domingo, 24 de mayo de 2026

Huesca (V)

Seguimos avanzando con la historia y llegamos al periodo de las guerras carlistas, y, en concreto, a la batalla de Huesca dentro de la Primera Guerra Carlista, que se libró el 24 de mayo de 1837 entre las tropas de la Expedición Real  del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón y tropas isabelinas bajo el mando del general Miguel Iribarren, y que terminó con la derrota del ejército isabelino.

El pretendiente carlista, Carlos María Isidro de Borbón, consideró una solución negociada al conflicto dinástico. A ello le llevó la idea de una reconciliación basada en el matrimonio de la reina Isabel II con su primogénito, Carlos Luis de Borbón y Braganza; el fracaso del segundo sitio de Bilbao; el agotamiento de los recursos de las instituciones vasco-navarras fieles a la causa carlista debido al bloqueo del comercio entre el territorio carlista y el resto de España. Las instituciones carlistas pidieron la ocupación de otras provincias para potenciar la economía e incrementar los recursos, por lo que se preparó una expedición militar para presentarse en Madrid y forzar un acuerdo con la Regente y su hija.

El ejército expedicionario -unos 12.000 infantes y 720 jinetes- se concentró en Estella, de donde salió el 15 de mayo de 1837. En vez de dirigirse hacia el sur, hacia Madrid, quiso pasar por otras regiones fieles para conseguir más apoyos, recursos y tropas, y marchó hacia el este, cruzando el río Gállego el 23 de mayo. El general isabelino Miguel Iribarren destruyó los puentes que podrían encontrar en su camino y, aunque los carlistas improvisaron medios para cruzar los ríos, tuvieron que abandonar la artillería.

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La vanguardia carlista llegó a Huesca en la mañana del 24 de mayo de 1837, ocupando la ciudad -el Ayuntamiento y el cabildo presentaron las llaves al pretendiente- y el cerro de la ermita de San Jorge, perseguidos por la vanguardia de Iribarren, que había dejado el resto de sus tropas en Almudévar. Al saber la llegada carlista a Huesca, Iribarren se dirigió a la ciudad, llegando hacia las dos de la tarde.

 

Los isabelinos comenzaron el ataque a las tres y cuarto de la tarde, aunque el avance de la caballería y la artillería quedó dificultado al estar regadas las huertas donde se desarrollaba la acción. Los carlistas habían dado la alarma general y el combate se recrudeció, propagándose al interior de la ciudad. El contraataque carlista derrotó a los isabelinos, aunque no los persiguió en su huida. El general isabelino, Iribarren, resultó herido y murió al día siguiente. Los carlistas celebraron la victoria durante los tres días siguientes, se aprovisionaron de alimentos, obtuvieron una contribución monetaria de la ciudad y salieron en dirección a Barbastro, donde habría una nueva batalla con otro ejército isabelino.

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La ola revolucionaria que recorrió Europa en 1848 para acabar con las monarquías tuvo su reflejo en Aragón. Manuel Abad, líder republicano oscense, protagonizó un intento de insurrección entre Zaragoza y Huesca, episodio efímero que reflejaba las tensiones políticas y sociales de la época. Fue una semilla del movimiento que un cuarto de siglo después desembocaría en la Primera República. Manuel Abad fue un político liberal republicano nacido en Huesca y opuesto al régimen del general Ramón María Narváez que gobernaba desde 1844. La España de 1848 vivía una profunda crisis económica, agravada por la corrupción, el desempleo y la desigualdad social. La influencia de las revoluciones europeas, especialmente la francesa, alentó a sectores progresistas y republicanos a organizar levantamientos para derrocar al gobierno y establecer una república. En este marco, Abad emergió como un líder carismático.

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Una partida republicana, encabezada por Manuel Abad, salió de Ejea de los Caballeros (Zaragoza) con elementos procedentes de la comarca de las Cinco Villas y el 30 de octubre de 1848 ocupó la ciudad de Huesca durante unas horas, liberando a los presos políticos, pero sin encontrar apoyo popular. Fue una acción planificada, pero la falta de recursos, la escasa coordinación con otros movimientos revolucionarios y la llegada de fuerzas del gobierno dirigidas por el general Ramón Anglés, hizo que se dirigieran a Siétamo donde se rindieron. No se respetó el acuerdo y los cabecillas fueron fusilados en Huesca el 5 de noviembre. Otros fueron embarcados en Valencia con destino a Filipinas. El régimen no estaba dispuesto a tolerar ningún desafío a su autoridad. En Huesca, la figura de Manuel Abad se convirtió con el tiempo en un símbolo de resistencia y valentía. Décadas después, en 1885, se levantó un mausoleo en el cementerio de Las Mártires, financiado por suscripción popular y con apoyo del Ayuntamiento.

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El 29 de enero de 1930 dimitió Miguel Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII nombró jefe de gobierno al general Dámaso Berenguer Fusté, última etapa de la dictadura conocida como “dictablanda”. Se dijo que el objetivo era la vuelta a la normalidad constitucional prometiendo la convocatoria de elecciones generales y concediendo una amnistía para delitos de carácter político, pero no se cumplieron las promesas. El 17 de agosto de ese año se reunieron en San Sebastián representantes de los partidos republicanos con la idea de poner fin a la monarquía y proclamar la Segunda República Española: Pacto de San Sebastián. En octubre se sumaron al Pacto el PSOE y la UGT.

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El Comité Revolucionario, tras varios aplazamientos, acordó la fecha del lunes 15 de diciembre para el levantamiento. En Jaca le correspondió la dirección de la sublevación a Fermín Galán, capitán del regimiento de Infantería. Había tenido una destacada actuación en la Guerra del Rif en 1924 y participó en 1926 en la Sanjuanada contra la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, por lo que fue encarcelado en el castillo de Montjuic. Con la amnistía de Dámaso Berenguer se reincorporó al servicio activo y fue destinado a Jaca. En esa ciudad entró en contacto con los capitanes (Ángel García Hernández, Salvador Sediles, etc) y elementos civiles, y con el comité revolucionario. Marcelino Domingo y Alejandro Lerroux tratan de calmarle. Durante el otoño organizan los detalles, pero una indiscreción alerta al general Emilio Mola, director general de Seguridad, que le envía una carta el 27 de noviembre.

Escena de una película

Galán se impacienta y, ante la llegada de las nieves, decide sublevar la guarnición el viernes día 12. En esa madrugada viaja desde Madrid Casares Quiroga para convencerle, pero llegan tarde y se duermen sin hablar con él, que se subleva de madrugada, detiene al gobernador militar y ocupa los centros logísticos y toda la ciudad. A las 11 se proclama la República en el Ayuntamiento, ondea la bandera tricolor, y publica un bando para garantizar el orden público. Se organizan dos columnas, una por ferrocarril (capitán Sediles) y otra en camiones (capitán Galán), pero de forma muy lenta, y salieron tarde. El lamentable estado de muchos de los camiones requisados convirtió la marcha en una azarosa peripecia y el frío y el hambre hicieron cundir el desánimo.

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Desde Huesca y Zaragoza salieron dos columnas para tratar de impedir la entrada en Huesca de los sublevados. Al atardecer, en las lomas de Cillas, a escasos kilómetros de Huesca, el general Dolla estableció la defensa. Se cortó el ferrocarril en Riglos, por lo que esa columna debió continuar a pie hasta Ayerbe. En el río Gállego, cerca de Anzánigo, hubo un encuentro con miembros de la Guardia Civil, en el que resultó herido el gobernador militar de Huesca, general Manuel Lasheras, que los mandaba y que murió pocos días después. Sobre las 23 horas llegó la columna de Galán a Ayerbe, donde esperó a la columna de Sediles. De madrugada se dirigieron hacia Huesca, encontrándose con las fuerzas del general Dolla, teniendo numerosas bajas y escapando hacia Ayerbe. Galán se dirigió al pueblo de Biscarrués y se entregó. Ese mismo día se declaró la huelga en Zaragoza.

En la madrugada del 13 al 14 fueron juzgados por un Consejo de guerra en el Gobierno Militar de Huesca y condenados a muerte los capitanes Galán y García Hernández, y cadena perpetua al resto. El 14, a pesar de ser domingo -era tradición no ejecutar condenas de muerte en ese día- fueron fusilados en el polvorín de Fornillos. Ni el general Berenguer ni el rey Alfonso XIII accedieron a conmutar la pena de muerte. Fueron enterrados en el cementerio de Huesca. Ese mismo día fue detenido el comité revolucionario, ingresando en la cárcel modelo de Madrid Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura. Santiago Casares Quiroga fue detenido en Jaca. También fueron detenidos Ossorio y Gallardo, Indalecio Prieto, Alcalá-Zamora, etc. El día 15, previsto para la insurrección, el general Queipo de Llano y el comandante Ramón Franco tomaron por unas horas el aeródromo de Cuatro Vientos, pero, ante la llegada las tropas del Gobierno huyeron a Portugal. La prevista huelga general en Madrid no se declaró. El episodio aceleró la proclamación del nuevo régimen y convirtió a los dos capitanes en mártires reconocibles en todo el país.

 

En la sublevación de julio de 1936, Huesca quedó bajo el dominio de las fuerzas sublevadas. En junio de 1937, el Ejército Popular de la República ejecutó una operación para tratar de conquistarla. El ataque tuvo lugar el día 12 de junio, con dos frentes, pero fue fácilmente rechazado. La aviación republicana actuó mejor con aviones procedentes de Alcalá de Henares. El día 14 hubo un gran combate aéreo y el 16 la última operación, con el bombardeo de Chimillas. El día 19 se ordenó detener la ofensiva. Hubo muchas bajas de combatientes anarquistas y del POUM, lo que aumentó la desconfianza hacia los comunistas. Una de las posiciones en las que quedó establecido el frente republicano fue el Estrecho Quinto, en la carretera hacia Lérida, donde hay una zona de trincheras visitable. 

 


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