repetida muchas veces en la que salimos de nuestro estrecho círculo cotidiano. Para ello encontramos tiempo; el tiempo es vida. Las previsiones meteorológicas son malas, se anuncia mucho frío, con cifras bastante negativas, pero el día es azul, hace menos frío del pensado aunque, a cambio, hace bastante viento. Como no ha nevado, la carretera no presenta ningún inconveniente, ni siquiera en esas curvas cerradas y umbrías.
Es un viernes y el aparcamiento en Valverde de los
Arroyos está vacío. El Ocejón se recorta imponente, sin su corona de nieve, en
un cielo sin nubes. Nuestra ansiosa mirada se deposita en lo alto, cuyo brillo
ha iluminado otras ascensiones. El pueblo negro, agrupado en torno a la
iglesia, está inanimado; las casas, de buen aspecto exterior, suponen la
nostalgia de la vida de otros tiempos. Venimos tarde y emprendemos con ánimo la
subida por la senda limpia, con escasos puntos donde corre el agua y donde hay
hielo. Nos hemos abrigado mucho y pronto empieza a sobrar la ropa.
Al poco se ve a lo lejos la línea quebrada de la cascada,
la Chorrera de Despeñalagua, escasa, con poca agua. Hace bastante tiempo que no
llueve y tampoco ha nevado. Lo que se ve blanco es hielo. Por la parte
superior, los arroyuelos que la alimentan llevan muy poca agua y se pueden
cruzar con facilidad. El pueblo se divisa a lo lejos, hacia atrás. El paisaje,
triste, se nutre del verde brillante del pinar al sol, porque el robledal está
sin hojas, lo mismo que los castaños traídos de Asturias a mediados del s. XIX.
Pasamos el desvío a Majaelrayo e iniciamos el fuerte
desnivel recuperando un puñado de recuerdos de otras ascensiones, de otras circunstancias.
No estamos devorados por la impaciencia, la dura ascensión se subordina al paso
de los minutos, los pasos tranquilos, pesados, uno tras otro con repetitiva
insistencia. Andando se aprende la geografía. Nos entregamos de lleno al
esfuerzo físico sin preocupación mental, con la montaña limitando el horizonte
que queda reducido a una fracción de cielo. La fuerte subida ocupa el
pensamiento.
La presencia del mítico monte nos envuelve, el viento nos
hincha el pecho y la gayuba se desliza lentamente a nuestro lado mientras
disfrutamos del puro aroma de los aires de montaña. Un tramo de la senda está
completamente helado, escenificando perfectamente el proceso de solidificación
unido al de la gravedad. Conforme el valle se va abriendo arrecia el viento,
molesto. Subimos más y el viento sigue en aumento.
En otras ocasiones hemos encontrado aquí concentradas
innumerables existencias desperdigadas atraídas por el poderoso imán del monte,
pero hoy no hay nadie, no habrá el acostumbrado oleaje humano en la cumbre que
impide percibir el ímpetu geológico de la serranía. A media ladera vemos que,
aunque tuviéramos tiempo, no podríamos hacer cima, el viento es demasiado
fuerte, así que volvemos por la misma senda hacia el pueblo después de detenernos
un poco para comer y beber con tranquilidad.
En el desvío, giramos hacia la Chorrera, sin cuya visión
de cerca parece que la excursión queda incompleta. Como veíamos desde lejos hay
poca agua y algo de hielo. Es una imagen típicamente invernal. El hielo ha
esculpido formas caprichosas en los arbustos y, como el nivel del agua que se
desliza por debajo es menor, se rompe en la superficie del riachuelo. El agua
va disolviendo el hielo que se queda agarrado alrededor de las piedras. Estamos
viviendo más allá de los límites del tiempo aunque atados a las obligaciones
que impone el cuerpo, que no duda en recordárnoslas.
El regreso lo hacemos siguiendo la senda que traza el
cacerón, una infraestructura con mucha historia. Es una pequeña zanja o
canalillo, complementado en muchos puntos con tubería moderna, que trae el agua
desde la Chorrera hasta el pueblo. Servía para el riego de las huertas que
suministraban los frutos y verduras que eran el complemento alimenticio de la
agricultura y la ganadería, hoy en declive. El agua de las viviendas no procede
de este cacerón, sino de la Fuente de la Angostura, situada en el lado opuesto
del valle, junto al pinar que hay en la base del Ocejón.
De vuelta en el pueblo, creemos que ya hemos quemado las
suficientes calorías y caemos en la tentación –la mejor forma de librarse de
ella, según Oscar Wilde- de comer cordero. Después, el sol se hunde
rápidamente, el día declina y la temperatura desciende. Las montañas ocultan el
sol y se inicia el oscuro y frío ocaso de las adustas tardes invernales a pesar
de que todavía es pronto. Es el momento de volver a casa, vivificados por este
aire alimenticio. Atrás quedan estas almenas pizarrosas cargadas de vientos,
hielos y soledad, estos regatos, estas soledades de un bravo paisaje que parece
eterno. La aérea cumbre del Ocejón nos despide hasta la próxima ocasión.
Regresamos a vivir al ritmo del tiempo. Nos queda el recuerdo.
















No hay comentarios:
Publicar un comentario