sacando de los campos cultivados en tiempos pretéritos. Queremos andar más. Tomamos el itinerario de Prado Ancho, que bordea el espacio protegido a través de una senda de 1500 m, pasando por un embarcadero y con desvíos a cuatro observatorios faunísticos y termina en una torre elevada. Aquí vemos más anátidas, grullas, cigüeñas, etc. Así termina nuestra visita a este extraordinario paraje cuyas primeras referencias aparecen en el Libro de la Caza escrito por el infante D. Juan Manuel en 1325 y cuya descripción histórica aparece en las Relaciones Topográficas de Felipe II en 1575.

Nos han recomendado que veamos el molino de Molemocho, uno de tantos que hubo y que está rehabilitado como Centro de Interpretación. Cerca hay una serie de árboles acribillados de nidos de cigüeña, una visión que nos recuerda a Alcalá. La visita vale la pena. No se encuentra nada, o casi, que esté en desarmonía con la naturaleza. Tras la comida en Daimiel, breve parada en Arenas de San Juan, el pueblo de Carmela, para ver su iglesia mudéjar. Y vuelta a casa.

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