La cultura española
vivió en los veinte años que van desde 1968 hasta 1988 el tránsito desde el
sueño de la revolución hasta la ruptura pactada con el franquismo y contra el
franquismo.
Aunque casi nunca
alcanzaron el primer plano, los editores de carácter literario o humanístico
fueron agentes activos y muy relevantes en los cambios de sensibilidad. Los
nuevos editores y sus libros pincharon la burbuja de anacronismo y conformidad
existente.
Los ejes temáticos de
esta exposición en la Biblioteca Nacional se dividen en dos grupos, los de la
década 1968-1978 y los de los años 1978-1988. Se exponen retratos, carteles,
fotografías, portadas de revista, cartas, informes de censura, informes
editoriales, anuncios promocionales, prensa, etc.
En el silencio franquista, los editores literarios
pusieron su imaginación, convicción e incluso humor al servicio de una nueva
población juvenil, compañera de viaje de una rebeldía cultural y ética. Europa
parecía más cercana. Se hacía democracia cultural sin democracia política.
Una sincronía
histórica. Las fronteras de lengua y de países comienzan a diluirse, las
editoriales captan las sintonías de una época global, España deja de ser España
y empieza a leerse aquí como en el resto de Occidente.
Nadie olvida. La
memoria es un deber civil y una deuda política. La historia regresa sin
mutilaciones y con una vibración a veces vengativa, a veces interrogativa. Los
secretos del pasado empiezan a ser públicos.
La fiesta del
lector. Creación literaria y consumo dejaron ya de ir separados. Los
lectores crecen rápidamente, el bolsillo es formato natural de la calidad y los
géneros intimistas, policíacos o especulativos no espantan ya ni a lectores ni
a escritores.
En los años ochenta se aprecia más lo nuevo, con la
adaptación a la democracia. Las movidas de los jóvenes trajeron una vida
cultural explosiva y vitalista, provocadora e inconformista, sin tiempo para la
desesperanza. Las editoriales también cambiaron, la cultura democrática
aprendió a explotar y disfrutar las condiciones de la nueva libertad inventiva
sin mandatos políticos, sin tiranías estéticas.
En tránsito y sin
censura. No sucedió de un día para otro, pero sí día tras día. Los libros
prohibidos por el Régimen se editaron fuera de España, en Buenos Aires o en
París, pero circularon clandestinamente por muchas vías, y entre ellas las
librerías nuevas, las trastiendas ocultas. Con el final de la censura en 1977
se reeditaron casi todos ellos. Empezaban a ser ya otra cosa: clásicos de la
cultura contemporánea y memoria viva de la resistencia.
Los placeres
prohibidos. Mayo es el portón de un cambio de época. El erotismo es la
nueva liturgia civil que aglutina placeres prohibidos, consumos adictivos y
sentido cósmico del humor. Se llama libertad.
La novela bárbara.
Todo ha cambiado. Autores latinoamericanos arrasan entre lectores de todo tipo.
Nombres españoles saturan de humor y melancolía sus libros. Son los nuevos
aliados éticos y estéticos de una sociedad que aprende a leer en sus cuatro
lenguas mientras descodifica pollera, gallinazo y boliche.
El pensamiento
desatado. Con las armas del ensayo se piensa y se explora. La pedagogía
auxilia a la política. El escritor asalta las quiebras del presente mientras
imagina el futuro democrático y europeo de un país aún invisible.
La nueva pasión de
lo moderno. La realidad se ensancha con el pensamiento y la literatura de
la modernidad. Está ya en casa por primera vez, y en los coches, en las camas y
en los despachos de lectores voraces. Una bulimia cultural se hace revolución
silenciosa, leída a solas y en grupo.
El poder corrosivo
del humor. La ultraderecha revienta librerías pero el humor no calla. Es ya
casi siempre humor político: el más libre, el más incisivo y también el más
comercial. La seriedad de los humoristas gráficos se cotiza mejor que el
articulismo convencional.
El subsuelo del
presente. De España no escapa nadie y de la memoria del pasado tampoco. La
restitución de la historia no se va a detener ya para contar lo que pasó antes
de la guerra, durante la guerra, en el exilio y bajo el franquismo. Con el
pasado se hace incluso cultura pop.
El canto de los
poetas también conspira. Los versos se cantan como himnos en calles y aulas
con canciones nuevas y viejas. Otros poetas no cantan: sabotean los viejos
lenguajes, desatan la irracionalidad surrealista, reviven las vanguardias
históricas.
Todo empieza por las ideas. El antifranquismo es
minoritario pero hiperactivo. Los jóvenes leen en libros a veces abstrusos las
vías de la subversión en España y fuera de España. Vietnam duele, la revolución
está en marcha, Cuba vive, el marxismo arrasa y el psicoanálisis se hace
pandémico.















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