sábado, 19 de enero de 2019

Ocejón.

El poderoso influjo que ejerce la montaña hace que volvamos, una vez más, al Ocejón. Una excursión
repetida muchas veces en la que salimos de nuestro estrecho círculo cotidiano. Para ello encontramos tiempo; el tiempo es vida. Las previsiones meteorológicas son malas, se anuncia mucho frío, con cifras bastante negativas, pero el día es azul, hace menos frío del pensado aunque, a cambio, hace bastante viento. Como no ha nevado, la carretera no presenta ningún inconveniente, ni siquiera en esas curvas cerradas y umbrías.

Es un viernes y el aparcamiento en Valverde de los Arroyos está vacío. El Ocejón se recorta imponente, sin su corona de nieve, en un cielo sin nubes. Nuestra ansiosa mirada se deposita en lo alto, cuyo brillo ha iluminado otras ascensiones. El pueblo negro, agrupado en torno a la iglesia, está inanimado; las casas, de buen aspecto exterior, suponen la nostalgia de la vida de otros tiempos. Venimos tarde y emprendemos con ánimo la subida por la senda limpia, con escasos puntos donde corre el agua y donde hay hielo. Nos hemos abrigado mucho y pronto empieza a sobrar la ropa.

Al poco se ve a lo lejos la línea quebrada de la cascada, la Chorrera de Despeñalagua, escasa, con poca agua. Hace bastante tiempo que no llueve y tampoco ha nevado. Lo que se ve blanco es hielo. Por la parte superior, los arroyuelos que la alimentan llevan muy poca agua y se pueden cruzar con facilidad. El pueblo se divisa a lo lejos, hacia atrás. El paisaje, triste, se nutre del verde brillante del pinar al sol, porque el robledal está sin hojas, lo mismo que los castaños traídos de Asturias a mediados del s. XIX.


Pasamos el desvío a Majaelrayo e iniciamos el fuerte desnivel recuperando un puñado de recuerdos de otras ascensiones, de otras circunstancias. No estamos devorados por la impaciencia, la dura ascensión se subordina al paso de los minutos, los pasos tranquilos, pesados, uno tras otro con repetitiva insistencia. Andando se aprende la geografía. Nos entregamos de lleno al esfuerzo físico sin preocupación mental, con la montaña limitando el horizonte que queda reducido a una fracción de cielo. La fuerte subida ocupa el pensamiento.

La presencia del mítico monte nos envuelve, el viento nos hincha el pecho y la gayuba se desliza lentamente a nuestro lado mientras disfrutamos del puro aroma de los aires de montaña. Un tramo de la senda está completamente helado, escenificando perfectamente el proceso de solidificación unido al de la gravedad. Conforme el valle se va abriendo arrecia el viento, molesto. Subimos más y el viento sigue en aumento.

En otras ocasiones hemos encontrado aquí concentradas innumerables existencias desperdigadas atraídas por el poderoso imán del monte, pero hoy no hay nadie, no habrá el acostumbrado oleaje humano en la cumbre que impide percibir el ímpetu geológico de la serranía. A media ladera vemos que, aunque tuviéramos tiempo, no podríamos hacer cima, el viento es demasiado fuerte, así que volvemos por la misma senda hacia el pueblo después de detenernos un poco para comer y beber con tranquilidad.





En el desvío, giramos hacia la Chorrera, sin cuya visión de cerca parece que la excursión queda incompleta. Como veíamos desde lejos hay poca agua y algo de hielo. Es una imagen típicamente invernal. El hielo ha esculpido formas caprichosas en los arbustos y, como el nivel del agua que se desliza por debajo es menor, se rompe en la superficie del riachuelo. El agua va disolviendo el hielo que se queda agarrado alrededor de las piedras. Estamos viviendo más allá de los límites del tiempo aunque atados a las obligaciones que impone el cuerpo, que no duda en recordárnoslas.



El regreso lo hacemos siguiendo la senda que traza el cacerón, una infraestructura con mucha historia. Es una pequeña zanja o canalillo, complementado en muchos puntos con tubería moderna, que trae el agua desde la Chorrera hasta el pueblo. Servía para el riego de las huertas que suministraban los frutos y verduras que eran el complemento alimenticio de la agricultura y la ganadería, hoy en declive. El agua de las viviendas no procede de este cacerón, sino de la Fuente de la Angostura, situada en el lado opuesto del valle, junto al pinar que hay en la base del Ocejón.


De vuelta en el pueblo, creemos que ya hemos quemado las suficientes calorías y caemos en la tentación –la mejor forma de librarse de ella, según Oscar Wilde- de comer cordero. Después, el sol se hunde rápidamente, el día declina y la temperatura desciende. Las montañas ocultan el sol y se inicia el oscuro y frío ocaso de las adustas tardes invernales a pesar de que todavía es pronto. Es el momento de volver a casa, vivificados por este aire alimenticio. Atrás quedan estas almenas pizarrosas cargadas de vientos, hielos y soledad, estos regatos, estas soledades de un bravo paisaje que parece eterno. La aérea cumbre del Ocejón nos despide hasta la próxima ocasión. Regresamos a vivir al ritmo del tiempo. Nos queda el recuerdo.



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