Los caminos medievales en el Alto Aragón (VI):
Pueblos desaparecidos
(II/II).
La ley 3/1999 define “Conjunto histórico” como “la agrupación continua o dispersa de bienes inmuebles, que es representativa de la evolución de una comunidad humana por ser testimonio de su cultura o de su historia, que se constituye en una unidad coherente y delimitable con entidad propia, aunque cada elemento por separado no posea valores relevantes”. La política hidráulica seguida en el siglo XX tuvo serias consecuencias para el territorio, y es, por tanto, una parte importante de su historia reciente, suponiendo un ejemplo vivo de los aspectos más duros de la construcción de un embalse. Todo ello ha llevado a la inclusión del antiguo pueblo de Mediano en el censo debido a sus valores históricos, arquitectónicos, artísticos y etnográficos, pero especialmente a su valor identitario, al ser uno de los bienes más destacados del patrimonio cultural de la comarca de Sobrarbe. La ley citada afirma que “Los pueblos deshabitados constituyen parte de nuestras raíces culturales y de nuestros modos de vida tradicionales (…) Se impulsará el inventario de sus bienes y la recuperación paulatina de los mismos” (Disposición adicional tercera).
Como valores etnográficos son
especialmente significativos el puente y el esconjuradero, ya que aportan al
conjunto un valor añadido al tratarse de dos inmuebles cuyas características
arquitectónicas son extraordinariamente representativas de las formas tradicionales
de construcción, pero a la vez, se hallan íntimamente relacionados con el
delicado patrimonio inmaterial, con las creencias y la religiosidad popular,
con las leyendas y la tradición oral.
Existe una leyenda local que
narra que, en un momento indeterminado de la historia, el señor de Mediano,
acosado por las tropas enemigas, pactó con el Diablo la construcción de un
puente sobre el río Cinca antes de que cantara el gallo, a cambio de entregarle
las tres mozas más bellas del pueblo. No se percató, sin embargo, que su hija
era una de las jóvenes más hermosas del lugar. Todos los vecinos, aterrados por
la idea de entregar a las tres chicas al demonio acudieron a los gallineros a
despertar a las aves, pero sólo hallaron los cuerpos sin vida de los gallos.
Oraban pidiendo un milagro, a la vez que veían como el Diablo iba construyendo
el puente. Cuando tan sólo faltaban de colocar un par de piedras se oyó el
quiquiriquí de un gallo. El Diablo tuvo que retirarse, vencido en su apuesta.
El señor de Mediano buscó al oportuno gallo, pero sólo encontró al abuelo de
una de las jóvenes que iban a ser entregadas al Diablo que, con su sabia
actuación engañó al demonio, consiguió un puente para el pueblo y salvó a las
tres jóvenes.
Adolfo Castán recoge algunos testimonios novedosos, como el hecho de que el esconjuradero de Mediano era utilizado como depósito de cadáveres para las muertes violentas acaecidas en el término municipal. Además, en el trozo de tierra que separaba el esconjuradero de la iglesia, se enterraba a los niños muertos sin el bautismo.
En septiembre de 2009 se celebró un emotivo acto en Mediano: los vecinos volvieron a oír tañer las campanas de su pueblo después de cuarenta años, puesto que el 29 de abril de 1969 las aguas alcanzaron el pueblo cuando todavía quedaban algunos habitantes. Este acto, aprovechando un momento de aguas bajas, significaba mucho para las personas que tuvieron que abandonar el pueblo y sus descendientes. El trauma que suponía ser expulsados de la tierra en que vivían, y en la que habían vivido sus antepasados, constituía una tragedia para las personas y ha sido objeto y punto central de narraciones como Distintas formas de mirar el agua de Julio Llamazares, que ya había situado en el centro de alguna de sus novelas un pueblo de Huesca (La lluvia amarilla, el pueblo de Ainielle).
Con la poesía que impregna su prosa, lo habitual en él, su libro va desgranando las distintas situaciones que produjo un suceso semejante, aunque referido al valle del río Porma. Las situaciones son similares con otros muchos lugares de España, tanto en el caso del pueblo abandonado de Ainielle, como en el del embalse de Mediano.
La novela
“es
un caleidoscopio narrativo y teatral al que la superficie del pantano sirve de
espejo. No existe una única forma de mirar el agua, pero el sentimiento de
desarraigo, de exilio definitivo, ha permeado gota a gota a esta familia,
generación tras generación. Tal vez porque ningún lugar duele tanto como aquel
al que jamás podrás volver si no es desde el recuerdo o una vez muerto. Pero lo
importante es regresar, como Ulises a Ítaca. No Importa cómo ni de qué forma.”
Ya en la presentación, incluye dos citas
importantísimas:
“Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión” (Libro de los Salmos), y “Gasté mi vida en el trabajo de volver” (Ángel Fierro).
Cuando en septiembre de 2009 se congregó mucha gente ante la iglesia de Mediano, es de suponer que habría algunas personas no directamente relacionadas con el lugar y que, por lo tanto, verían la situación con otros ojos, admirando la belleza del lugar. Los descendientes del pueblo opinarían de forma diferente:
“La
gente no sabe muchas veces lo que de debajo del agua se oculta ni la historia
que se borró para siempre con la demolición del último de los pueblos que aquí
existieron. De ahí que algunos exclamen mientras lo contemplan: “¡Qué bonito!”.
“Y qué triste, añado yo”.
Todo el proceso comienza con la expulsión de los habitantes del pueblo al haberse construido el embalse. Un personaje conserva
“la imagen de mi padre cerrando con la llave nuestra casa de Ferreras y guardándola en el bolsillo cuando terminamos de cargarlo todo (como si no supiera que en poco tiempo el agua iba a sepultarla) que me volvió a la memoria cuando leí que algunos judíos españoles, cuando tuvieron que irse al exilio, conservaron durante generaciones las llaves de sus casas en España por si algún día les permitían volver.”
Antes de marchar tuvieron que tomar algunas decisiones, como qué hacer con sus muertos.
“Hubo
quien sacó a los suyos y se los llevó a otro sitio, pero Domingo y yo, cuando
nos lo plantearon, decidimos dejar los nuestros en su lugar, incluido Valentín,
ya que nosotros no podíamos hacerlo. Y como con mi hijo me pasó con mi pasado.
Sepultados bajo el agua del pantano como aquél, aquí quedaron los casi 40 años
que había vivido hasta ese momento, todos en la misma casa en la que nací y
crecí”.
“Aquellos
hombres y mujeres acostumbrados a utilizar el agua para sus labores, pero
respetando siempre sus cauces y sus querencias. Si desde la creación del mundo
el río iba por donde iba y los lagos ocupaban los lugares en los que habían
surgido hacía millones de años, a qué andar cambiándolos de lugar como si Dios
se hubiera equivocado al hacerlos.” “Desde que el mundo es mundo, este territorio
ha permanecido igual hasta que alguien decidió un buen día transformarlo por
completo”.
Al marchar a una nueva tierra comenzó una nueva vida, sin que se olvidara la anterior, los orígenes.
“Desde el primer día me dijo … que, cuando falleciera, lo trajéramos aquí. Me lo dijo cuando nos despedimos, aquella mañana fría del mes de octubre, de estas montañas, entonces ya pintadas de amarillos y granates (los de los cerezos bravos y los espinos; los frutales y los chopos de la vega habían sido talados ante el cierre inminente de la presa) por un otoño precoz, y me lo repitió dos veces …”.
Los nuevos miembros de la familia notaban que
“les costó habituarse a la nueva vida que, al trasladarse de un mundo a otro, se había abierto ante ellos. Es más, tengo la sospecha de que nunca llegaron a hacerlo del todo, de ahí su melancolía, que se llevaron con ellos. Pasaron los años y [el padre] seguía igual: encerrado en sus recuerdos y ajeno a lo que ocurría a su alrededor, salvo a lo que afectaba a sus propiedades y a su familia”.
Los hijos pensaban que
“como los demás vecinos, habíamos mejorado nuestra situación (ahora vivíamos con desahogo), pero seguíamos añorando aquella vida anterior, sin duda alguna más pobre, pero en nuestra imaginación feliz y en nuestros recuerdos dulce; tan dulce como el paisaje en el que se desarrollaba”. “Aunque era una chiquilla cuando me marché de aquí, también yo sigo amando estos montes y este valle sumergido bajo el agua cuyo recuerdo cada vez es más borroso en mi memoria, pero que añoro a pesar de ello. De ahí la melancolía que siempre me invade al verlo, melancolía que ha ido en aumento con la edad”.
Algunos volvieron alguna vez, pero otros no quisieron.
“Por suerte yo no lo vi, pero me dijeron que un año de gran sequía reapareció del todo … y que apenas se distinguían ya sus contornos después de décadas bajo el agua y con el lodo cubriendo sus antiguas piedras”. “Prefería recordar este valle tal como era, como hacía con las personas que se morían”.
El libro cuenta, desde distintas perspectivas personales, el viaje de regreso al embalse que cubre el pueblo con el objeto de depositar las cenizas del patriarca, como había sido su deseo desde el momento de la partida.
“Su
decisión de regresar como Ulises a su Ítaca natal, aunque sea ya en forma de
ceniza. Al fin y al cabo, lo importante es regresar, no para qué ni cómo. …
Él, como Ulises, lo único que quería era regresar a casa y para ello pasó por alto que su Ítaca natal no existía más y que su Penélope estaba con él, acompañándole como siempre hizo. Como una sombra fiel, como una prolongación de su propio cuerpo.”
En ese momento, la familia es más numerosa e incluye a personas ajenas a este mundo, con otra visión, pero la matriarca, la abuela, la persona de más edad y la que representa los orígenes, sigue la senda del abuelo…
“El
camino hoy es solo un recuerdo bajo el agua de este lago en el que Domingo
reposará enseguida. Junto a sus padres. Junto a los míos. Junto a ese hijo al
que no llegamos a ver crecer, pues se nos murió muy pronto, y que se quedó
esperándonos todo este tiempo mientras nosotros íbamos de un lado a otro
gastando nuestras fuerzas y la vida en el trabajo de volver aquí.”
…y así lo reconocen los demás.
“Mi
abuela tiene todo el derecho a seguir sintiendo su pueblo como hasta ahora,
como el paraíso perdido al que jamás podrá regresar salvo imaginariamente”.
La siguiente generación todavía participa, aunque en menor medida, de la nostalgia que experimentan los mayores.
“Antes, los hombres y los ganados al menos subían a ellas [las montañas] buscando leña o pastos más verdes y se escuchan sus voces y sus esquilas en la lejanía. Pero, como mi padre ahora, cuando el paisaje está mudo por completo, sólo el sonido del agua, ese murmullo infinito, como de manantial sin fondo, que suena día y noche sin cesar desde que se cerró la presa y que recuerda lejanamente al del mar, bien que, sin su energía profunda, se escucha en este lugar al que nadie acude…”. “Entre estas altivas peñas y estas montañas llenas de historia que ahora lo están de desolación. Y de soledad.” “¿Cómo habría sido mi vida de no haberse cruzado en la trayectoria de mi familia la orden de un ingeniero que decidió detener el río como el que decide detener el tiempo?” “Su padre y su abuelo ha sido, más que un padre y un abuelo, el vínculo con una memoria, la de este valle sumergido del que todos ellos proceden pese a que mis hijos nacieran lejos ya.” “Salió muy pronto para, como su familia, ir a buscar por el mundo lo que aquí tenía, pero le arrebató el destino, ese río impredecible e impetuoso que, cuando se desborda, lo lleva todo por delante.”
Las personas que han llegado a la familia más tarde intentan comprender la situación, a las personas
“a
las que la vida se les rompió de repente un día”. “Es difícil ponerse en el
lugar de esas personas a las que un día les dicen que tienen que abandonar el
sitio en el que han vivido toda su vida. Y más tratándose de personas aferradas
a sus lugares de origen como lo son todos los campesinos. Es muy distinto del
caso de los que nacimos ya en la ciudad.”
La impresión que se llevan los últimos no es muy agradable
“porque el pantano lo había unificado todo. Tras quince años bajo el agua, con el óxido royendo los pigmentos, todo tenía el color de la tierra, ese ocre entristecido y macilento del fondo de las acequias y de los pozos. … Bajo el inmenso espejo del agua, el fango lo debe de cubrir todo, desde el borde del embalse hasta el cauce por el que discurre el río.”
Sienten admiración por sus ancestros,
“sus antepasados, que son los míos, aquellos hombres y mujeres que construyeron nuestra memoria generación tras generación y de los que aquí estamos hoy somos herederos. Todos. Incluso mis hijos, para los que este paisaje es ya una fantasía mía.” “Pertenece a una generación para la que la fidelidad lo es todo, ya sea con las personas o con los lugares mismos.”
pero ya no están colgados del
pasado.
“Yo necesito y quiero vivir sin mirar atrás, sin añorar un tiempo que ya pasó y que afortunadamente no volverá, porque, pese a que mi abuela crea que era mejor, no lo era en realidad. Pero mi abuela nunca lo reconocerá. Para ella este valle era la Arcadia y se irá al otro mundo con esa idea. … Por eso es de agradecer que hoy las orillas del pantano y las praderas que lo rodean parezcan una representación de aquélla, del lugar en el que la felicidad existe, no como en el mundo real”.
La ceremonia, al margen de la
implicación familiar, puede ser muy importante porque
“Puede remover las conciencias de la gente que no sabe (o no quiere saber) lo que es un pantano realmente”.
El nuevo pueblo de Mediano es donde se desarrolla la
novela La línea invisible del horizonte, de Joaquín Bergés. Aquí reconstruyeron
su vida, cerca del pueblo de Samitier, algunos de los vecinos del antiguo
Mediano.
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