miércoles, 23 de enero de 2019

Leonardo da Vinci: los rostros del genio.


Coincidiendo con el V Centenario de su fallecimiento, la Biblioteca Nacional organiza esta exposición donde es posible admirar los Códices Madrid, manuscritos excepcionales. La gran afluencia de público obliga a controlar la entrada por horario, entreteniendo la espera con la visita, en el impresionante vestíbulo que se abre como espacio expositivo, de las reconstrucciones de máquinas presentes en los dos manuscritos.

En la entrada, Menéndez y Pelayo observa impávido la cuadratura del círculo, mientras a los lados aparecen las dos primeras reproducciones, una máquina textil para estirar el hilo, aunque su función no parece clara, y una grúa de tornillo sinfín, que atestigua cómo la capacidad inventiva de Leonardo se centró en solucionar problemas arquitectónicos o constructivos, como la necesidad de trasladar objetos pesados, lo que no es extraño teniendo encuenta que ya Verrocchio, su maestro, se encargó de colocar en 1471 la “bola” dorada para la linterna de la cúpula de Brunelleschi en el Duomo de Florencia.

Subiendo las escaleras pueden verse un alza columnas, máquina para levantar columnas o postes hasta la vertical, y un contrapeso de torno y poleas, para levantar pesos, y en el primer piso dos piezas, cabeza y pata, del gran caballo Sforza. Leonardo se trasladó a Milán quizá para construir este monumento ecuestre que nunca se llegó a fundir en bronce.


En la sala de los códices se presentan unos paneles laterales que introducen en la conciencia de una nueva edad (marco cultural renacentista, época en que se rendía culto a las bellas artes como factor de su creatividad), en las claves conceptuales de Leonardo (su objetivo fue descubrir la composición de la Naturaleza y competir con ella mediante la creación de modelos analógicos, un reto multidisciplinario con la supremacía del lenguaje icónico, pensar en imágenes) y en el lustro y sfumato (aportación pictórica consistente en una reflexión difusa de la luz sobre el asunto).


También queda reflejada su propia experiencia vital. Tras la etapa de formación, 1465-1477, en el taller de Andrea de Verrocchio, pasó al servicio de los Medicis, en su primera etapa florentina hasta 1482, bajo los auspicios de Lorenzo el Magnífico, mecenas, estadista y financiero. Después fue a Milán, al servicio de los Sforza, hasta 1499, en lo que se considera la etapa de madurez científica, artística y personal. Entre su gran producción está la Última Cena, 1496-98, y el encargo de realizar una estatua ecuestre en honor del gran Francesco.

Sus aportaciones fueron muy variadas y se refieren a la arquitectura civil y militar (propuesta técnica sobre el teatro de Curión, fortaleza con configuración moderna debido al empleo de la artillería), a la mecánica (descripción de piezas básicas concebidas como unidades mínimas que pueden aplicarse en máquinas más complejas: engranajes, cadenas, arandelas, maquinaria textil, maquinaria de reloj, teodolito para la construcción de túneles), a un sueño infantil (máquinas voladoras) e incluso al ocio cortesano (mejoras técnicas a algunos instrumentos musicales).

En 1499 entró en una etapa itinerante. En 1501 estuvo al servicio de Cesare Borgia, hijo del papa Alejandro VI, como ingeniero militar. En 1503 comenzó su segunda etapa florentina con el encargo de realizar un gran mural en la Sala del Maggior Consiglio en el Palazzo Vechio. En 1506 volvió a Milán bajo la protección del lugarteniente real Charles d´Amboise. En 1513 fue a Roma llamado por el papa León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, y sufrió un desengaño profesional que le hizo aceptar la oferta de Francisco I de Francia en 1516. Tenía ya 64 años y murió en 1519.

Los manuscritos transmiten información sobre aspectos personales que no aparece en el resto de su producción autógrafa: canon estético sobre la belleza de un rostro varonil, atuendo (preferencia por los colores cálidos, “El hombre de rojo”), listado de sus libros (aprendizaje del lenguaje verbal, fundamentación del pensamiento especulativo, fomentan el imaginario colectivo, ocio y entretenimiento).

El Códice Madrid I es un tratado técnico de excelente calidad artística que contiene una selección de los principales logros e invenciones realizados en su etapa de plenitud creativa. Según la comisaria de la muestra, la catedrática de paleografía Elisa Ruiz, “la intencionalidad del autor resulta evidente gracias a la invocación dirigida a un eventual lector al principio del manuscrito”.


El Códice Madrid II es un ejemplo característico del tipo de cartapacio que usaba. Se trata de un cuaderno de trabajo en el que anota datos de enorme interés sobre toda clase de asuntos: la problemática del vuelo artificial pilotado, un original sistema de reproducción simultánea de escritos e ilustraciones mediante planchas metálicas, levanta acta del supuesto hallazgo de la cuadratura del círculo, textos teóricos sobre pintura, etc. También incluye datos personales como un listado de las prendas de su vestuario, un inventario de los libros que deja en Florencia en torno al año 1504, expresa un deseo amoroso no correspondido, etc.

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